07
ENE
2026

La fe y el silencio



La fe y el silencio

Escuchar a Dios en un mundo ruidoso

Vivimos rodeados de ruido. No solo de sonidos, sino de palabras, mensajes, notificaciones, opiniones y urgencias constantes. El silencio se ha vuelto incómodo y, para muchos, casi insoportable. Sin embargo, la fe cristiana recuerda una verdad esencial: Dios habla en el silencio. No porque huya del mundo, sino porque respeta la libertad del corazón y no se impone con estruendo.

El silencio no es ausencia, es espacio. Es el lugar interior donde la persona deja de reaccionar automáticamente y comienza a escuchar de verdad. Sin silencio, la fe se vuelve superficial; con silencio, la fe se profundiza. Dios no suele gritar para hacerse notar. Su voz es discreta, paciente, y requiere un corazón disponible. Por eso, quien no cultiva el silencio corre el riesgo de vivir una fe llena de palabras, pero pobre en encuentro.

El silencio cristiano no es evasión ni aislamiento. No consiste en huir de las responsabilidades, sino en ordenar el interior para vivirlas mejor. Jesús mismo buscaba momentos de silencio para orar, incluso en medio de la misión. El silencio le permitía reencontrar el sentido, escuchar al Padre y volver al servicio con claridad. Sin silencio, la acción se agota; sin silencio, la fe se dispersa.

En el silencio, la persona se encuentra consigo misma. Emergen preguntas, miedos, heridas y deseos que suelen quedar ocultos bajo el ruido. La fe no teme ese encuentro. Al contrario, lo necesita. Dios no se comunica solo con ideas claras, sino también tocando lo profundo del corazón. El silencio es el lenguaje donde Dios forma, corrige y consuela.

El silencio también educa la palabra. Quien aprende a callar aprende a hablar mejor. En una cultura saturada de opiniones rápidas y juicios apresurados, el cristiano está llamado a una palabra más verdadera, nacida de la escucha. La fe vivida desde el silencio se vuelve más humilde, menos reactiva y más sabia.

Recuperar el silencio no es fácil. Exige decisión, disciplina y renuncia. Implica apagar pantallas, crear espacios de quietud, aceptar no llenar todos los vacíos. Pero el fruto es profundo: una fe más consciente, una oración más sincera y una vida interior más unificada. Allí donde hay silencio, Dios encuentra espacio para actuar.

En un mundo ruidoso, el silencio creyente se convierte en testimonio. No como rechazo del progreso, sino como afirmación de lo esencial. Quien sabe callar ante Dios aprende también a escuchar al hermano. Y donde hay escucha, nace el verdadero encuentro.

Pensar

El silencio no empobrece la fe; la hace más profunda y verdadera.

Sentir

Permite que el silencio revele lo que llevas dentro. Dios te espera también allí.

Actuar

Reserva cada día un momento de silencio real. Apaga ruidos externos y abre el corazón a la presencia de Dios.


Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.

Vicario parroquial.


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