La Trinidad, misterio de amor eterno
Un solo Dios en tres Personas
En el centro de la fe cristiana no hay una idea, sino un misterio vivo: Dios es Trinidad. No creemos en tres dioses, sino en un solo Dios en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidos por el amor eterno. Este misterio no puede ser comprendido plenamente por la razón, pero puede ser contemplado, amado y adorado, porque revela quién es Dios en sí mismo y quién es para nosotros. En la Trinidad descubrimos que Dios no es soledad, sino comunión; no es poder cerrado, sino amor que se dona sin medida.
1. El corazón del misterio cristiano
La
Trinidad no es una abstracción teológica, sino la identidad profunda de Dios
revelada por Cristo.
Jesús no habló de un Dios lejano, sino del Padre que ama, del Hijo
que se entrega y del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Antes de su ascensión, confió a los apóstoles una misión trinitaria:
“Vayan
y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre,
y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).
Así, el cristianismo no es solo monoteísmo, sino la revelación de un Dios
personal, relacional y amoroso, que existe eternamente como comunión de
amor.
2. El Padre, fuente y origen de todo
El
Padre es el principio sin principio, el Creador de cielo y tierra, el que da el
ser a todo lo que existe.
No es una figura distante ni un juez severo, sino un Padre que engendra al
Hijo y que, en el Espíritu, nos adopta como hijos suyos.
Jesús nos enseñó a llamarlo con la palabra más tierna: Abbá, “Padre
querido”.
En Él todo tiene origen y destino. Su amor es la raíz del universo y el hogar
al que toda criatura está llamada a volver.
3. El Hijo, Palabra hecha carne
El
Hijo eterno del Padre es la expresión perfecta de su amor.
Por Él fueron creadas todas las cosas, y en la plenitud de los tiempos se hizo
hombre en el seno de la Virgen María.
En Jesús de Nazaret, el amor del Padre se hizo visible, audible y tocable.
Su entrega hasta la cruz y su victoria en la resurrección revelan el corazón de
Dios: un amor que no se guarda nada para sí.
El Hijo es la Palabra que salva, el rostro humano del Dios invisible.
4. El Espíritu Santo, amor que une
El
Espíritu Santo es el vínculo vivo de amor entre el Padre y el Hijo.
No procede como una tercera fuerza, sino como el don recíproco de su amor
eterno, derramado en el mundo.
Es el que habita en la Iglesia, ilumina las conciencias, consuela en la
tribulación y renueva todas las cosas desde dentro.
En cada alma abierta a la gracia, el Espíritu hace posible que la vida
trinitaria de Dios viva en nosotros.
Así, el cristiano no solo cree en la Trinidad: la lleva dentro de sí como
templo del Dios vivo.
5. La Trinidad, modelo y destino del amor humano
Ser
creados a imagen de Dios-Trinidad significa que estamos hechos para la
comunión, no para el aislamiento.
Toda relación auténtica de amor —entre esposos, padres e hijos, amigos o
comunidades— refleja, aunque sea imperfectamente, el dinamismo trinitario del
don de sí.
El Papa Francisco lo expresó así:
“En
la Trinidad comprendemos que vivir para los demás no empobrece, sino que
plenifica.”
El amor, cuando se da, no se pierde: se multiplica, porque tiene su origen en
el Dios que es Amor.
Por eso, vivir según la Trinidad es vivir en comunión, en servicio y en
alegría compartida.
El misterio de la Trinidad nos revela que Dios es comunión de amor eterno: el Padre que crea, el Hijo que salva y el Espíritu que santifica. Contempla el amor trinitario que te envuelve, pues fuiste creado por el Padre, redimido por el Hijo y sostenido por el Espíritu; en ti habita el Dios Uno y Trino. Vive hoy reflejando esa comunión divina: busca la unidad, perdona, sirve y ama como quien ha sido amado por el Amor mismo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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