La Revelación: Dios que se deja encontrar
De la razón que busca al Dios que se revela por amor
El ser humano puede llegar a conocer que Dios existe usando solo su razón, contemplando la creación, el orden del universo o la voz interior de la conciencia. Pero el cristianismo enseña algo mucho más grande: Dios mismo ha salido a nuestro encuentro. No se queda oculto ni lejano. Se ha dado a conocer, ha hablado, ha mostrado su rostro. A eso llamamos Revelación.
1. Un Dios que se comunica
Dios no es una idea, ni una fuerza anónima, ni una energía cósmica. Es un Ser personal que habla, ama y entra en relación con nosotros. Como afirma la Dei Verbum del Concilio Vaticano II:
“Quiso Dios revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por Cristo, Verbo hecho carne, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y son hechos partícipes de la naturaleza divina” (DV, 2).
Esto significa que Dios no solo revela cosas sobre Él, sino que se revela a sí mismo. Su Palabra no es un discurso teórico, sino una historia de amor que recorre la Biblia entera.
2. La historia de una alianza
Desde
los comienzos, Dios se ha manifestado en la historia: habló a Abraham, liberó a
su pueblo por medio de Moisés, envió a los profetas, y finalmente nos habló
por su Hijo (cf. Heb 1,1-2).
Cada paso de esa historia revela un mismo deseo: Dios quiere ser encontrado,
amado y escuchado. Él no se impone, se propone. Se acerca con delicadeza,
respetando la libertad del hombre.
La Revelación es un diálogo: Dios llama, el hombre responde. Y cuando esa respuesta es libre y confiada, se convierte en fe. Por eso decimos que la fe es la respuesta del hombre a un Dios que se le ha manifestado.
3. Jesucristo, plenitud de la Revelación
Toda la historia del Antiguo Testamento apunta a un momento culminante: la Encarnación. En Jesús, Dios no solo habla por medio de profetas o signos; Él mismo se hace hombre, se deja ver, tocar y escuchar.
“Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).
Cristo
es la Revelación definitiva del amor de Dios. En Él, el misterio se hace
rostro, la Palabra se hace carne, y la verdad se hace vida. Por eso, el
cristianismo no es simplemente una doctrina: es un encuentro con una Persona
viva.
El Papa León XIV ha recordado en sus primeras enseñanzas que “la fe no es una
idea heredada, sino una relación que se renueva cada día con Aquel que no deja
de hablar al corazón del hombre”.
4. La Iglesia, custodio y testigo de la Revelación
La
Revelación no terminó con los apóstoles, pero sí se cumplió en Cristo.
La Iglesia conserva, interpreta y transmite esa Revelación a lo largo de los
siglos a través de la Sagrada Escritura y la Tradición. Ambas, bajo la guía del
Espíritu Santo, son los dos ríos que fluyen de la misma fuente.
Por eso, quien escucha a la Iglesia escucha a Cristo, y quien se aleja de la
Palabra y de la Tradición se desconecta del Dios que habla a su pueblo.
El Catecismo enseña (CIC 74):
“Dios
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad,
es decir, de Cristo Jesús.”
Por eso la Iglesia no se cansa de anunciar la Buena Nueva: Dios no está
oculto; se ha revelado y está presente.
Pensar
Dios no se oculta al hombre: se manifiesta a través de su Palabra y de su Hijo. La fe no es adivinación, sino acogida del Dios que se comunica.
Sentir
Deja que la certeza del amor de Dios te consuele. Él te ha hablado desde siempre, y hoy vuelve a hacerlo en su Palabra y en la Eucaristía.
Actuar
Lee un pasaje del Evangelio y medítalo como un mensaje personal de Dios para ti. Haz de la Biblia un espacio de encuentro y diálogo con tu Creador.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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