La Eucaristía: El cielo en la tierra, la Fiesta de las Bodas del Cordero
1. La Eucaristía, misterio de amor
La Eucaristía es el don más grande que Cristo ha dejado a su Iglesia. No es simplemente un rito, una tradición o un recuerdo del pasado, sino la actualización viva del misterio pascual: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cada vez que celebramos la Santa Misa, el cielo desciende a la tierra y la tierra se eleva hacia el cielo. Allí, Dios mismo se nos da como alimento en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es prenda de la gloria futura” (CEC 1402). Al recibirla, ya participamos anticipadamente de la vida eterna, pues el mismo Cristo, Pan de Vida, se une a nosotros.
2. El cielo en la tierra
San Juan Pablo II decía que en la Eucaristía “la tierra se une con el cielo” (Ecclesia de Eucharistia, 19). En ella, los ángeles y los santos adoran al Cordero inmolado junto con nosotros. Por eso, cada Misa es un anticipo del cielo: lo eterno se hace presente en lo cotidiano.
No estamos solos en el templo: se unen a nuestra voz la Virgen María, los apóstoles, los mártires y toda la Iglesia triunfante. Cada altar es un punto de unión entre la liturgia terrena y la liturgia celestial que describe el libro del Apocalipsis.
3. La Fiesta de las Bodas del Cordero
El Apocalipsis nos revela un misterio profundo: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9). Esa es la Eucaristía: la fiesta nupcial en la que Cristo, el Esposo, se entrega por su Esposa, la Iglesia. La Misa no es solo sacrificio, también es banquete, fiesta, alegría.
Las Bodas del Cordero son el cumplimiento de toda la historia de la salvación: Dios que se une definitivamente a su pueblo en una alianza eterna. Al comulgar, entramos en esa unión de amor esponsal, siendo fortalecidos para vivir en fidelidad, esperanza y caridad.
4. Participar con un corazón preparado
La Eucaristía nos invita a vivir como invitados dignos de este banquete. San Pablo exhorta: “Examínese cada uno antes de comer el pan y beber la copa” (1 Cor 11,28). Esto nos recuerda la importancia de la confesión frecuente, la preparación interior y la participación activa y consciente en cada Misa.
Participar en la fiesta de las Bodas del Cordero significa vestirnos con el “traje de fiesta”, es decir, la gracia santificante, para poder gustar con plenitud la alegría del Reino.
5. Eucaristía: banquete de esperanza
La Misa nos proyecta hacia el futuro. Nos recuerda que un día la celebración terrena cederá lugar a la plenitud en la mesa eterna del Reino. Allí, contemplaremos al Cordero “cara a cara” y viviremos en comunión perfecta con Él.
Mientras llega ese día, la Eucaristía es nuestro alimento de camino, nuestro cielo anticipado, la fuerza que sostiene a la Iglesia peregrina. Por eso, cada domingo, cada día que participamos, se abre un pedacito de cielo en medio de nuestras luchas y dolores.
La Eucaristía es el corazón de la fe, la fiesta de las Bodas del Cordero donde Cristo Esposo se une con su Iglesia Esposa. Es cielo en la tierra, alimento para la eternidad, anticipo de la gloria prometida.
Vivamos cada Misa como la celebración más grande: con gratitud, amor y esperanza. Y cada vez que escuchemos “Dichosos los invitados a la cena del Señor”, respondamos con fe: “Señor, no soy digno…”, sabiendo que nos preparamos para el banquete eterno en la casa del Padre.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared