La fe que persevera
Cuando el entusiasmo se apaga
Toda experiencia humana intensa conoce el desgaste del tiempo, y la fe no es una excepción. Hay momentos en los que el fervor inicial disminuye, la oración se vuelve árida y las prácticas religiosas parecen rutinarias. Muchos interpretan esta etapa como un fracaso espiritual o como señal de que la fe se ha perdido. Sin embargo, cuando el entusiasmo se apaga, la fe no muere: madura. Perseverar no es sentir siempre lo mismo, sino seguir caminando cuando los sentimientos ya no sostienen.
La fe auténtica no se reduce a emociones intensas. Los sentimientos pueden acompañar, pero no son el fundamento último. Cuando la fe depende solo del entusiasmo, se vuelve frágil. La perseverancia, en cambio, revela una fe más profunda, purificada de intereses y sostenida por la decisión consciente de confiar en Dios. Seguir rezando sin consuelo, seguir sirviendo sin reconocimiento, seguir creyendo sin certezas sensibles es una forma alta y silenciosa de fidelidad.
Jesús nunca prometió un camino fácil ni siempre gratificante. Habló de cargar la cruz cada día, de permanecer, de velar. La fe que persevera aprende a vivir de la constancia, no de la novedad. Descubre que Dios también está en la monotonía, en lo repetido, en lo que parece no avanzar. Muchas veces, el crecimiento espiritual más verdadero ocurre cuando no se percibe ningún progreso.
Perseverar no significa endurecerse ni resignarse. Significa mantenerse abierto, aun en la sequedad. Implica aceptar los propios límites, reconocer el cansancio y buscar apoyo cuando es necesario. La comunidad, los sacramentos y el acompañamiento espiritual se vuelven especialmente importantes en estas etapas. Nadie está llamado a perseverar solo.
La fe que persevera se vuelve humilde. Ya no busca demostrarse nada a sí misma ni a los demás. Aprende a apoyarse más en Dios que en la propia fuerza. En este sentido, la perseverancia es una escuela de confianza: seguir creyendo no porque todo se entienda, sino porque se ha descubierto que Dios es digno de confianza incluso en el silencio.
En una cultura que abandona fácilmente lo que no produce satisfacción inmediata, perseverar en la fe es un acto contracultural y profundamente humano. Es decir que el valor de una relación no se mide solo por lo que se siente, sino por la fidelidad. Así como en la amistad y en el amor verdadero, la fe crece cuando se elige permanecer.
Cuando el entusiasmo se apaga, no es tiempo de huir ni de reprocharse. Es tiempo de permanecer. Allí, en la fidelidad discreta, la fe se hace más sólida, más libre y más verdadera. Y aunque no siempre se perciba, Dios sigue obrando en lo profundo.
Pensar
La fe no se sostiene solo por emociones, sino por la decisión consciente de confiar y permanecer.
Sentir
Acepta con paz las etapas de sequedad. No son señal de abandono, sino de crecimiento interior.
Actuar
Permanece fiel en lo esencial: la oración sencilla, los sacramentos, el servicio. Perseverar también es una forma de amar.
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