Jueves 8 de enero de 2026
La fuerza humilde del amor que vence al mundo
La liturgia de hoy nos sitúa en un punto decisivo del tiempo de Navidad: ya no contemplamos solo al Niño, sino al Cristo que irrumpe en la historia con la fuerza serena del Espíritu. La Palabra nos habla de amor, misión y esperanza, no como ideas abstractas, sino como una forma concreta de vivir y de mirar el futuro.
“Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19–5,4)
San Juan nos lleva al corazón de la fe cristiana. El amor no nace de nuestro esfuerzo moral ni de una sensibilidad especial: nace de Dios. Él toma la iniciativa. Esta afirmación es profundamente liberadora. El cristiano no ama para ser aceptado por Dios; ama porque ya ha sido amado.
Aquí aparece una verdad clave de la tradición cristiana, repetida por los Padres de la Iglesia: la fe no es una carga, sino una relación. Por eso San Juan afirma algo audaz: “Sus mandamientos no son pesados”. Cuando el amor de Dios es acogido de verdad, la obediencia deja de ser miedo y se convierte en respuesta agradecida.
Además, el apóstol introduce una palabra decisiva para nuestro tiempo: victoria. “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe”. No se trata de dominar ni de imponerse, sino de permanecer. La fe vence cuando no se rinde al cinismo, al cansancio moral ni a la desesperanza.
“Que te adoren, Señor, todos los pueblos” (Salmo 71)
El salmo amplía el horizonte. No se queda en lo individual: mira a las naciones, a los pueblos, a la historia. La adoración universal no es una fantasía piadosa, sino la certeza de que Dios no abandona el mundo. Incluso cuando la historia parece fragmentada, la promesa permanece: habrá justicia, paz y reconocimiento del Señor.
Este salmo sostiene la esperanza cristiana frente a la tentación del repliegue. La fe auténtica nunca se encierra: siempre es misionera, porque confía en que Dios sigue actuando más allá de nuestras fuerzas.
Jesús en Nazaret: la Palabra se cumple hoy (Lc 4,14-22)
El Evangelio nos presenta una escena sobria y decisiva. Jesús vuelve a Nazaret “con la fuerza del Espíritu” y proclama en la sinagoga el texto de Isaías. Luego pronuncia una frase que divide la historia: “Hoy se cumple esta Escritura”.
Ese “hoy” sigue resonando. No es solo un recuerdo litúrgico; es una afirmación permanente. Cristo no pertenece al pasado. Él sigue anunciando buena noticia a los pobres, libertad a los cautivos, luz a los que viven en tinieblas. La reacción inicial del pueblo es de admiración, pero el Evangelio deja entrever que esa admiración pronto será puesta a prueba. La esperanza auténtica siempre exige conversión.
Desde la exégesis y la tradición, esta escena revela algo esencial: Jesús no explica la Palabra, la encarna. Su vida es la interpretación definitiva de la Escritura. Por eso la Iglesia no transmite solo textos, sino una Persona viva.
El testimonio de San Severino
En este día, la Iglesia recuerda a San Severino, testigo silencioso pero firme de la caridad cristiana en tiempos de crisis. En medio de invasiones, pobreza e incertidumbre, eligió confiar en la fuerza del Evangelio vivido con coherencia. No transformó el mundo con poder, sino con fidelidad, recordándonos que la esperanza cristiana se construye desde lo pequeño y perseverante.
Una esperanza para hoy
La Palabra de este jueves nos ofrece una clave clara para el futuro: el amor recibido se convierte en misión vivida. La fe no nos aísla del mundo; nos capacita para servirlo sin perder el alma. En tiempos de cansancio espiritual y confusión cultural, el cristiano está llamado a permanecer en el amor, a escuchar la Palabra y a creer que Dios sigue cumpliendo sus promesas, hoy.
La victoria que vence al mundo no hace ruido. Crece en el silencio del corazón que se deja amar por Dios y, desde ahí, aprende a amar sin miedo.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial
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