01
DIC
2025

La oración



La oración

El diálogo interior que confirma la existencia del Dios vivo

Cuando el ser humano ora, algo extraordinario sucede: se dirige a Alguien que no ve, pero cuya presencia siente; habla con confianza a un Tú que lo escucha; abre su alma a un Misterio que no lo aplasta, sino que lo recibe. La oración no es fantasía ni autosugestión: es la experiencia viva de un Dios que convoca, responde y transforma. Allí donde un corazón se abre en oración, Dios deja huellas. Por eso, la existencia misma de la oración universal es una de las señales más profundas de que el hombre no está solo: Dios está, escucha y actúa.

1. Orar: un acto tan humano como respirar

Desde tiempos remotos, en todas las culturas, el ser humano ha elevado su voz hacia lo alto.
Ora el niño con su espontaneidad; ora el anciano con su sabiduría; ora el enfermo desde su fragilidad; ora el creyente desde la confianza; ora incluso quien no sabe a quién dirigirse, pero siente que necesita hacerlo.
La oración es expresión de nuestra identidad más profunda: somos seres en relación, creados para el diálogo con Dios.

2. La oración nace de la sed de infinito

El corazón humano experimenta deseos que ningún bien material puede saciar.
Anhela consuelo, busca sentido, clama justicia, pide luz.
La oración brota de esa apertura radical al infinito.
Cuando el corazón se eleva, reconoce —aunque sea de modo implícito— que existe un Tú que puede sostenerlo.
La oración es la palabra humilde de quien sabe que necesita a Dios.

3. La experiencia interior que confirma la presencia de Dios

Quien ora con sinceridad descubre que la oración no es un monólogo vacío.
Hay una respuesta:
– una paz inesperada,
– una luz interior,
– un impulso de conversión,
– una fuerza para perdonar,
– una comprensión nueva.
Estas transformaciones no vienen de la fantasía humana.
Son signos discretos pero reales de la presencia del Dios vivo que actúa en lo profundo del alma.

4. Cristo, el orante perfecto

Jesús no solo enseñó a orar, sino que vivió en oración constante.
Se retiraba al silencio, hablaba con el Padre, intercedía por sus discípulos, lloraba ante la tumba de Lázaro, agradecía antes de multiplicar los panes, se entregaba al Padre en Getsemaní.
En Él, la oración se vuelve encuentro de amor, obediencia, confianza.
Cristo nos enseña que orar es entrar en la intimidad de la Trinidad.
Cuando decimos “Padre nuestro”, entramos en la misma relación que el Hijo tiene con el Padre.

5. La Iglesia: escuela de oración

La Iglesia acompaña a cada creyente en el aprendizaje de la oración.
En la liturgia, la oración se vuelve canto del Pueblo de Dios; en los sacramentos, se convierte en encuentro; en la adoración, silencio; en la caridad, gesto; en la comunidad, fuerza.
Los santos, maestros de oración, muestran con su vida que orar no aleja del mundo: lo transforma.
La oración no solo confirma la existencia de Dios: la hace palpable.

Pensar

La oración es una prueba interior de la existencia de Dios. No es un diálogo imaginario, sino la respuesta del alma al Dios vivo que llama.

Sentir

Reconoce en la paz, la fuerza y la luz que nacen de la oración la presencia real de Dios acompañándote y tocando tu corazón.

Actuar

Dedica cada día un tiempo a la oración sincera. Habla con Dios, escucha su voz en el silencio y deja que Él vaya transformando tu vida y tu misión.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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