Caminando Jesús por la ribera del mar de Galilea, vio a Santiago y a su hermano Juan, hijos de Zebedeo, que estaban remendando sus redes, y los llamó. Mt 4,18.21.
La Fiesta de Santiago, Apóstol (El Mayor), nos invita a reflexionar sobre las profundas enseñanzas contenidas en la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 4, 7-15 y el Santo Evangelio según San Mateo 20, 20-28. Ambas lecturas nos iluminan sobre la verdadera esencia del discipulado y la misión cristiana a la luz del Magisterio de la Iglesia y de la doctrina católica.
En la Segunda Carta a los Corintios 4, 7-15, San Pablo nos habla de "llevar este tesoro en vasijas de barro", destacando la fragilidad humana y la grandeza del poder de Dios que actúa a través de nuestra debilidad. Este "tesoro" es el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo. A pesar de las tribulaciones y persecuciones, San Pablo asegura que la vida de Jesús también se manifiesta en nuestro cuerpo mortal. Este pasaje nos llama a perseverar en la fe, confiando en que la gracia de Dios nos sostiene y nos capacita para llevar Su mensaje.
En el Evangelio según San Mateo 20, 20-28, Jesús redefine la grandeza y el liderazgo en el Reino de Dios. Ante la solicitud de la madre de Santiago y Juan para que sus hijos ocupen lugares de honor, Jesús enseña que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio y la entrega total. "El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea su esclavo". Jesús mismo da el ejemplo máximo al dar su vida "como rescate por muchos".
El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la verdadera grandeza del hombre estriba en su capacidad de servir” (CEC, 1937). La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, nos llama a vivir una vida de servicio y humildad, reconociendo que nuestro verdadero valor proviene de Dios y no de nuestras propias capacidades.
La doctrina católica nos enseña que todos somos llamados a participar en la misión de Cristo a través de nuestra vocación particular. El servicio desinteresado y la entrega sacrificial son esenciales para vivir plenamente nuestra fe. En este sentido, el Concilio Vaticano II subraya la importancia del apostolado laico, animando a todos los fieles a involucrarse activamente en la vida de la Iglesia y en la transformación del mundo según el espíritu del Evangelio.
“Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4, 7). Reflexionemos sobre nuestra fragilidad humana y reconozcamos la grandeza del poder de Dios obrando en nosotros.
Sentirnos llamados a servir con humildad y amor, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien vino a servir y a dar su vida por nosotros. Que el deseo de grandeza sea reemplazado por un profundo anhelo de servir a los demás.
Comprometámonos a vivir una vida de servicio en nuestra comunidad. Participemos activamente en los ministerios y actividades parroquiales, ofreciendo nuestro tiempo y talentos para el bien de los demás. Busquemos oportunidades para servir a aquellos que están en necesidad, recordando siempre que al servir a los demás, servimos a Cristo.
En esta Fiesta de Santiago, Apóstol (El Mayor), recordemos que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio y la humildad. Que nuestras vidas reflejen la gloria de Dios, llevada en nuestra fragilidad, y que nos comprometamos a servir con amor y dedicación, siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo.
Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca. Jn 15,16.




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