La búsqueda de Dios en el corazón humano
El deseo natural de infinito inscrito en el alma humana (cf. Catecismo, nn. 27–30)
Hay en todo ser humano —sin importar su edad, cultura o creencias— una inquietud profunda, una nostalgia que nada del mundo logra llenar. Es el anhelo de algo más grande, más verdadero, más duradero. Ese anhelo es el sello de Dios en el corazón humano. No lo inventamos nosotros: lo llevamos dentro desde siempre.
1. El corazón humano, morada del deseo de Dios
El Catecismo de la Iglesia Católica comienza afirmando una verdad luminosa:
“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí” (CIC 27).
Esta frase resume toda la historia humana: somos criaturas llamadas a la comunión. Por eso, aunque el mundo nos ofrezca mil satisfacciones, ninguna sacia del todo. El dinero, el placer, el poder o el éxito pueden llenar momentos, pero no llenan el alma. El corazón humano fue hecho para amar y ser amado sin medida, y solo el Amor infinito —Dios mismo— puede darle reposo.
2. La búsqueda de Dios es universal
A lo largo de la historia, todos los pueblos han buscado a Dios: en la oración, en la filosofía, en los templos, en el arte, en la música, en la naturaleza. San Pablo lo expresó bellamente en el Areópago de Atenas:
“Dios no está lejos de ninguno de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,27-28).
Incluso quien dice no creer en Dios, muchas veces busca sentido, justicia, verdad, belleza… y, sin saberlo, está buscando a Dios. La ausencia de fe no borra el deseo de lo eterno; solo lo cubre de polvo o de heridas. Pero la chispa sigue viva, esperando ser avivada por una experiencia de amor auténtico.
3. Dios que busca al hombre
La fe cristiana tiene una diferencia radical frente a cualquier religión: no es solo el hombre quien busca a Dios, sino Dios quien sale al encuentro del hombre. Desde Abraham hasta Cristo, la Biblia es el relato de un Dios que llama, que busca, que espera.
“He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).
Por eso, hablar de la búsqueda de Dios no es solo hablar de esfuerzo humano, sino de respuesta al amor de un Dios que nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10). El corazón que se abre a esa iniciativa divina descubre su verdadera identidad: hijo amado.
4. Redescubrir el sentido del deseo
El
mundo actual confunde deseo con capricho, necesidad con consumo. Pero el deseo
de Dios no es una emoción pasajera, sino una huella de eternidad. Es lo
que nos hace levantar los ojos cuando el dolor nos aplasta o cuando la belleza
nos sorprende.
San Agustín, maestro de los buscadores, decía:
“Busca
a Dios para encontrarlo, y encuéntralo para seguir buscándolo.”
La fe no anula la búsqueda; la purifica y la orienta hacia su fuente.
Pensar
El corazón humano tiene sed de infinito. Ninguna realidad temporal puede llenar ese vacío, porque fue hecho para Dios.
Sentir
Reconoce hoy ese anhelo que llevas dentro. No lo silencies ni lo distraigas: déjalo hablarte del Amor que te creó.
Actuar
Dedica unos minutos de silencio al día para hablar con Dios. No le temas al silencio: ahí comienza el encuentro.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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