La libertad humana
Capacidad de amar y elegir el bien
La libertad es uno de los dones más hermosos y misteriosos que Dios ha concedido al ser humano. Gracias a ella, el hombre no está sometido al instinto ni programado por el destino: puede pensar, decidir y amar. Sin libertad no hay responsabilidad, ni amor, ni moralidad. Pero la libertad auténtica no consiste en hacer lo que se quiera, sino en querer el bien y realizarlo. La verdadera libertad no se opone a Dios: nace de Él y se orienta hacia Él, porque solo en el amor divino encuentra su plenitud.
1. La libertad como imagen de Dios
Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26), y esa semejanza se manifiesta en la capacidad de elegir con conciencia y amor.
“El
hombre es racional y por ello semejante a Dios: fue creado libre y dueño de sus
actos” (San Ireneo).
La libertad humana refleja la libertad divina, pero de modo limitado: mientras
Dios elige siempre el bien porque es el Bien mismo, el hombre puede acogerlo
o rechazarlo.
Esa posibilidad de optar no es un defecto, sino una oportunidad de amar con
autenticidad, pues el amor solo es verdadero cuando se da libremente.
2. La libertad y la verdad
La
libertad no puede separarse de la verdad.
Cuando se pretende desligarla de ella, se convierte en una ilusión que destruye
al hombre.
Jesús lo expresó con sencillez y profundidad:
“La
verdad los hará libres” (Jn 8,32).
Ser libre no es decidir sin medida, sino elegir lo que conduce a la plenitud
del ser.
Quien se aleja de la verdad del bien, termina esclavo del pecado, del egoísmo o
del deseo.
Solo cuando la libertad reconoce un bien objetivo —Dios mismo— se convierte en
fuerza de crecimiento y no de destrucción.
3. La libertad herida por el pecado
El
pecado original no eliminó la libertad, pero la debilitó y la desvió.
Por eso, el hombre experimenta dentro de sí una lucha entre el bien que quiere
hacer y el mal que lo atrae (cf. Rm 7,19).
La gracia de Cristo viene precisamente a sanar la libertad, no a
anularla.
En la cruz, Jesús muestra la libertad perfecta: no hace su propia voluntad,
sino la del Padre, y en esa obediencia encuentra la plenitud del amor.
Solo el Espíritu Santo puede devolver al hombre la capacidad de elegir el bien
con alegría.
4. La libertad en la historia y en la conciencia
El
hombre libre es responsable de sus actos.
Sus decisiones no se pierden en el vacío: construyen su vida, su carácter y su
destino eterno.
Cada elección moral deja una huella, y con el tiempo forma el alma.
Por eso, la libertad no es indiferente: es una tarea y un camino.
Actuar según la conciencia iluminada por la verdad es vivir en libertad; seguir
los impulsos sin discernimiento es perderla.
La historia muestra que las grandes crisis humanas surgen cuando se confunde la
libertad con el capricho o el poder.
5. La libertad que se consuma en el amor
La
libertad alcanza su sentido pleno cuando se dona.
El amor cristiano es el acto más libre que puede realizar el ser humano, porque
implica salir de sí mismo y entregarse al otro.
Jesús lo vivió plenamente:
“Nadie
me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18).
El amor que se da libremente se convierte en participación del amor divino.
Así, la libertad no es un fin en sí misma, sino el camino que conduce al don
total de la vida en el amor.
Solo quien ama verdaderamente es libre.
Pensar
La libertad humana es un reflejo de la libertad divina. Se perfecciona cuando elige el bien y se orienta hacia el amor que nace de Dios.
Sentir
Agradece el don de poder elegir, de poder amar y construir el bien. La libertad es el espacio sagrado donde Dios te invita a responder con amor a su amor.
Actuar
Vive tu libertad con responsabilidad y fe. Elige el bien, busca la verdad, y haz de cada decisión un acto de amor que te acerque más a Dios y a los demás.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
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