La lucha interior entre el bien y el mal
Un escenario donde resuena la voz de Dios
Dentro del corazón humano se libra cada día una batalla silenciosa: la tensión constante entre el deseo de hacer el bien y la inclinación hacia el mal. Esta lucha no es un mito ni una construcción psicológica: es la experiencia universal de la conciencia humana. Allí donde el bien se presenta como un llamado y el mal como una tentación, el hombre descubre que hay una voz que orienta, una luz que guía, una presencia que acompaña. La lucha interior es uno de los espacios donde la acción de Dios se hace más evidente, porque el alma se ve obligada a elegir entre la vida y la muerte moral, entre la gracia y el pecado.
1. La conciencia: el lugar donde Dios habla
La
conciencia no es un sentimiento ni una convención social.
Es el santuario interior donde el ser humano reconoce el bien y el mal, y donde
escucha una voz que no proviene de él mismo.
Cuando hacemos el bien, sentimos paz; cuando elegimos el mal, experimentamos
inquietud.
Esa misteriosa voz interior es un signo de que Dios ha puesto en el corazón
humano su ley y lo llama a la comunión con Él.
2. Una lucha que nadie puede negar
Todos
experimentamos esta batalla moral.
Incluso quien niega la existencia de Dios se encuentra dividido entre lo que
sabe que debe hacer y lo que desea hacer.
San Pablo lo expresó con honestidad desgarradora:
“No
hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7,19).
Esta lucha interior demuestra que el hombre no es plenamente dueño de sí mismo:
hay una tensión que apunta a una ley más alta y a una presencia que llama al
bien.
3. La inclinación al mal revela la necesidad de un Salvador
La
experiencia del pecado —personal y social— deja claro que el ser humano no
puede salvarse por sí mismo.
Por más fuerza de voluntad que tenga, siempre encuentra límites, caídas y
fragilidades.
Esta realidad no lleva a la desesperación, sino a la verdad: necesitamos un
Salvador.
La lucha interior es un recordatorio de que la gracia de Dios es indispensable
y de que el corazón humano está hecho para apoyarse en Él.
4. Cristo, vencedor del mal en nuestro interior
Jesús
no solo venció el mal en la historia: lo vence cada día en el corazón de
quienes se abren a su gracia.
Su victoria en la cruz libera, transforma, fortalece.
Cristo no elimina la lucha interior, pero la ilumina y la llena de sentido.
Él nos da su Espíritu para que podamos elegir el bien, resistir la tentación y
caminar en libertad.
En Cristo, la batalla interior se convierte en camino de crecimiento,
purificación y santidad.
5. La Iglesia, acompañante en el combate espiritual
La
Iglesia no abandona al creyente en esta lucha.
A través de la Palabra, los sacramentos, la dirección espiritual y la vida
comunitaria, sostiene al cristiano en su combate.
El perdón sacramental, en particular, renueva el alma y le devuelve la fuerza.
La lucha interior deja de ser un peso cuando se vive acompañado por la gracia
de Dios y la comunidad de los creyentes.
Pensar
La lucha interior entre el bien y el mal revela que no somos criaturas indiferentes: estamos hechos para el bien y hay una voz divina que nos llama a vivir en la verdad.
Sentir
Percibe la presencia de Dios en tus combates interiores. La inquietud ante el mal y la paz ante el bien son señales de su acción en tu conciencia.
Actuar
No luches solo. Ora, busca los sacramentos, acércate a la confesión, pide ayuda espiritual y deja que Cristo venza en ti lo que tú no puedes vencer con tus fuerzas.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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