La oración
El diálogo interior que confirma la existencia del Dios vivo
Cuando el ser humano ora, algo extraordinario sucede: se dirige a Alguien que no ve, pero cuya presencia siente; habla con confianza a un Tú que lo escucha; abre su alma a un Misterio que no lo aplasta, sino que lo recibe. La oración no es fantasía ni autosugestión: es la experiencia viva de un Dios que convoca, responde y transforma. Allí donde un corazón se abre en oración, Dios deja huellas. Por eso, la existencia misma de la oración universal es una de las señales más profundas de que el hombre no está solo: Dios está, escucha y actúa.
1. Orar: un acto tan humano como respirar
Desde
tiempos remotos, en todas las culturas, el ser humano ha elevado su voz hacia
lo alto.
Ora el niño con su espontaneidad; ora el anciano con su sabiduría; ora el
enfermo desde su fragilidad; ora el creyente desde la confianza; ora incluso
quien no sabe a quién dirigirse, pero siente que necesita hacerlo.
La oración es expresión de nuestra identidad más profunda: somos seres en
relación, creados para el diálogo con Dios.
2. La oración nace de la sed de infinito
El
corazón humano experimenta deseos que ningún bien material puede saciar.
Anhela consuelo, busca sentido, clama justicia, pide luz.
La oración brota de esa apertura radical al infinito.
Cuando el corazón se eleva, reconoce —aunque sea de modo implícito— que existe
un Tú que puede sostenerlo.
La oración es la palabra humilde de quien sabe que necesita a Dios.
3. La experiencia interior que confirma la presencia de Dios
Quien
ora con sinceridad descubre que la oración no es un monólogo vacío.
Hay una respuesta:
– una paz inesperada,
– una luz interior,
– un impulso de conversión,
– una fuerza para perdonar,
– una comprensión nueva.
Estas transformaciones no vienen de la fantasía humana.
Son signos discretos pero reales de la presencia del Dios vivo que actúa en lo
profundo del alma.
4. Cristo, el orante perfecto
Jesús
no solo enseñó a orar, sino que vivió en oración constante.
Se retiraba al silencio, hablaba con el Padre, intercedía por sus discípulos,
lloraba ante la tumba de Lázaro, agradecía antes de multiplicar los panes, se
entregaba al Padre en Getsemaní.
En Él, la oración se vuelve encuentro de amor, obediencia, confianza.
Cristo nos enseña que orar es entrar en la intimidad de la Trinidad.
Cuando decimos “Padre nuestro”, entramos en la misma relación que el Hijo tiene
con el Padre.
5. La Iglesia: escuela de oración
La
Iglesia acompaña a cada creyente en el aprendizaje de la oración.
En la liturgia, la oración se vuelve canto del Pueblo de Dios; en los
sacramentos, se convierte en encuentro; en la adoración, silencio; en la
caridad, gesto; en la comunidad, fuerza.
Los santos, maestros de oración, muestran con su vida que orar no aleja del
mundo: lo transforma.
La oración no solo confirma la existencia de Dios: la hace palpable.
Pensar
La oración es una prueba interior de la existencia de Dios. No es un diálogo imaginario, sino la respuesta del alma al Dios vivo que llama.
Sentir
Reconoce en la paz, la fuerza y la luz que nacen de la oración la presencia real de Dios acompañándote y tocando tu corazón.
Actuar
Dedica cada día un tiempo a la oración sincera. Habla con Dios, escucha su voz en el silencio y deja que Él vaya transformando tu vida y tu misión.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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