La sed de justicia
El clamor del corazón humano que revela a su Creador
En cada ser humano existe una sed profunda que no puede ser sofocada: el deseo de justicia. No se trata de una simple búsqueda de equilibrio social, sino de un clamor interior que exige que el bien sea reconocido, que el mal no quede impune, que la verdad triunfe, que la dignidad del ser humano nunca sea pisoteada. Esta sed no proviene de la evolución ni de acuerdos sociales; brota del alma misma, donde Dios ha inscrito la ley moral. La sed de justicia es una de las pruebas más conmovedoras de la existencia de un Dios justo, bueno y fiel.
1. El corazón humano clama por un mundo justo
Desde
niños experimentamos indignación ante la injusticia.
Ese sentimiento universal indica que dentro de nosotros existe un criterio
moral que trasciende intereses personales o culturales.
No aceptamos el abuso, la mentira o el daño a los inocentes, porque algo en lo
profundo del ser humano grita: “Esto no debería ser así.”
Ese grito es el eco de la voz de Dios en el alma, que nos llama a vivir según
el bien.
2. La justicia que no se sacia con leyes humanas
Las
leyes humanas, por más necesarias que sean, no logran alcanzar la justicia
plena.
Los culpables a veces escapan; los inocentes a veces sufren; las reparaciones
son incompletas.
Esta limitación muestra que el corazón humano desea una justicia superior,
perfecta, total… una justicia que solo puede venir de Dios.
Si el alma clama por una justicia que el mundo no puede garantizar, es porque
está hecha para un Juez justo, para un Reino donde el mal no tenga la
última palabra.
3. El anhelo de justicia como prueba de trascendencia
El
deseo de justicia apunta hacia la eternidad.
En esta vida, muchas historias quedan abiertas, muchas heridas sin sanar,
muchas injusticias sin reparación.
Si todo terminara en la muerte, el grito de justicia sería absurdo.
Pero el corazón sabe que no es así: intuye que debe existir un más allá donde
la verdad resplandezca y cada acto encuentre su peso verdadero.
Este anhelo revela que el hombre está hecho para una justicia eterna,
para un Amor que juzga con verdad y misericordia.
4. Cristo, la justicia de Dios hecha misericordia
Dios
respondió al clamor por la justicia enviando a su Hijo.
Cristo es la justicia encarnada: el inocente que lleva sobre sí el pecado del
mundo.
En la cruz, Dios hace justicia, pero lo hace desde el amor.
“La
misericordia y la verdad se han encontrado; la justicia y la paz se han besado”
(Sal 85,11).
En Cristo, la justicia no significa destrucción del culpable, sino oportunidad
de conversión, reparación y vida nueva.
Él revela que la justicia de Dios no es fría ni vengativa, sino misericordiosa
y transformadora.
5. El compromiso cristiano con la justicia
La
sed de justicia no solo apunta a Dios: también impulsa al creyente a actuar.
El cristiano no se resigna ante la injusticia; la enfrenta con la luz del
Evangelio.
Defender al débil, promover la dignidad humana, trabajar por la paz, apoyar a
los pobres, denunciar el mal: todo esto es participar en la justicia de Dios.
Quien busca verdaderamente a Dios no puede vivir indiferente ante el
sufrimiento del prójimo.
La justicia divina llama a la justicia humana, y ambas se encuentran en el
amor.
Pensar
La sed de justicia es un clamor inscrito por Dios en el corazón humano. Señala que estamos hechos para un bien absoluto y para una justicia plena que solo Él puede realizar.
Sentir
Reconoce tu propia indignación ante el mal como signo de que Dios ha puesto en ti su ley. Ese dolor moral es prueba de tu dignidad y de tu origen divino.
Actuar
Comprométete con la justicia desde el Evangelio: defiende al inocente, repara el daño, busca la verdad y permite que Cristo transforme tu manera de responder ante el mal.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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