Jesucristo, prueba suprema de la existencia de Dios
“Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9)
Toda
la historia de la salvación culmina en una Persona: Jesucristo, el Hijo
eterno de Dios hecho hombre. En Él, la búsqueda humana de Dios y el deseo
divino de encontrarse con el hombre se abrazan para siempre.
Si las criaturas nos hablan de su Creador, y la razón nos conduce hasta
reconocer una causa primera, en Cristo encontramos algo infinitamente más
grande: el mismo Dios que se deja ver, oír, tocar y amar.
Jesucristo no es solo un enviado, un sabio o un profeta: es Dios hecho carne,
la revelación suprema del amor y la existencia divina en medio de la humanidad.
1. Dios con rostro humano
El misterio de la Encarnación es la prueba más profunda del amor de Dios:
“El
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
En Jesús, Dios no se limita a hablar: se hace presente. No envía un
mensajero, sino que Él mismo viene.
El Dios invisible se hace visible, el eterno entra en el tiempo, el infinito
asume lo finito.
Quien contempla a Cristo contempla al Padre, porque en sus gestos, palabras y
obras se manifiesta plenamente el corazón de Dios.
Por eso, Jesús puede decir sin vacilar:
“Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).
2. La humanidad de Jesús: signo tangible de lo divino
La
divinidad de Cristo no anula su humanidad; la transfigura.
Jesús experimenta el cansancio, el hambre, la amistad, el dolor y la muerte.
Pero todo eso lo vive con un amor tan perfecto, tan puro, tan libre, que
revela su origen divino.
Su compasión ante los enfermos, su perdón a los pecadores, su ternura con los
pequeños y su entrega total en la cruz no se explican solo en clave humana. En
Él, lo humano se convierte en transparencia de lo divino.
Como dijo Benedicto XVI:
“Jesús
es la interpretación definitiva de Dios.”
Mirarlo a Él es mirar el rostro del Amor que creó el mundo.
3. Los signos y obras de Cristo
Jesús no se presenta solo con palabras, sino con signos concretos:
4. Cristo, respuesta a las preguntas del hombre
En
Jesús se iluminan todas las preguntas humanas: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?,
¿qué hay después de la muerte?
Su vida, su muerte y su resurrección son la respuesta definitiva de Dios a la
búsqueda del corazón humano.
El filósofo Pascal escribió:
“No
solo conocemos a Dios sino por Jesucristo; sin Él, se pierde todo conocimiento
de Dios.”
Por eso, el cristiano no cree en un Dios anónimo, sino en el Dios de
Jesucristo, que tiene un rostro, una voz, una historia y un amor infinito.
En Él, Dios deja de ser una idea y se convierte en presencia cercana,
misericordiosa y transformadora.
5. El testimonio de los que han encontrado a Cristo
A
lo largo de los siglos, millones de personas han encontrado en Jesús no una
teoría, sino una vida nueva.
Santos, mártires, conversos, hombres y mujeres de todas las culturas han
reconocido en Él al Dios verdadero.
De San Pablo a San Agustín, de Francisco de Asís a Teresa de Calcuta, todos
ellos experimentaron que Cristo no es un recuerdo del pasado, sino una
presencia viva que transforma el presente.
La fe cristiana se sostiene en esa experiencia: Dios existe, y su rostro es
Jesús.
Pensar
Jesucristo es la revelación plena y definitiva de Dios. En Él, el misterio invisible se hace visible y el amor eterno se hace carne para salvarnos.
Sentir
Deja que la mirada de Cristo te alcance. En sus ojos encontrarás la ternura del Padre y la certeza de que tu vida tiene valor eterno.
Actuar
Contempla hoy un crucifijo y di con fe: “Señor Jesús, Tú eres mi Dios y mi Salvador. Que en mi vida los demás puedan verte a Ti.”
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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