01
NOV
2025

La experiencia del asombro y del misterio



La experiencia del asombro y del misterio

“Algo más grande que yo me habita”

Hay momentos en la vida en que el alma se detiene, guarda silencio y se llena de asombro. Puede ser al contemplar un amanecer, al ver nacer un hijo, al mirar el cielo estrellado o al saberse perdonado. En esos instantes —breves pero luminosos— el corazón intuye que hay algo más grande que uno mismo, una presencia invisible que sostiene y llena de sentido todo.
Ese estremecimiento, ese “asombro sagrado”, es una de las experiencias más universales del ser humano. Es el punto en el que la razón calla y el alma se abre al misterio de Dios.

1. El asombro, origen de toda sabiduría

Los antiguos filósofos decían que el asombro es el principio de la filosofía. Quien se asombra, comienza a pensar. El que se habitúa a todo, deja de buscar.
También la fe nace del asombro: del reconocimiento de que la vida no es nuestra propiedad, sino un don.
Santo Tomás de Aquino enseñaba que el asombro es la emoción más cercana a la contemplación, porque nos saca de nosotros mismos y nos pone ante lo eterno.

“El hombre se asombra porque percibe que hay algo que lo supera.”
El creyente, entonces, no teme el misterio, sino que lo abraza como puerta hacia Dios.

2. El misterio que no anula, sino que eleva

Vivimos en una cultura que quiere explicarlo todo, medirlo todo, dominarlo todo. Sin embargo, lo esencial de la vida —el amor, la belleza, la fe— no se explica, se experimenta.
Dios no es un problema que resolver, sino un misterio que contemplar.
El misterio no anula la razón, la ensancha. Cuando la mente reconoce su límite, el corazón se abre al infinito.
Como decía San Juan Pablo II:

“El hombre no puede vivir sin asombro: cuando pierde la capacidad de asombrarse, se convierte en esclavo de lo inmediato.”

El misterio no es oscuridad, sino una luz demasiado intensa para nuestros ojos, una invitación a entrar más profundamente en la verdad.

3. El asombro que se transforma en encuentro

El asombro es el primer paso de la fe, pero no el último. El alma que se deja tocar por el misterio está preparada para reconocer a su Autor.
Muchos santos comenzaron su camino espiritual con una experiencia de asombro:

  • San Francisco de Asís, al ver la hermosura de la creación.
  • Santa Teresa de Jesús, al descubrir el amor que la habitaba por dentro.
  • San Ignacio de Loyola, al contemplar la presencia de Dios “en todas las cosas”.

Cada uno de ellos comprendió que el misterio no está fuera, sino dentro, que “algo más grande que yo me habita” y me llama por mi nombre.
Ese “algo” tiene un rostro: Dios mismo, que mora en el alma en gracia.

4. El asombro como medicina del alma moderna

El mundo actual, saturado de ruido, tecnología y velocidad, ha perdido la capacidad de asombrarse. Todo parece ordinario, nada sorprende. Pero el corazón humano necesita el asombro como el cuerpo necesita el aire.
Solo quien se asombra puede orar, agradecer y amar.
El asombro nos devuelve la inocencia espiritual, la mirada limpia que ve a Dios en lo pequeño: en una sonrisa, en una flor, en un gesto de compasión.
Por eso, recuperar el asombro es volver a abrir los ojos del alma.

5. El misterio habitado por el Amor

El cristiano no teme el misterio, porque sabe que el misterio tiene un rostro: el de Cristo.
Jesús no vino a borrar el misterio de Dios, sino a revelarlo en el amor. En Él comprendemos que el infinito no aplasta al hombre, sino que lo abraza.
Cuando reconocemos que algo más grande nos habita, no perdemos libertad: la descubrimos.
Como escribió Santa Isabel de la Trinidad:

“El alma en gracia es como un cielo donde Dios vive y se complace.”
Vivir desde el asombro y el misterio es vivir sabiendo que Dios está dentro, no fuera.

Pensar

El asombro abre la puerta del alma a la verdad. En lo que nos supera, en lo que no entendemos del todo, comienza la experiencia de Dios.

Sentir

Permite que la maravilla vuelva a habitarte. Mira el mundo con gratitud y reconoce que en cada cosa buena late la presencia del Misterio divino.

Actuar

Haz hoy una pausa silenciosa: contempla algo sencillo —el cielo, una flor, una persona— y di con fe: “Señor, Tú estás aquí. Tu misterio me envuelve y me da vida.”

 


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