La apertura a la trascendencia
El anhelo del “más allá” como signo de la vida eterna
Por más avances que experimente la humanidad, por más comodidades, tecnología o bienestar que alcance, el corazón humano sigue mirando más allá. Ninguna realidad finita basta. Ninguna plenitud terrena resulta suficiente. Existe dentro del ser humano un anhelo profundo de eternidad, de permanecer, de que el amor no muera y de que la vida no termine en el vacío. Ese anhelo universal no es un deseo ingenuo ni una construcción cultural: es la huella viva de Dios en el alma. La apertura a la trascendencia es una prueba interior de que el hombre fue creado para la vida eterna.
1. El límite humano despierta la pregunta por lo eterno
La
muerte, el sufrimiento, la fragilidad de los días… todo recuerda al hombre que
es finito.
Pero lejos de resignarse, el corazón se rebela ante la idea de la nada.
¿Por qué el ser humano desea vivir para siempre?
¿Por qué anhela que el bien perdure, que las relaciones no mueran, que el amor
sea eterno?
Porque está hecho para algo que supera su condición temporal.
2. El deseo de eternidad no es ilusión psicológica
Si
el deseo de trascendencia fuera solo un mecanismo de defensa, no tendría la
fuerza universal que posee.
Aparece en todas las culturas, en todas las religiones y en todas las épocas.
Incluso quien rechaza toda fe siente esta nostalgia:
algo dentro del alma se resiste a creer que la vida termina en un punto final.
El deseo de trascendencia es demasiado profundo, demasiado persistente y
demasiado humano para ser descartado como fantasía.
Es un eco de nuestro origen eterno.
3. El anhelo de justicia que exige vida eterna
Toda
persona intuitivamente sabe que muchas injusticias en esta vida quedan sin
resolver.
Si la historia humana terminara aquí, el clamor por la justicia sería absurdo.
El corazón sabe —aunque no lo exprese con palabras— que debe existir un ámbito
donde el bien sea plenamente reconocido y el mal finalmente vencido.
Este anhelo remite a una justicia eterna, posible solo en Dios.
4. Cristo revela el destino eterno del hombre
Jesús
no solo habló de la vida eterna: la mostró.
En su resurrección, el ser humano descubre su destino final:
una vida donde no habrá muerte, ni llanto, ni dolor;
una existencia donde el amor no se acaba;
una comunión donde Dios será “todo en todos” (1 Co 15,28).
Cristo es la garantía de que la trascendencia no es sueño, sino promesa
cumplida.
Él abre el camino hacia el Padre y hace posible la vida eterna para quien cree.
5. La Iglesia, signo visible de la esperanza eterna
La
Iglesia proclama cada día: “Creo en la vida eterna”.
No como poesía, sino como certeza.
La liturgia, los sacramentos, la caridad y la vida comunitaria mantienen viva
esta esperanza en el corazón de los creyentes.
Aquí en la tierra, la Iglesia es el anticipo del cielo: un pueblo en camino,
sostenido por la fe y orientado hacia la plenitud que Dios ha preparado.
Pensar
El anhelo de trascendencia es una señal inscrita por Dios en el alma humana. No apunta a la nada, sino al destino eterno que Cristo nos revela.
Sentir
Reconoce en tu deseo de eternidad la voz de Dios llamándote a una vida que no termina. Esa nostalgia del cielo es don y promesa.
Actuar
Vive hoy con horizonte eterno: ama más, perdona más, sirve más, y deja que la esperanza de la vida eterna ilumine cada una de tus decisiones.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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