14
NOV
2025

Generosidad: dar más allá de lo necesario



Generosidad: dar más allá de lo necesario
Lo que se da con amor nunca se pierde, se multiplica.
Humana

La generosidad siempre sorprende porque rompe la lógica fría del cálculo y abre paso a una forma distinta de vivir: la del corazón que se entrega sin medir. Cuando hablamos de generosidad no nos referimos solo al acto externo de dar cosas, sino al arte de abrir el alma, al gesto profundo de ofrecer tiempo, atención, compañía, escucha, comprensión y, sobre todo, amor. La generosidad auténtica nace en lo secreto del corazón que ha descubierto que la vida vale más cuando se comparte. Hay en ella una libertad interior que no depende del tamaño del don, sino del espíritu con que se ofrece. Por eso, cuando Jesús alaba a la viuda pobre del Evangelio, no celebra la cantidad de monedas que deja en el templo, sino la calidad de ese corazón que dio todo lo que tenía para vivir. La generosidad cristiana se mueve siempre en esa dirección: no busca impresionar, busca servir; no se alimenta de reconocimiento, se sostiene en la caridad; no se agota en los bienes materiales, se eleva en la entrega de uno mismo.


En el mundo actual, donde tantas relaciones se condicionan por intereses y recompensas, la generosidad es un acto profundamente contracultural. Esa es la belleza de esta virtud: recuerda que lo humano florece cuando aprende a salir de sí. San Pablo lo decía con un tono directo y luminoso: “Dios ama al que da con alegría”. No se trata de dar por obligación, sino con esa alegría serena que nace del bien realizado sin esperar nada a cambio. Cuando el corazón se abre así, algo se transforma dentro y alrededor; la vida deja de ser una lucha por asegurarlo todo y empieza a ser una aventura por compartir lo que somos y tenemos. Y esta virtud, vivida con prudencia y rectitud, fortalece a las familias, a las comunidades y a la sociedad. El hogar donde se practica la generosidad se convierte en un refugio de paz; la comunidad que la abraza se vuelve un faro para los que sufren; la Iglesia que la promueve se acerca al corazón mismo del Evangelio.


La generosidad no exige grandes hazañas. Comienza en lo pequeño: ceder un espacio, escuchar con atención, ofrecer ayuda sin que la pidan, renunciar a un juicio precipitado, ser amable cuando nadie lo ve, perdonar sin hacer reproches. Son gestos que parecen mínimos, pero que pueden cambiar la vida de alguien. Y cuando la generosidad madura, conduce a la entrega estable, perseverante, escondida, esa que construye silenciosamente el Reino de Dios. En ella se reconoce que todo lo que somos y tenemos es don recibido y, por eso, siempre puede convertirse en don ofrecido. La generosidad ensancha el alma, la hace más parecida a la de Cristo, que “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”.


La invitación es sencilla y exigente: deja que Dios abra tus manos. Permite que tu vida sea un cauce por donde circule el bien. No temas “dar más allá de lo necesario”; allí se descubre una libertad nueva, una alegría distinta, una fecundidad que solo entienden quienes han experimentado que lo ofrecido por amor nunca se pierde. Se multiplica, regresa, transforma, ilumina y bendice. Generosidad no es un ideal abstracto; es un estilo de vida, una manera concreta de decirle a Dios: “Aquí estoy para servir”. Y cada vez que se vive de ese modo, el mundo se vuelve un poco más humano, un poco más fraterno, un poco más parecido al sueño de Dios para nosotros.


Al vivir esta virtud, la mirada se amplía y el corazón se fortalece. El camino continúa en otros rostros donde la generosidad puede convertirse en puente: los enfermos, los migrantes, los jóvenes que buscan sentido, las familias que luchan por mantenerse unidas. Allí la generosidad se vuelve misión.

 Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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