Domingo
30 de noviembre de 2025
I Domingo de Adviento
La gracia del Adviento: despertar, caminar y esperar con la Santísima Virgen
María
El calendario litúrgico nos regala hoy un nuevo comienzo. El Adviento abre el año cristiano como una puerta iluminada que nos invita a entrar de nuevo en la historia de nuestra salvación. No comenzamos este tiempo por nostalgia, sino por decisión: aquí y ahora Dios vuelve a tomar la iniciativa. Él viene, no se cansa de venir, y nosotros somos llamados a despertar, caminar y esperar con la esperanza encendida. Es un tiempo profundamente mariano, porque en ninguna criatura se manifiesta con más claridad el arte de esperar a Dios que en la Santísima Virgen María.
La Palabra de este domingo tiene un sabor de aurora. No grita, no sacude con miedo; más bien abre un horizonte. Isaías proclama un sueño que ha atravesado siglos: todas las naciones subirán al monte del Señor, no para competir, sino para aprender a vivir en paz. En esa visión profética, las espadas se transforman en arados y las lanzas en herramientas de trabajo. No es un romanticismo ingenuo; es la convicción de que la luz de Dios puede convertir incluso nuestra violencia en fecundidad. Isaías describe al ser humano futuro: el que sube, el que aprende, el que deja atrás la oscuridad. Ese es el espíritu del Adviento: avanzar hacia la luz que ya nos está esperando.
El salmo 121 nos pone en camino con alegría: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”. No se trata de un optimismo vacío, sino de la alegría que nace cuando uno sabe que no camina hacia la nada, sino hacia un rostro. Esta alegría es el hilo que teje el Adviento: Dios viene… por nosotros. Esa certeza cambia la manera de mirar cada paso. Incluso cuando Jerusalén no es perfecta, el salmo invita a caminar hacia ella; así también nuestra vida, incluso con sus grietas, se convierte en lugar de encuentro.
San Pablo, en su carta a los Romanos, habla con la claridad de quien ama de verdad: “Ya es hora de despertarse del sueño”. No es una reprimenda moralista; es un llamado vigoroso a vivir despiertos. El Adviento nos recuerda que la fe no es un museo, sino una marcha. Pablo describe dos movimientos: dejar las obras de la noche y revestirse de Cristo. No se puede caminar hacia la luz con el corazón dormido. Dejar atrás la noche es abandonar todo lo que apaga la vida: la indiferencia, la desesperanza, el egoísmo instalado. Revestirse de Cristo significa permitir que su modo de amar se vuelva nuestra manera de vivir. El tiempo es ahora. No mañana, no cuando las circunstancias mejoren: ahora.
El Evangelio según san Mateo nos lleva a la raíz del Adviento: “Estén preparados… porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre”. Jesús no quiere meternos miedo, quiere despertar nuestro corazón. No invita a la obsesión, sino a la vigilancia amorosa; no pide tensión, sino disponibilidad. El tiempo de Noé no fue castigado por la vida cotidiana, sino por la distraída indiferencia. El Adviento nos entrena para vivir con el corazón en alto, con los ojos despiertos, con la vida en sintonía con Dios.
Este primer domingo nos ofrece un movimiento interior claro: despertar. Despertar a la presencia del Señor que viene en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que parece insignificante. Despertar a los demás, que necesitan de nuestra luz. Despertar al país, que requiere corazones nuevos capaces de sembrar esperanza. Despertar a la reconciliación, que siempre es posible. Despertar a la gracia que ya está obrando.
Y en este tiempo, la Santísima Virgen María se vuelve la compañera silenciosa que nos enseña cómo abrirnos a Dios. Ella esperó sin ansiedad, confió sin exigir, caminó sin ver todo el camino. Su espera fue fecunda, humilde y valiente. El Adviento es tiempo mariano porque en María vemos cómo se hace espacio para Dios en la vida real, en medio de las tareas diarias, de los miedos y decisiones, de la historia concreta. Ella nos enseña a convertir cada acto de amor, cada gesto de servicio, cada oración sencilla, en un pesebre donde Jesús pueda nacer.
Podemos decir, con todo el realismo cristiano que nos caracteriza, que el Adviento es un tiempo para tomar postura: o seguimos dormidos en la rutina que apaga el alma, o despertamos a la novedad que Dios prepara. La liturgia de hoy nos empuja hacia adelante. No nos invita a mirar el pasado, sino a caminar hacia el futuro de Dios, donde la luz es más fuerte que cualquier noche.
La Palabra nos lleva a pensar en el futuro que Dios promete y que comienza en
nuestras decisiones de hoy; nos mueve a sentir esa alegría serena del que sabe
que Dios viene a nuestro encuentro y no nos deja solos; y nos impulsa a actuar
despertando la fe dormida, cuidando el corazón, sembrando paz, eligiendo la
luz, viviendo con la vigilancia amorosa que María encarna. Este Adviento nos
pide levantar la mirada, abrir el corazón y dar pasos concretos hacia la luz
que ya despunta. Cada día puede ser un “sí” nuevo que permita a Cristo nacer en
nosotros y, a través de nosotros, en nuestra comunidad parroquial.
El Adviento empieza. Y con él, comienza también la gracia de un nuevo comienzo. Que caminemos juntos, como familia de fe, hacia la luz que no se apaga. La Santísima Virgen María, Mujer de la Espera y Madre del Adviento, nos acompañe a despertar la esperanza y a vivir este tiempo con corazón dispuesto.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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