Lunes
24 de noviembre de 2025
Memoria Obligatoria de San Andrés Dung-Lac y Compañeros Mártires
Fidelidad que transforma: Daniel, la viuda pobre y los mártires de Vietnam
La Iglesia eleva hoy su mirada hacia Vietnam, tierra marcada por siglos de persecución y, al mismo tiempo, fecunda en testigos luminosos. San Andrés Dung-Lac y sus compañeros —obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres de todas las edades— sellaron con su sangre una verdad que no se negocia: Cristo es digno de todo. Ellos abrazaron la fe con un corazón tan firme que ni las amenazas, ni la pobreza, ni las torturas lograron apagar su confianza. La sangre de estos mártires no es un recuerdo trágico; es un anuncio de futuro, una semilla que sigue dando fruto en todo aquel que decide vivir con coherencia, sin doblez, sin miedo.
La liturgia de hoy nos conduce por ese mismo camino de fidelidad interior. El profeta Daniel presenta a cuatro jóvenes judíos llevados al exilio. Están lejos de casa, rodeados de presiones culturales y religiosas. Todo podría haberlos arrastrado hacia la comodidad o el olvido. Sin embargo, toman una decisión sencilla y valiente: permanecer fieles a la ley de Dios incluso en lo pequeño. Esa fidelidad cotidiana se vuelve fuerza, inteligencia, sabiduría, favor ante Dios y ante los hombres. Daniel y sus compañeros nos recuerdan que la verdadera libertad no está en hacer lo que uno quiere, sino en mantenerse leal a lo que da sentido a la vida. En tiempos de confusión moral y espiritual, su testimonio nos enseña que resistir desde la coherencia abre puertas que parecen imposibles.
El cántico del profeta Daniel resuena como una alabanza que brota desde el horno de fuego: “Bendito seas, Señor, para siempre”. Quien confía en Dios no espera a que todo salga perfecto para bendecir. Bendice en la prueba, en la incertidumbre, en la noche. Y esa bendición cambia el interior: da paz, ilumina, sostiene. Los mártires vietnamitas lo entendieron bien. Quien canta a Dios incluso desde el dolor no se hunde; se eleva.
El Evangelio de san Lucas nos pone frente a una escena silenciosa y decisiva: una viuda pobre que deposita dos moneditas en el tesoro del templo. Jesús la mira y revela lo que nadie ve: esa mujer dio más que todos. No dio desde lo que le sobraba, sino desde su alma. En un mundo acostumbrado a medirlo todo en cifras, poder e impacto, Jesús nos enseña a mirar lo invisible. La viuda no entrega una cantidad: entrega su confianza. Su gesto es un pequeño martirio cotidiano, una renuncia que brota del amor. Es el eco de Daniel, el eco de los mártires de Vietnam, el eco de todo corazón que quiere que Dios sea lo primero.
Hoy la Iglesia nos invita a unir estos tres caminos: la fidelidad de Daniel en lo pequeño, la confianza radical de la viuda y la entrega total de los mártires. No se trata de héroes lejanos, sino de caminos concretos para quienes viven entre cargas, trabajos, decisiones y desafíos reales. La esperanza cristiana no es evasión; es la certeza de que Dios actúa en quienes permanecen firmes, aun en medio de exilios, Hornos ardientes o pobrezas silenciosas.
La memoria de San Andrés Dung-Lac y sus compañeros también nos habla del futuro de la evangelización. El cristianismo crece cuando encuentra corazones valientes que aman sin condiciones. Los mártires vietnamitas no murieron por ideas, sino por una relación viva con Cristo. Esa relación sigue transformando familias, comunidades y pueblos enteros. Hoy, en nuestra parroquia, en Panamá, en cada hogar donde se pronuncia una oración sencilla, ese mismo fuego sigue ardiendo.
La Palabra de hoy nos invita a mirar la vida con una fe probada y serena: pensar en la fidelidad de Daniel que vence la presión del ambiente, sentir la confianza humilde de la viuda que entrega lo poco y descubre que para Dios ese poco es tesoro, y actuar con la valentía de los mártires que no pactan con la incoherencia, para que nuestra fe cotidiana —hecha de decisiones pequeñas y perseverantes— se convierta en un camino de luz para nuestra familia, para nuestra parroquia y para un país que necesita creyentes que vivan con la verdad en el corazón.
Este día, bajo la intercesión de San Andrés Dung-Lac y los mártires vietnamitas, nuestra esperanza se renueva. Dios sigue levantando hombres y mujeres capaces de permanecer fieles dentro y fuera de los templos, en el trabajo, en la casa, en la calle. Cuando la fe se vive con sencillez y firmeza, siempre nace futuro.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared