La oración como experiencia de encuentro real
Cuando la fe se hace relación personal
Entre
todas las experiencias humanas, pocas revelan tanto la existencia de Dios como
la oración. Quien ora sinceramente —con fe, humildad y perseverancia—
descubre que no habla al vacío, sino que dialoga con una Presencia viva.
La oración es mucho más que una práctica religiosa: es el encuentro del corazón
humano con el corazón de Dios.
Por eso, la fe cristiana no se reduce a creer que Dios existe, sino a experimentar
que está presente, que escucha, que responde y transforma la vida desde
dentro.
1. La oración: respuesta al Dios que nos busca
La Biblia enseña que antes de que el hombre busque a Dios, Dios ya lo está buscando. La oración no nace del miedo ni de la costumbre, sino del amor.
“Tú
no me buscarías si no me hubieras encontrado ya”, escribió Pascal.
El deseo de orar es ya obra del Espíritu Santo en nosotros.
Desde Abraham hasta María, toda la historia de la salvación es un diálogo. Dios
llama, el hombre responde; Dios se revela, el hombre se abre.
Así, cada oración auténtica es una continuación del diálogo eterno entre el
Creador y sus criaturas.
2. Orar no es hablar al vacío
Quien
ha orado con fe sabe que la oración no es monólogo, sino comunión. A veces,
Dios responde con palabras interiores; otras, con paz, fortaleza o silencio
fecundo.
Santa Teresa de Jesús lo definió así:
“Orar
es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama.”
En ese trato, el alma reconoce que no está sola.
La oración es, entonces, una prueba existencial de la presencia de Dios,
no demostrable con argumentos, pero sí experimentable con el corazón.
Cada persona que ora sinceramente se convierte en testigo vivo de que Dios está
y escucha.
3. La oración transforma al que ora
No
oramos para cambiar a Dios, sino para dejarnos cambiar por Él.
Cuando el alma se abre al diálogo con el Creador, algo interior se renueva:
nace la serenidad, la esperanza, el perdón, la alegría.
El que reza con frecuencia comienza a ver la vida con los ojos de Dios.
Como enseña el Papa Francisco:
“La
oración no es magia, sino confianza. Cambia el corazón y abre caminos donde
parecía que no los había.”
La oración no elimina los problemas, pero da la fuerza para afrontarlos con fe.
4. La certeza del encuentro
Hay
oraciones que nacen del gozo y otras del dolor; unas piden, otras agradecen;
unas brotan de las palabras, otras del silencio. Pero en todas ellas Dios se
deja encontrar.
Jesús mismo lo prometió:
“Cuando
ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo
secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6).
Ese “secreto” es el lugar interior donde el alma se encuentra con su Creador.
El creyente que persevera en la oración descubre que la fe deja de ser una idea
y se convierte en relación viva y amorosa con Dios.
5. Orar con el corazón abierto
La
oración no requiere fórmulas complicadas. Basta un corazón sincero.
Puede expresarse en el silencio, en la Eucaristía, en el Rosario, en un suspiro
de confianza o en un “gracias, Señor”.
Dios no mide las palabras, sino la disposición interior.
San Juan María Vianney lo decía con sencillez:
“Yo
le miro y Él me mira.”
En ese intercambio de miradas, la fe se vuelve experiencia, la presencia de
Dios se hace palpable y la vida se llena de sentido.
Pensar
La oración es la respuesta del hombre al Dios que lo llama. En ella, la fe deja de ser teoría para convertirse en encuentro real con el Amor que sostiene la existencia.
Sentir
Siente la paz que brota del diálogo con Dios. Él te escucha, te comprende y te acompaña incluso cuando no sientes nada. Su silencio también es palabra.
Actuar
Haz hoy un momento de oración sincera. No pidas mucho: simplemente habla con Dios como con un amigo y quédate en silencio para escuchar su respuesta.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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