Lunes
3 de noviembre de 2025
Semana XXXI del Tiempo Ordinario
Memoria de San Martín de Porres, religioso
Lecturas: Romanos 11, 30-36; Salmo 68 (69); Lucas 14, 12-14
La humildad que comparte el amor de Dios
Hoy la liturgia nos invita a contemplar la infinita misericordia de Dios y a vivirla en el servicio generoso a los demás. La primera lectura, tomada de la Carta a los Romanos, nos presenta una reflexión teológica profunda sobre el misterio de la salvación: tanto judíos como gentiles han experimentado la desobediencia, pero también la misericordia de Dios. San Pablo proclama: “Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos” (Rm 11, 32). Es decir, nadie puede gloriarse ante Dios; todos somos deudores de su amor gratuito. De ahí brota su exclamación admirativa: “¡Qué insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” (v. 33).
En un mundo que muchas veces clasifica, separa y juzga, esta Palabra nos recuerda que la salvación es don y no mérito. Dios actúa con una lógica de amor que desarma toda soberbia. Los santos comprendieron esto profundamente. San Martín de Porres, a quien hoy recordamos, fue un ejemplo luminoso de cómo la gracia transforma lo pequeño en grande. Hijo de un caballero español y de una mujer afrodescendiente, conoció la marginación y la pobreza. Sin embargo, su corazón humilde y su amor ardiente por Cristo lo convirtieron en servidor de todos: cuidaba enfermos, consolaba ancianos, alimentaba a los pobres, curaba animales, e incluso reconciliaba a quienes estaban enemistados.
Su vida encarna el Evangelio de hoy, donde Jesús enseña: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 13-14). El Maestro revela que la verdadera grandeza no está en dar esperando algo a cambio, sino en amar gratuitamente, como el Padre ama. San Martín vivió esta lógica divina: abrió su casa y su corazón a los más olvidados, sin distinción de raza ni condición. Su “banquete” fue la mesa de la caridad, donde los excluidos encontraron dignidad y consuelo.
El Papa Francisco ha recordado que “la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino el llamado de todos los bautizados que hacen ordinario el amor extraordinario” (Gaudete et Exsultate, n. 11). Así fue la santidad de Martín: humilde, silenciosa, pero fecunda. No predicó grandes sermones, sino que habló con sus manos que curaban, con su sonrisa que consolaba y con su oración constante ante el Santísimo Sacramento.
Su vida nos invita a mirar hacia el futuro con esperanza: en un tiempo en el que crecen la desigualdad y el individualismo, la caridad es el camino que renueva el mundo. La misericordia de Dios no es solo para ser contemplada, sino para ser compartida. Cada acto de servicio, por pequeño que parezca, es una semilla de eternidad.
Como enseña San Agustín, “la medida del amor es amar sin medida”. Quien ama así participa ya de la plenitud divina. San Martín comprendió que no se necesita mucho para servir, sino mucho amor para hacerlo todo con alegría. Por eso su ejemplo sigue siendo actual: la santidad está al alcance de quien se deja guiar por la misericordia de Dios y la convierte en obras concretas de amor.
La misericordia de Dios no excluye a nadie; todos somos alcanzados por su amor que transforma y salva. Dejemos que el ejemplo de San Martín de Porres despierte en nuestro corazón un amor humilde, alegre y servicial, capaz de ver en cada persona el rostro de Cristo. Hagamos hoy una obra de caridad sin esperar recompensa: escuchemos, ayudemos, compartamos o reconciliemos. Así, la misericordia que hemos recibido se convertirá en bendición para otros.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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