Gratitud:
el arte de reconocer los dones recibidos
Un corazón agradecido ve milagros en lo cotidiano.
Humana
La gratitud no es un sentimiento pasajero ni una emoción que aparece solo cuando todo va bien. Es una mirada. Una forma de situarse ante Dios, ante los demás y ante la vida. Quien cultiva la gratitud aprende a ver —con serenidad y con verdad— que nada de lo que sostiene su existencia es fruto exclusivo de su propio esfuerzo. Todo es don. Todo llega a nuestras manos desde la fuente generosa de Dios, que nunca deja de derramar su ternura, incluso cuando los días pesan o las heridas duelen. La gratitud es un arte espiritual: afinamos la mirada, reconocemos lo recibido y respondemos con un corazón humilde, sin ruido, sin exigencias, con la alegría de quien sabe que es amado.
El Evangelio nos enseña que la ingratitud oscurece la vida y encierra el alma. Jesús lo muestra con fuerza cuando cura a los diez leprosos y solo uno regresa glorificando a Dios. No es un reproche moralista; es una radiografía del corazón humano. Nueve recibieron el milagro, pero solo uno lo vio. Ese único que volvió entendió que la gratitud no añade valor al regalo… revela la verdad del dador. Por eso la gratitud es camino de madurez espiritual: nos hace conscientes, nos hace humildes, nos hace generosos. Un corazón agradecido vive despierto.
En la vida cristiana, la gratitud no se limita a decir “gracias” como un acto de cortesía. Es un acto de fe. Es reconocer la presencia de Dios en lo pequeño, en lo repetitivo, en lo silencioso. Basta detenerse un instante para descubrir la cantidad de dones que nos rodean: la familia que sostiene, la comunidad que acompaña, el trabajo que dignifica, la salud que permite avanzar, la creación que nos habla de la sabiduría divina. Incluso las pruebas, cuando se miran desde la fe, terminan enseñando. La gratitud es esa fuerza que transforma lo ordinario en tierra fértil, y lo doloroso en una escuela de crecimiento.
Además, la gratitud es profundamente transformadora en la vida comunitaria. Donde hay gratitud, florece la paz; donde falta, crece la exigencia, la queja y la dureza. Una familia agradecida respira unidad. Una parroquia agradecida vive la misión con entusiasmo. Un sacerdote agradecido se entrega sin reservas. Una nación agradecida reconoce sus raíces y construye futuro con esperanza. La gratitud cambia el aire de los hogares, ilumina los rostros y desarma los resentimientos que tantas veces intoxican las relaciones. Cuando nace la gratitud, renace la fraternidad.
Dios no necesita nuestro agradecimiento, pero sabe que nosotros sí lo necesitamos. La gratitud nos libera del egoísmo, nos cura del orgullo y nos ayuda a recordar que todo regalo lleva la huella del amor divino. Por eso la Iglesia, en su sabiduría, nos invita cada día a la acción de gracias más grande de todas: la Eucaristía. Ahí aprendemos que dar gracias no es un acto aislado, sino un estilo de vida que brota de Cristo, que se entrega siempre.
Al final, vivir agradecidos no depende de tener más, sino de ver mejor. Quien aprende a mirar con gratitud descubre que Dios está actuando incluso donde parecía que nada sucedía. La gratitud abre el corazón, purifica la memoria y enciende la esperanza. Regala paz. Regala luz. Y convierte cada jornada —con sus luchas y alegrías— en un lugar donde Dios sigue sembrando milagros silenciosos.
La vida se vuelve más clara cuando se mira desde la gratitud, porque un corazón agradecido no solo recuerda lo recibido: lo multiplica, lo comparte, lo convierte en bendición para otros. Desde ahí nace el verdadero arte de vivir.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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