La experiencia del asombro y del misterio
“Algo más grande que yo me habita”
Hay
momentos en la vida en que el alma se detiene, guarda silencio y se llena de
asombro. Puede ser al contemplar un amanecer, al ver nacer un hijo, al mirar el
cielo estrellado o al saberse perdonado. En esos instantes —breves pero
luminosos— el corazón intuye que hay algo más grande que uno mismo, una
presencia invisible que sostiene y llena de sentido todo.
Ese estremecimiento, ese “asombro sagrado”, es una de las experiencias más
universales del ser humano. Es el punto en el que la razón calla y el alma se
abre al misterio de Dios.
1. El asombro, origen de toda sabiduría
Los
antiguos filósofos decían que el asombro es el principio de la filosofía.
Quien se asombra, comienza a pensar. El que se habitúa a todo, deja de buscar.
También la fe nace del asombro: del reconocimiento de que la vida no es nuestra
propiedad, sino un don.
Santo Tomás de Aquino enseñaba que el asombro es la emoción más cercana a la
contemplación, porque nos saca de nosotros mismos y nos pone ante lo eterno.
“El
hombre se asombra porque percibe que hay algo que lo supera.”
El creyente, entonces, no teme el misterio, sino que lo abraza como puerta
hacia Dios.
2. El misterio que no anula, sino que eleva
Vivimos
en una cultura que quiere explicarlo todo, medirlo todo, dominarlo todo. Sin
embargo, lo esencial de la vida —el amor, la belleza, la fe— no se explica, se
experimenta.
Dios no es un problema que resolver, sino un misterio que contemplar.
El misterio no anula la razón, la ensancha. Cuando la mente reconoce su límite,
el corazón se abre al infinito.
Como decía San Juan Pablo II:
“El hombre no puede vivir sin asombro: cuando pierde la capacidad de asombrarse, se convierte en esclavo de lo inmediato.”
El misterio no es oscuridad, sino una luz demasiado intensa para nuestros ojos, una invitación a entrar más profundamente en la verdad.
3. El asombro que se transforma en encuentro
El
asombro es el primer paso de la fe, pero no el último. El alma que se deja
tocar por el misterio está preparada para reconocer a su Autor.
Muchos santos comenzaron su camino espiritual con una experiencia de asombro:
Cada
uno de ellos comprendió que el misterio no está fuera, sino dentro, que
“algo más grande que yo me habita” y me llama por mi nombre.
Ese “algo” tiene un rostro: Dios mismo, que mora en el alma en gracia.
4. El asombro como medicina del alma moderna
El
mundo actual, saturado de ruido, tecnología y velocidad, ha perdido la
capacidad de asombrarse. Todo parece ordinario, nada sorprende. Pero el corazón
humano necesita el asombro como el cuerpo necesita el aire.
Solo quien se asombra puede orar, agradecer y amar.
El asombro nos devuelve la inocencia espiritual, la mirada limpia que ve a Dios
en lo pequeño: en una sonrisa, en una flor, en un gesto de compasión.
Por eso, recuperar el asombro es volver a abrir los ojos del alma.
5. El misterio habitado por el Amor
El
cristiano no teme el misterio, porque sabe que el misterio tiene un rostro:
el de Cristo.
Jesús no vino a borrar el misterio de Dios, sino a revelarlo en el amor. En Él
comprendemos que el infinito no aplasta al hombre, sino que lo abraza.
Cuando reconocemos que algo más grande nos habita, no perdemos libertad: la
descubrimos.
Como escribió Santa Isabel de la Trinidad:
“El
alma en gracia es como un cielo donde Dios vive y se complace.”
Vivir desde el asombro y el misterio es vivir sabiendo que Dios está dentro,
no fuera.
Pensar
El asombro abre la puerta del alma a la verdad. En lo que nos supera, en lo que no entendemos del todo, comienza la experiencia de Dios.
Sentir
Permite que la maravilla vuelva a habitarte. Mira el mundo con gratitud y reconoce que en cada cosa buena late la presencia del Misterio divino.
Actuar
Haz hoy una pausa silenciosa: contempla algo sencillo —el cielo, una flor, una persona— y di con fe: “Señor, Tú estás aquí. Tu misterio me envuelve y me da vida.”
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