6 de enero de 2026: La Epifanía del Señor, Dios se manifiesta para todos
La Epifanía no es un final decorativo de la Navidad. Es su plenitud misionera. Hoy la Iglesia proclama con gozo que el Niño nacido en Belén no pertenece a un solo pueblo, a una sola cultura ni a un solo tiempo: Cristo se manifiesta como luz para todas las naciones.
Los Magos representan a la humanidad en búsqueda. No pertenecían al pueblo elegido, no conocían las Escrituras como los sabios de Israel, pero tenían algo esencial: un corazón inquieto y dispuesto a caminar. Supieron leer los signos, interpretar la estrella y ponerse en marcha. Dios se dejó encontrar porque se dejaron guiar.
La Epifanía nos recuerda que Dios no se esconde. Se revela. Pero su manifestación no es ruidosa ni impositiva. Se ofrece con humildad: un Niño envuelto en sencillez, acostado en un pesebre. La grandeza de Dios no está en el espectáculo, sino en la cercanía. Y solo quien se inclina puede reconocerlo.
Al llegar a Belén, los Magos no encuentran poder ni gloria humana. Encuentran un Niño y a su Madre. Y allí ocurre lo decisivo: “postrándose, lo adoraron”. La Epifanía culmina en la adoración. Ver a Dios conduce necesariamente a rendirle el corazón.
Los
dones que ofrecen no son un gesto folclórico. Son una confesión de fe:
– Oro, porque reconocen al Rey.
– Incienso, porque confiesan a Dios.
– Mirra, porque aceptan el misterio de un Mesías que salvará entregando
la vida.
La Epifanía nos enseña que quien se encuentra con Cristo no vuelve igual. El Evangelio lo dice con claridad: regresaron por otro camino. Cuando Dios se revela, algo cambia. No solo el rumbo exterior, sino la manera de vivir, de decidir, de mirar el mundo.
Para la familia cristiana, esta solemnidad es una llamada clara: ser luz reflejada. No una luz propia, sino la luz de Cristo acogida y compartida. La fe no se guarda como tesoro privado; se testimonia con humildad, coherencia y caridad.
La Epifanía también nos confronta con Herodes, símbolo de los miedos que se resisten a Dios. Donde Cristo se manifiesta, las falsas seguridades tiemblan. Por eso el camino hacia Belén exige valentía interior y libertad del corazón.
Hoy
la Iglesia proclama con fuerza:
Cristo es luz para todos.
Para los cercanos y los lejanos.
Para los creyentes y los buscadores.
Para los que saben y para los que preguntan.
Que
esta Epifanía del Señor nos conceda la gracia de reconocerlo, adorarlo y
seguirlo.
Que sepamos ofrecerle lo mejor de nosotros.
Y que, como los Magos, regresemos a la vida cotidiana por un camino nuevo,
porque hemos visto la Luz.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial
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