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ENE
2026

La fe y la misión cotidiana



La fe y la misión cotidiana

Ser testigos donde estamos

Hablar de misión suele evocar lugares lejanos o tareas extraordinarias. Sin embargo, la fe cristiana recuerda que la primera misión se vive en lo cotidiano. No todos están llamados a ir lejos, pero todos están llamados a ser testigos allí donde viven, trabajan y se relacionan. La misión no comienza con palabras, sino con una vida que refleja lo que se cree.

Ser testigo no significa predicar constantemente ni convencer a otros con argumentos. Significa vivir de tal manera que la fe se vuelva visible. La manera de tratar a los demás, de afrontar las dificultades, de trabajar con honestidad, de perdonar y de mantener la esperanza habla más que muchos discursos. En un mundo cansado de palabras, una vida coherente se convierte en anuncio.

La misión cotidiana se ejerce en los espacios más simples: en la familia, en el trabajo, en la escuela, en la comunidad, en la vida social. Allí se juega la credibilidad de la fe. El cristiano no vive separado del mundo, sino dentro de él, como fermento silencioso. No busca imponerse, sino ofrecer con humildad una forma distinta de vivir, fundada en la verdad, el amor y la dignidad de cada persona.

La fe misionera sabe respetar los tiempos y la libertad del otro. No fuerza procesos ni invade conciencias. Sabe escuchar, acompañar y esperar. Muchas veces, el testimonio más fecundo es la cercanía paciente, la palabra oportuna, el gesto de misericordia cuando más se necesita. La misión no se improvisa: se vive.

La misión cotidiana también implica valentía. En un contexto donde la fe puede ser ignorada o ridiculizada, vivirla con naturalidad y sin complejos es ya un acto misionero. No se trata de confrontar, sino de no ocultar la propia identidad. La fe vivida con serenidad y respeto despierta preguntas, incluso en quienes no creen.

Toda misión nace del encuentro con Dios. Sin oración y sin vida sacramental, el testimonio se vacía. La misión no es activismo; es desbordamiento. Quien se sabe amado por Dios siente el deseo de compartir ese amor, no como obligación, sino como gratitud. La misión cotidiana es, en el fondo, una forma de amar.

Ser testigo donde estamos no requiere condiciones ideales ni resultados visibles. Basta con vivir con fidelidad el hoy, conscientes de que Dios actúa también a través de lo pequeño. Cada gesto de bien, cada palabra verdadera, cada acto de servicio es semilla sembrada. La misión cotidiana confía en que Dios da el crecimiento.

Pensar

La misión cristiana comienza en la vida diaria. Ser testigo es vivir la fe con coherencia y amor en lo ordinario.

Sentir

Reconoce que Dios te envía allí donde estás. Tu vida es el primer lugar de anuncio.

Actuar

Vive hoy tu fe con sencillez y valentía. Sé testigo con tus gestos, tus decisiones y tu manera de amar.


Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.

Vicario parroquial.


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