24
DIC
2025

La fe frente al sufrimiento personal



La fe frente al sufrimiento personal

Cuando creer duele

Hay momentos en la vida en los que la fe no se vive como consuelo inmediato, sino como una pregunta abierta. El dolor personal —una enfermedad, una pérdida, una traición, una crisis interior— puede sacudir las certezas más profundas. En esos momentos, creer no resulta fácil. Se reza y no se siente nada; se confía y todo parece oscuro; se espera y la respuesta no llega. Cuando creer duele, la fe no desaparece: se purifica.

El sufrimiento tiene la capacidad de desnudar el corazón. Quita seguridades falsas, derriba imágenes infantiles de Dios y nos enfrenta a la verdad de nuestra fragilidad. La fe que solo se sostenía en emociones o resultados visibles suele tambalearse. Pero la fe madura no se apoya solo en lo que se siente, sino en Aquel en quien se confía, incluso cuando no se entiende. Creer, en estos momentos, no es tener respuestas, sino permanecer.

La fe cristiana no promete una vida sin dolor. Nunca lo ha hecho. Promete algo más exigente y más real: una presencia que no abandona. Dios no se presenta como un mago que elimina el sufrimiento, sino como un Padre que acompaña en él. Muchas veces no cambia la situación, pero sostiene a la persona. No quita la cruz, pero da fuerza para cargarla. En ese acompañamiento silencioso, la fe se vuelve más profunda, más humilde y más verdadera.

Cuando el sufrimiento toca lo personal, surge la tentación de pensar que Dios se ha alejado o que la fe ha fallado. Sin embargo, con frecuencia ocurre lo contrario: es allí donde Dios está más cerca, aunque no se perciba. El silencio de Dios no es indiferencia; es un modo misterioso de estar presente sin imponerse. La fe aprende entonces un lenguaje nuevo: el de la confianza desnuda, sin apoyos visibles.

Creer cuando duele es un acto de valentía interior. No es resignación pasiva ni conformismo. Es decir, aun con lágrimas, que la vida no es absurda y que el amor no ha sido derrotado. Es seguir caminando sin ver el final del camino. En este sentido, el sufrimiento puede convertirse en un lugar de encuentro profundo con Dios, no porque el dolor sea bueno, sino porque Dios es capaz de estar incluso allí.

La comunidad cristiana tiene un papel decisivo en estos momentos. Nadie está llamado a sufrir solo. La fe compartida, una palabra oportuna, una presencia silenciosa, una oración ofrecida por otros, pueden sostener cuando las fuerzas propias se agotan. La fe no siempre se vive en primera persona; a veces se deja cargar por la fe de los demás.

Cuando creer duele, no se trata de forzarse a sentir algo distinto, sino de permanecer fiel en lo pequeño: seguir rezando aunque cueste, seguir confiando aunque no se entienda, seguir esperando aunque no se vea. Esa fidelidad silenciosa es una de las formas más puras de fe. Allí, sin ruido ni espectáculo, Dios obra en lo profundo.

Pensar

El sufrimiento no niega la fe; la purifica y la profundiza. Creer no siempre es sentir, pero siempre es confiar.

Sentir

Permite que tu dolor sea llevado a Dios tal como es, sin máscaras ni palabras bonitas. Él entiende incluso el silencio.

Actuar

No te encierres en el sufrimiento. Busca apoyo espiritual, comparte tu carga y persevera en la oración, aunque sea breve y sencilla.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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