09
NOV
2025

La Iglesia, signo visible del Dios invisible



La Iglesia, signo visible del Dios invisible

Presencia viva de Cristo en la historia

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha sido signo de la presencia de Dios en el mundo. Nació del costado abierto de Cristo en la cruz, se fortaleció con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés y permanece viva, a pesar de las debilidades humanas, como instrumento y testimonio del amor divino. Su existencia misma, extendida por toda la tierra, diversa en culturas y unida en la misma fe, es una prueba viva de que Dios sigue actuando en la historia. Si Cristo es el rostro visible del Padre, la Iglesia es el rostro visible de Cristo que continúa su obra de salvación entre los hombres.

1. Una institución humana con origen divino

La Iglesia tiene cuerpo humano, pero alma divina. Está formada por hombres frágiles y pecadores, pero su vida nace del Espíritu Santo.

“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18).
Estas palabras de Jesús aseguran que su obra no se perderá.
A lo largo de veinte siglos, reinos, imperios e ideologías han desaparecido, pero la Iglesia —aun con sus heridas— permanece. Su permanencia no se explica por la fuerza humana, sino por la fidelidad de Dios que la sostiene.

2. La Iglesia: Cuerpo Místico de Cristo

San Pablo lo expresó con claridad:

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” (1 Co 12,27).
La Iglesia no es solo una organización o un grupo de creyentes; es Cristo mismo que sigue viviendo y actuando en su pueblo.
Él es la Cabeza; nosotros, los miembros.
El Espíritu Santo es el alma que la anima y le da vida.
En la Iglesia, Dios continúa su presencia en el tiempo, alimentando, perdonando, enseñando y guiando a su pueblo hasta la plenitud del Reino.
Por eso, el Concilio Vaticano II la llama “el sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium, 48).

3. Signo de unidad en un mundo dividido

En un mundo fragmentado por la violencia, el egoísmo y la indiferencia, la Iglesia permanece como signo de unidad.
Millones de personas en todos los continentes profesan una misma fe, celebran los mismos sacramentos y oran al mismo Dios.
Esta comunión, mantenida a pesar de las diferencias culturales y los siglos de historia, no tiene explicación puramente humana: es obra del Espíritu Santo, que hace de muchos un solo cuerpo.
Como enseña el Catecismo (CIC 810):

“El Espíritu es el principio de toda la vida y de toda la unidad en la Iglesia.”

4. La santidad en medio de la fragilidad

A lo largo de su historia, la Iglesia ha tenido errores y pecados de sus miembros, pero también ha sido madre fecunda de santos, mártires, sabios y servidores de los pobres.
Su santidad no se mide por la ausencia de defectos, sino por la presencia constante del Espíritu Santo que la purifica y renueva.
Allí donde hay un alma convertida, un enfermo atendido, un niño educado en la fe, una vida entregada a Dios, la Iglesia está viva y actuando.
Los santos de todos los tiempos son su mejor carta de presentación: son el rostro más creíble de un Dios que sigue transformando el mundo a través de su pueblo.

5. La Iglesia: sacramento de la presencia de Cristo

Cristo no nos dejó huérfanos: permanece entre nosotros por medio de su Iglesia.
En la Palabra proclamada, es Él quien habla.
En los sacramentos, es Él quien actúa.
En la Eucaristía, es Él mismo quien se entrega.
Y en la caridad vivida, es Él quien ama a través de nosotros.
La Iglesia, aun en su pobreza, es el lugar donde el cielo toca la tierra, donde el amor de Dios se hace visible, audible y tangible.
Por eso, creer en la Iglesia no es creer en una estructura, sino en la presencia continua de Cristo que camina con su pueblo hasta el fin de los tiempos.

La existencia y la permanencia de la Iglesia a lo largo de los siglos son signo de la fidelidad de Dios, porque en ella Cristo sigue actuando y salvando al mundo. Ámala como madre y maestra, incluso en sus debilidades, pues en su rostro humano late el corazón de Cristo, que nunca abandona a los suyos. Participa activamente en tu comunidad eclesial: ora por tus pastores, sirve a tus hermanos y contribuye a que la Iglesia sea siempre un signo vivo del amor de Dios en el mundo.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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