La fe en la vida cotidiana
Dios presente en lo ordinario
Uno de los mayores errores al pensar la fe es creer que Dios solo está en lo extraordinario: en los momentos intensos, en las grandes celebraciones, en las experiencias excepcionales. Sin embargo, el corazón del cristianismo afirma algo mucho más exigente y más bello: Dios habita lo cotidiano. Está presente en el trabajo bien hecho, en la paciencia con los hijos, en la fidelidad silenciosa, en las decisiones pequeñas que nadie aplaude. La fe no se vive solo en el templo; se vive, sobre todo, en la vida real.
Creer en Dios no nos saca de lo ordinario, sino que le da profundidad. El cristiano no vive dos vidas —una espiritual y otra “normal”—, sino una sola, unificada por la fe. El trabajo cotidiano deja de ser solo una obligación y se convierte en servicio; la familia deja de ser solo un vínculo afectivo y se vuelve vocación; las decisiones diarias ya no se toman solo por conveniencia, sino a la luz del bien, de la verdad y del amor. Allí, en lo pequeño, Dios se deja encontrar.
Jesús mismo eligió este camino. Pasó la mayor parte de su vida en lo ordinario: trabajando, compartiendo la mesa, caminando con otros, escuchando, cuidando. La Encarnación revela que Dios no desprecia lo sencillo, sino que lo asume. Por eso, la fe cristiana no consiste en escapar de la realidad, sino en vivirla con una mirada nueva. Cada gesto puede convertirse en lugar de encuentro con Dios cuando se realiza con amor, honestidad y responsabilidad.
La vida cotidiana es también el espacio donde la fe se prueba. No en los discursos, sino en la coherencia. En cómo se responde al cansancio, a la dificultad, al conflicto. En cómo se trata al que piensa distinto, al que molesta, al que depende de nosotros. Allí se revela si la fe es solo una idea o una fuerza que transforma. Dios no pide hazañas heroicas cada día, sino fidelidad en lo pequeño, constancia, verdad y caridad concreta.
Vivir la fe en lo cotidiano no significa hacerlo todo perfectamente, sino vivirlo todo con Dios. Presentarle el día, pedir luz para decidir, reconocer los límites, agradecer lo recibido y volver a empezar cuando se falla. La fe se vuelve entonces compañera de camino, no carga; luz suave, no exigencia abstracta. En lo ordinario, Dios construye lo eterno.
Pensar
La fe cristiana no se vive al margen de la vida diaria, sino en ella. Dios está presente en lo pequeño, en lo ordinario, en lo que se repite cada día.
Sentir
Descubre la paz que nace cuando reconoces que Dios camina contigo en tu trabajo, en tu hogar y en tus decisiones concretas.
Actuar
Ofrece a Dios tu día desde la mañana. Vive tus tareas con responsabilidad y amor, y toma tus decisiones preguntándote: ¿esto construye el bien?
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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