11
NOV
2025

La Trinidad, misterio de amor eterno



La Trinidad, misterio de amor eterno

Un solo Dios en tres Personas

En el centro de la fe cristiana no hay una idea, sino un misterio vivo: Dios es Trinidad. No creemos en tres dioses, sino en un solo Dios en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidos por el amor eterno. Este misterio no puede ser comprendido plenamente por la razón, pero puede ser contemplado, amado y adorado, porque revela quién es Dios en sí mismo y quién es para nosotros. En la Trinidad descubrimos que Dios no es soledad, sino comunión; no es poder cerrado, sino amor que se dona sin medida.

1. El corazón del misterio cristiano

La Trinidad no es una abstracción teológica, sino la identidad profunda de Dios revelada por Cristo.
Jesús no habló de un Dios lejano, sino del Padre que ama, del Hijo que se entrega y del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Antes de su ascensión, confió a los apóstoles una misión trinitaria:

“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).
Así, el cristianismo no es solo monoteísmo, sino la revelación de un Dios personal, relacional y amoroso, que existe eternamente como comunión de amor.

2. El Padre, fuente y origen de todo

El Padre es el principio sin principio, el Creador de cielo y tierra, el que da el ser a todo lo que existe.
No es una figura distante ni un juez severo, sino un Padre que engendra al Hijo y que, en el Espíritu, nos adopta como hijos suyos.
Jesús nos enseñó a llamarlo con la palabra más tierna: Abbá, “Padre querido”.
En Él todo tiene origen y destino. Su amor es la raíz del universo y el hogar al que toda criatura está llamada a volver.

3. El Hijo, Palabra hecha carne

El Hijo eterno del Padre es la expresión perfecta de su amor.
Por Él fueron creadas todas las cosas, y en la plenitud de los tiempos se hizo hombre en el seno de la Virgen María.
En Jesús de Nazaret, el amor del Padre se hizo visible, audible y tocable.
Su entrega hasta la cruz y su victoria en la resurrección revelan el corazón de Dios: un amor que no se guarda nada para sí.
El Hijo es la Palabra que salva, el rostro humano del Dios invisible.

4. El Espíritu Santo, amor que une

El Espíritu Santo es el vínculo vivo de amor entre el Padre y el Hijo.
No procede como una tercera fuerza, sino como el don recíproco de su amor eterno, derramado en el mundo.
Es el que habita en la Iglesia, ilumina las conciencias, consuela en la tribulación y renueva todas las cosas desde dentro.
En cada alma abierta a la gracia, el Espíritu hace posible que la vida trinitaria de Dios viva en nosotros.
Así, el cristiano no solo cree en la Trinidad: la lleva dentro de sí como templo del Dios vivo.

5. La Trinidad, modelo y destino del amor humano

Ser creados a imagen de Dios-Trinidad significa que estamos hechos para la comunión, no para el aislamiento.
Toda relación auténtica de amor —entre esposos, padres e hijos, amigos o comunidades— refleja, aunque sea imperfectamente, el dinamismo trinitario del don de sí.
El Papa Francisco lo expresó así:

“En la Trinidad comprendemos que vivir para los demás no empobrece, sino que plenifica.”
El amor, cuando se da, no se pierde: se multiplica, porque tiene su origen en el Dios que es Amor.
Por eso, vivir según la Trinidad es vivir en comunión, en servicio y en alegría compartida.

El misterio de la Trinidad nos revela que Dios es comunión de amor eterno: el Padre que crea, el Hijo que salva y el Espíritu que santifica. Contempla el amor trinitario que te envuelve, pues fuiste creado por el Padre, redimido por el Hijo y sostenido por el Espíritu; en ti habita el Dios Uno y Trino. Vive hoy reflejando esa comunión divina: busca la unidad, perdona, sirve y ama como quien ha sido amado por el Amor mismo.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial

 


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