Hambre
y sed de justicia: virtud que construye el Reino.
Ser
justo no es tener razón, es dar a cada uno lo que le corresponde, con amor.
Virtud Cardinal.
La virtud de la justicia es el pilar que sostiene toda convivencia humana y cristiana. En ella se encuentra el equilibrio entre el amor y la verdad, entre la misericordia y la rectitud. El hombre justo no busca imponer su punto de vista, sino reconocer en el otro la dignidad de hijo de Dios. Jesús lo expresó con claridad en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6). Esta hambre y sed no es un deseo pasajero, sino una pasión profunda por el bien, por la equidad, por el orden querido por Dios en la creación. Ser justo es vivir con los ojos abiertos al sufrimiento del prójimo, al clamor de los pobres, al grito de la tierra y de los que no tienen voz.
La justicia, como virtud cardinal, regula las relaciones con Dios, con los demás y con nosotros mismos. En su forma más alta, nos lleva a reconocer a Dios como el Señor de la historia y a rendirle el culto debido: eso es la virtud de la religión, parte esencial de la justicia. En el plano humano, exige respetar los derechos de cada persona y cumplir los deberes que nacen de nuestra condición social, familiar y laboral. La injusticia, en cambio, destruye el alma, endurece el corazón y corrompe la vida comunitaria. Por eso, quien tiene hambre y sed de justicia no se conforma con un mundo de apariencias, sino que busca transformar la realidad con obras concretas de equidad, perdón y reconciliación.
El cristiano justo no se guía por la venganza ni por la conveniencia, sino por la verdad del Evangelio. San Agustín decía: “La justicia es el amor que sirve solo a Dios y, por esto, gobierna rectamente lo demás”. Cuando el amor se convierte en criterio de justicia, el juicio se vuelve misericordioso, las decisiones son prudentes y la paz florece en la sociedad. Ser justo implica mirar con los ojos de Cristo: ver al pecador con compasión, al necesitado con ternura y al enemigo con deseo de reconciliación. En el fondo, la justicia cristiana no es fría aplicación de la ley, sino reflejo del corazón de Dios, que siempre actúa con amor y fidelidad.
Hoy el mundo clama por justicia: justicia social, justicia ecológica, justicia económica. Sin embargo, la raíz de toda injusticia está en el corazón del hombre que ha olvidado a Dios. Por eso, construir el Reino de Dios pasa por renovar la conciencia moral de las personas, enseñar el valor de la rectitud, formar en la verdad y promover una cultura del bien común. En la familia, la escuela, la parroquia o la nación, la justicia comienza cuando tratamos a cada persona con respeto y caridad, reconociendo su valor único e irrepetible. Donde reina la justicia, florece la paz; donde se ama la verdad, se edifica el Reino.
La justicia es la luz que orienta las decisiones del corazón hacia el bien y la verdad. Vivir con hambre y sed de justicia significa tener un alma inquieta que no se acomoda a la mediocridad ni se resigna ante el mal. Que el Espíritu Santo despierte en nosotros la pasión por lo justo, el valor de decir la verdad y la ternura de actuar con amor. Hoy, haz justicia con tus palabras, con tus gestos, con tus decisiones: defiende al débil, respeta la verdad y construye con tus actos un pedazo del Reino de Dios en la tierra.
Libros consultados:
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
El tema abarca en el contexto de nuestra relación y bienestar social de quienes nos rodean o sea el prójimo que puede ser un familiar, amigo, vecino hasta un desconocido este en situación espiritual de abandono si desprendido de su fe sea católico cristiano, ortodoxo muchos nos confundimos pertenecer a una congregación sólo a ellos debo proyectar mis satisfacción apayar con ese pensamiento es una fe débil sino inicias en cooperar con la familia no tenderas la mano a un extraño, muchos van y se congregan para aparentar dentro de la misma mi concepto personal es complejo el tema.
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