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DIC
2025

La Navidad según la Palabra de Dios: un acontecimiento que cambia la historia



La Navidad según la Palabra de Dios: un acontecimiento que cambia la historia

La Navidad, según la Palabra de Dios, no es una fecha ni una fiesta cultural: es un acontecimiento. Algo sucede en la historia que la transforma para siempre. El prólogo del Evangelio según san Juan lo expresa con una sobriedad deslumbrante: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). En esta frase se condensa el corazón de la fe cristiana. Dios no envía solo un mensaje, ni un mensajero, ni una idea elevada: Dios mismo entra en nuestra condición humana, asume nuestra carne frágil, nuestra historia concreta, nuestro tiempo limitado.

1. La Encarnación: el centro del misterio

La Navidad es, ante todo, la Encarnación del Hijo eterno del Padre. El Dios invisible se hace visible; el Dios eterno acepta el tiempo; el Dios todopoderoso elige la pequeñez. San Pablo lo resume con fuerza teológica y existencial: «Siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (2 Co 8,9). El Niño de Belén no es un símbolo sentimental ni una imagen piadosa sin consecuencias: es una afirmación teológica radical. Dios ha decidido salvarnos desde dentro, no desde fuera. No elimina el sufrimiento por decreto; lo acompaña. No suprime la historia humana; la redime caminando en ella.

Desde una lectura exegética profunda, la Encarnación no es un paréntesis en la historia de la salvación, sino su cumplimiento. El Logos eterno entra en la carne para que la carne pueda entrar en Dios. La fe cristiana no anuncia una evasión del mundo, sino la redención del mundo desde su interior.

2. Navidad y Pascua: un solo misterio

Por eso, la Navidad es inseparable del misterio pascual. El pesebre ya apunta a la cruz. El cuerpo que nace es el mismo que será entregado. La madera del establo anticipa la madera del Calvario. Celebrar la Navidad sin esta profundidad es quedarse en la superficie. La Palabra de Dios no presenta un cuento tierno, sino un acto decisivo de amor que compromete a Dios hasta el extremo.

La liturgia de la Iglesia lo expresa con claridad: el Niño nace para morir y resucitar. La Encarnación tiene forma de Pascua anticipada. Allí donde se pierde esta unidad, la Navidad se vacía de contenido y se reduce a emoción pasajera.

3. El ruido que rodea el misterio

Alrededor de este núcleo esencial se ha levantado mucho ruido: discusiones sobre fechas, calendarios, orígenes culturales, costumbres paganas, adornos y tradiciones. Algunas de estas cuestiones pueden tener interés histórico o antropológico, pero ninguna toca el corazón de la fe. La Escritura nunca pide que defendamos un día exacto, sino que confesemos un hecho: Cristo ha venido en la carne.

La Iglesia, con sabiduría pastoral, fijó una fecha para celebrar litúrgicamente lo que la fe vive cada día. El problema no es la fecha; el problema es vaciar el contenido. El ruido aparece cuando se confunde lo accesorio con lo esencial, cuando se habla más de luces que de la Luz, más de consumo que de conversión.

4. La Encarnación como llamada

La Navidad no es solo algo para contemplar, sino algo para acoger y prolongar. Si Dios se ha hecho carne, toda carne humana tiene dignidad. Si Dios ha entrado en la historia, nuestra historia importa. Si Dios ha elegido la pobreza y la sencillez, el cristiano no puede vivir instalado en la indiferencia.

La pregunta decisiva no es «¿cuándo nació Jesús?», sino «¿nace hoy en mí?». Celebrar la Navidad según la Palabra de Dios es reconocer a Dios presente, aceptar su cercanía y permitir que su luz entre en nuestras sombras concretas: la familia, el trabajo, las heridas, las decisiones pendientes.

La escena evangélica es elocuente: María guarda silencio y cree; José obedece; los pastores escuchan. Donde hay menos estridencia, Dios actúa más.

“Merry Christmas”: cuando la Navidad vuelve a pronunciar el nombre de Cristo

La expresión “Merry Christmas”, tan repetida en estos días, no es una simple fórmula social. Christmas significa literalmente la Misa de Cristo. Cada vez que se pronuncia con conciencia, se nombra a Cristo. No se trata de una imposición religiosa ni de nostalgia cultural, sino de un anuncio sencillo: la alegría tiene un nombre y ese nombre es Jesús.

Decir “Merry Christmas” con fe es afirmar que la paz no nace de la ausencia de conflictos, sino de la reconciliación que Dios ofrece; que la alegría no brota del consumo, sino del amor que se abaja. Cuando se pierde a Cristo, la Navidad se vuelve ruidosa y cansada. Cuando Cristo es acogido, la Navidad se convierte en fuente silenciosa de esperanza.

La mula y el buey: una homilía silenciosa

Aunque no aparecen explícitamente en los Evangelios, la mula y el buey tienen una profunda raíz bíblica y patrística. El profeta Isaías ya lo había anunciado: «El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor» (Is 1,3). Los Padres de la Iglesia vieron aquí una profecía cumplida: la creación reconoce al Creador cuando muchos hombres no lo hacen.

San Agustín, san Jerónimo y san Orígenes interpretaron estos animales como símbolo del pueblo judío y de los gentiles, convocados ambos a la salvación. El pesebre se convierte así en anuncio de la universalidad de Cristo.

San Francisco de Asís consolidó esta catequesis visual en Greccio, mostrando que Dios se deja acoger por lo humilde. La mula y el buey no hablan: adoran. Enseñan el silencio que reconoce, la humildad que acoge y la fe que no necesita protagonismo.

El pesebre: teología hecha carne

El pesebre no es un adorno: es una proclamación. Allí donde comen los animales es colocado Aquel que será Pan de Vida. La tradición cristiana ha visto siempre en el pesebre una clara resonancia eucarística. El Mesías se deja encontrar en un signo humilde, accesible a los pobres.

Históricamente, el pesebre revela la precariedad social del nacimiento de Jesús. Teológicamente, manifiesta un Dios que no domina, sino que se dona. Pastoralmente, interpela a la Iglesia a ser sencilla, cercana, pobre para los pobres.

Cuando se apaga el ruido, la Navidad vuelve a ser lo que siempre ha sido: Dios con nosotros, no como idea, sino como vida entregada. El pesebre, la mula y el buey, el silencio de la noche, la Palabra hecha carne, todo converge en una verdad central: Dios ha entrado en nuestra historia para transformarla desde dentro.

Celebrar la Navidad es aceptar esa cercanía y dejar que Cristo nazca hoy en nuestra vida concreta. Y eso, ayer como hoy, sigue siendo profundamente revolucionario.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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