I. Virtudes Teologales: El alma del cristiano
Esperar contra toda esperanza: la virtud que sostiene el alma
Cuando todo parece perdido, la esperanza sigue creyendo en Dios.
Virtud Teologal
La esperanza es la virtud que nos sostiene cuando la fe parece tambalear y el amor se pone a prueba. Es la lámpara encendida en medio de la noche, la certeza de que Dios cumple sus promesas incluso cuando los caminos se vuelven oscuros. San Pablo, en su Carta a los Romanos, recuerda que Abraham “esperó contra toda esperanza” (Rm 4,18), confiando en la fidelidad de un Dios que no falla. Así también el cristiano vive de esperanza, no porque lo vea todo claro, sino porque sabe en quién ha puesto su confianza.
La esperanza no es ingenuidad ni evasión; es una fuerza interior que nace de saberse amado por Dios. Nos enseña a mirar más allá de las dificultades, a creer que cada cruz lleva consigo la semilla de la resurrección. En los momentos de dolor o incertidumbre, la esperanza transforma el sufrimiento en ofrenda, el fracaso en oportunidad, y la espera en oración.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza “responde al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres” (CIC 1818). Ella nos impulsa a perseverar hasta el fin, sostenidos por la confianza de que Cristo ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33).
Vivir con esperanza es mirar la vida con los ojos del Resucitado. Es creer que, aunque los vientos soplen en contra, el Espíritu Santo sigue guiando nuestra barca hacia el puerto seguro del amor eterno. El cristiano que espera no se rinde, sino que ora, confía y actúa sabiendo que Dios escribe derecho incluso sobre líneas torcidas.
Pensar:
La esperanza es el ancla del alma que nos mantiene firmes en medio de las
tempestades.
Sentir: Dejemos que el Espíritu Santo encienda en nosotros la confianza
serena en el poder de Dios, aun cuando no veamos el resultado.
Actuar: Hoy elige esperar con fe: ofrece una palabra de aliento, visita
a quien sufre y ora con quien ha perdido la esperanza. Así, serás testigo del
Dios que nunca abandona.
Libros consultados para la redacción del artículo:
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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