¿La ciencia ha reemplazado a Dios?
El alcance y los límites del conocimiento científico
En la cultura contemporánea se repite con frecuencia que la ciencia ha hecho innecesaria la idea de Dios. A medida que avanzan la física, la biología o la tecnología, algunos concluyen que Dios sería una explicación antigua, hoy superada. Sin embargo, esta afirmación nace de una confusión profunda: la ciencia explica el “cómo” de la realidad, pero no el “por qué último”. Lejos de reemplazar a Dios, la ciencia auténtica abre nuevos caminos de asombro, humildad y preguntas fundamentales que remiten al Misterio.
1. La ciencia responde a preguntas distintas
La
ciencia se ocupa de estudiar los fenómenos observables, sus leyes, causas
inmediatas y mecanismos.
Pregunta cómo funciona el universo, cómo se desarrollan los seres vivos, cómo
se comporta la materia.
Pero la ciencia no puede responder preguntas como:
– ¿por qué existe algo y no la nada?,
– ¿cuál es el sentido último de la vida?,
– ¿qué es el bien?,
– ¿por qué el universo es inteligible?,
– ¿por qué el ser humano busca la verdad y el amor?
Estas preguntas pertenecen al ámbito de la filosofía y de la teología.
Confundir los niveles conduce a errores.
2. Dios no compite con la ciencia
Dios
no es una explicación científica más, ni un “relleno” para lo que aún no
comprendemos.
No está en competencia con las causas naturales.
Dios es la causa primera, el fundamento del ser, aquello que hace
posible que existan causas segundas y leyes naturales.
Descubrir una explicación científica no elimina a Dios; simplemente describe cómo
Dios sostiene la creación.
3. El progreso científico no elimina el misterio
Cuanto
más avanza la ciencia, más consciente se vuelve de sus propios límites.
El origen del universo, la conciencia humana, la libertad, el orden matemático
del cosmos, la afinación precisa de las leyes físicas… lejos de cerrar la
pregunta por Dios, la profundizan.
Muchos científicos reconocen que el universo es sorprendentemente racional y
abierto al conocimiento, algo que la ciencia describe, pero no explica en su
raíz.
4. Grandes científicos creyentes
La
historia demuestra que ciencia y fe no son enemigas.
Copérnico, Galileo, Newton, Mendel, Pasteur, Lemaître (padre de la teoría del
Big Bang), entre muchos otros, fueron creyentes.
Para ellos, investigar la naturaleza era leer el libro de la creación.
La fe no les impidió hacer ciencia; al contrario, los motivó a buscar la verdad
con mayor pasión.
5. El cientificismo: un error moderno
Una
cosa es la ciencia, otra el cientificismo.
El cientificismo afirma que solo es verdadero lo que puede medirse o
experimentarse.
Pero esta afirmación no es científica: es una postura filosófica, y además
contradictoria.
Valores como el amor, la justicia, la dignidad humana o la libertad no se miden
en un laboratorio, y sin embargo son reales y fundamentales.
Reducir la verdad a lo experimental empobrece al ser humano.
6. La fe ilumina el sentido de la ciencia
La
fe no dice cómo funcionan las células ni cómo se forman las galaxias.
Pero ofrece el marco último donde la ciencia encuentra sentido:
la creación como don,
el conocimiento como servicio,
la técnica como responsabilidad moral.
Sin una referencia ética y trascendente, el progreso científico puede volverse
peligroso.
La fe protege a la ciencia de convertirse en poder sin conciencia.
Pensar
La ciencia no reemplaza a Dios porque no responde a las preguntas últimas del sentido y del ser. Ambas se mueven en planos distintos y complementarios.
Sentir
Deja que el asombro ante la grandeza del universo despierte en ti gratitud y humildad. La ciencia bien entendida conduce a la admiración, no al orgullo.
Actuar
Valora la ciencia como don de Dios y vive tu fe sin miedo al conocimiento. Busca siempre la verdad con razón abierta y corazón creyente.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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