Viernes 21 de noviembre de 2025
Fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María
Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
La Presentación de la Virgen María: cuando Dios empieza a reconstruirlo todo
La Fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María hunde sus raíces en una memoria antigua y luminosa. Desde el año 543, cuando en Jerusalén se dedicó la basílica de Santa María la Nueva, el pueblo cristiano celebra este día contemplando a María como “la ofrenda pura” presentada en el templo, la niña consagrada totalmente a Dios, la criatura que sería el espacio escogido para que el Verbo eterno hiciera morada entre nosotros. Esta celebración no es un recuerdo arqueológico: es una invitación a mirar hacia adelante, a vivir con la disponibilidad confiada de María y a permitir que Dios, una vez más, renueve su templo en nosotros.
La liturgia de hoy nos entrega una Palabra que ilumina con fuerza este camino.
En el Primer Libro de los Macabeos (4, 36-37.52-59), Judas y sus hermanos reorganizan al pueblo, purifican el templo profanado y lo dedican nuevamente al Señor. Aquella jornada marcó el inicio de una nueva etapa: de dolor pasaron a esperanza, de destrucción a reconstrucción, de silencio a alabanza. La fidelidad de Israel, puesta a prueba por la opresión, encontró un cauce nuevo en la restauración del lugar santo. Este gesto es mucho más que un acto litúrgico. Es un anuncio: Dios no abandona a su pueblo y siempre abre caminos cuando parecía no haber salida.
A la luz de esta lectura, María aparece hoy como el templo vivo y perfecto. Su corazón fue el primer santuario donde Dios restauró la alianza. Mientras los Macabeos levantaban piedras purificadas, Dios preparaba en la niña María el lugar donde Él mismo se encarnaría para siempre. Ella es el templo que no será destruido, el santuario donde la pureza, la obediencia y la fe permanecen intactas. Su presentación es la alianza renovada: Dios toma la iniciativa y ella responde con disponibilidad absoluta.
El Salmo tomado de 1 Cr 29 es un himno que brota de la gratitud. “Bendito seas, Señor, Dios nuestro”. Después de la prueba, después de la purificación, después del cansancio, solo queda reconocer que todo viene de Él: la fuerza, la victoria, la belleza, la vida. La Iglesia, como María, canta hoy este salmo levantando el corazón: cuando todo parece perdido, Dios vuelve a mostrarse como origen y destino. La alabanza no es evasión, sino lucidez. Solo el que agradece puede reconocer la presencia del Señor en medio de las ruinas.
El Evangelio según san Lucas (19, 45-48) nos muestra a Jesús entrando en el templo para expulsar a los vendedores. Su gesto no es un arranque de ira: es un acto de amor ardiente. El templo no puede convertirse en mercado, en ruido, en distracción. El lugar donde Dios se encuentra con su pueblo no admite sustitutos. Jesús devuelve al templo su identidad profunda: casa de oración, espacio de escucha, ámbito de encuentro. Así como Judas Maccabeo lo purificó, Jesús lo consagra con su celo santo.
En esta fiesta de la Presentación de María, el Evangelio suena como un llamado a la coherencia interior. El templo hoy somos nosotros. Nuestro corazón —como el de María— está llamado a ser espacio de oración, no de confusión; casa de confianza, no de ansiedad; lugar de encuentro con Dios, no de intercambios que desgastan la vida. El gesto de Jesús empuja suavemente, pero con firmeza, a dejar entrar su luz para liberar lo que se ha vuelto ruido, exceso o desorden. Su purificación no destruye: restaura, dignifica y abre futuro.
María, presentada en el templo, nos muestra cómo se vive con un corazón limpio. No significa tener una historia impecable, sino dejar que Dios tenga siempre la primera palabra. Su silencio, su obediencia y su apertura no la encerraron en sí misma: la prepararon para recibir el mayor de los dones. Ella es la mujer del sí que abre caminos nuevos.
La fiesta de hoy nos invita a tres movimientos interiores que iluminan el futuro:
Contemplar
cómo Dios reconstruye: ninguna ruina es definitiva cuando Él entra en la vida.
Aceptar que nuestro corazón es templo: llamado a la oración, al discernimiento
y a la paz.
Mirar a María como modelo seguro: su sí humilde y valiente sigue generando
esperanza en quienes la invocan.
Pensemos que, así como el templo fue purificado en tiempos de los Macabeos,
también nuestra vida puede ser reconstruida cuando permitimos a Dios entrar con
su luz; sintamos la paz humilde de María, presentada al Señor como templo vivo,
invitándonos a confiar en que Él puede restaurar lo que parecía perdido; y
actuemos hoy en consecuencia, ofreciendo a Dios un corazón disponible,
limpiando lo que oscurece la fe y buscando, con serenidad y firmeza, que
nuestra vida sea un lugar donde Cristo pueda habitar y donde otros encuentren
esperanza.
Esta fiesta de la Presentación de la Virgen María no nos mira hacia atrás; nos conduce hacia adelante, recordándonos que Dios nunca deja de edificar templos vivos donde su amor pueda hacerse presente. En María vemos la promesa cumplida. En nosotros, Dios quiere escribir su historia nueva.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared