La apertura al infinito
El límite humano como señal de lo eterno
El ser humano vive entre límites: su cuerpo, su tiempo, su conocimiento, sus fuerzas. Sin embargo, dentro de esos límites late un misterio: el deseo de ir más allá. Ninguna experiencia finita basta, ningún logro sacia del todo, ninguna verdad parcial calma definitivamente la sed interior. Esta tensión entre lo limitado y lo infinito revela una verdad profunda: el hombre ha sido creado para lo eterno. Su finitud apunta hacia un origen divino, y su apertura al infinito es una de las señales más claras de que existe un destino sobrenatural.
1. El corazón humano siempre quiere más
El
ser humano acumula experiencias, aprendizajes, afectos… pero siempre siente que
falta algo.
Cuando alcanza un sueño, nace otro. Cuando descubre una verdad, intuye otra más
grande.
Esta dinámica interior no es frustración, sino vocación.
No fuimos creados para quedarnos atrapados en nuestras fronteras humanas:
fuimos hechos para lo eterno.
En esa búsqueda interminable se percibe la huella del Dios infinito.
2. El límite que revela un destino mayor
Los
límites humanos no son un castigo, sino un signo.
Al encontrarnos con ellos —en la fragilidad del cuerpo, en las fronteras de la
ciencia, en la insuficiencia del amor humano— descubrimos que nuestra alma
aspira a algo que ninguna realidad creada puede ofrecer por completo.
Ese deseo no sería razonable si no tuviera un cumplimiento posible.
Como enseña el Catecismo:
“El
deseo de Dios es natural al corazón humano” (CIC 27).
El límite no niega a Dios: lo señala.
3. El infinito no es una idea: es una Persona
El
deseo de infinito no se satisface con teorías ni con abstracciones.
Solo se sacia en un encuentro personal.
San Agustín lo entendió al decir:
“Busqué
la felicidad en las criaturas, y no la encontré. Solo en Dios hallé descanso.”
El infinito que buscamos tiene rostro: Jesucristo, en quien Dios se hace
cercano.
Él es la respuesta viva al deseo de eternidad, porque es el Hijo que abre el
camino al Padre y da el Espíritu que habita en nosotros.
4. La experiencia espiritual que apunta al infinito
Toda
experiencia auténtica de belleza, verdad o amor despierta en el alma una
especie de nostalgia: “Esto es bueno… pero no es todo.”
El arte, la música, la naturaleza, la oración, la contemplación profunda del
ser…
Todas estas experiencias amplían el corazón y lo hacen presentir un horizonte
mayor.
La belleza que conmueve, la verdad que ilumina, el amor que transforma son ventanas
por donde se asoma el Infinito.
El hombre espiritual comprende que el mundo no es cerrado: está abierto hacia
lo eterno.
5. La esperanza como brújula hacia el Infinito
La
esperanza cristiana no es optimismo superficial: es la certeza de que Dios
ha puesto en nosotros un deseo que Él mismo quiere colmar.
Por eso, incluso ante la muerte, el corazón humano sigue buscando más vida.
Incluso ante el dolor, sigue ansiando plenitud.
Incluso en medio de la oscuridad, sigue esperando la luz.
Este movimiento interior es uno de los signos más profundos de nuestra alma
inmortal, creada para vivir en la comunión eterna con el Dios infinito.
Pensar
La apertura al infinito revela que el hombre no se explica solo desde su finitud. Su deseo natural de plenitud apunta hacia Dios, el Infinito que lo creó.
Sentir
Percibe en tu interior esa nostalgia de algo más grande. Ese anhelo es un regalo: es Dios atrayéndote hacia su eternidad y su amor sin límites.
Actuar
No temas reconocer tus límites: entrégalos a Dios. Ora, contempla, busca la belleza, cultiva la vida interior y camina cada día hacia la plenitud que solo Él puede dar.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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