Jueves
5 de febrero de 2026
San Águeda, virgen y mártir
Cuarta semana del Tiempo Ordinario
Fidelidad que engendra esperanza: enviados por Cristo hacia el futuro
La liturgia de este día nos sitúa ante un horizonte luminoso de esperanza cristiana: la fidelidad transmitida, la bendición que brota de un corazón agradecido y la misión confiada por el Señor a discípulos frágiles pero enviados con autoridad. En este camino de fe se alza con fuerza el testimonio de Santa Águeda, mujer joven que, sostenida por Cristo, supo permanecer firme hasta el final.
La Palabra de Dios de hoy no mira al pasado con nostalgia, sino al futuro con confianza. Nos recuerda que la historia de salvación continúa cuando cada generación acoge, custodia y transmite la fe con coherencia y valentía.
En la primera lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, escuchamos las últimas palabras del rey David dirigidas a su hijo Salomón. No se trata de un testamento político ni de una estrategia de poder, sino de una exhortación profundamente espiritual: “Sé fuerte y cumple lo que el Señor tu Dios te manda”. David sabe que el verdadero futuro del reino no depende de la astucia humana, sino de la fidelidad a la alianza. Los Padres de la Iglesia veían en este pasaje una enseñanza permanente: cuando un padre transmite la fe, deja la herencia más sólida que puede recibir un hijo.
Este texto nos invita a mirar nuestras propias responsabilidades. Padres, educadores, pastores y comunidades estamos llamados a dejar huellas de fe, no solo palabras. La esperanza cristiana se edifica cuando la vida se convierte en testimonio y la obediencia a Dios se vive como fuente de libertad.
El salmo responsorial, tomado de las Crónicas, es una gran doxología: “Bendito seas, Señor, Dios nuestro”. Aquí la Iglesia pone en nuestros labios una oración que ordena el corazón. Antes de pedir, bendecimos; antes de temer, reconocemos que todo poder y toda gloria pertenecen al Señor. En un mundo marcado por la autosuficiencia y el afán de control, esta alabanza nos devuelve a la verdad: somos administradores, no dueños; peregrinos, no propietarios definitivos.
Desde esta actitud brota una esperanza serena. Quien sabe que su vida está en manos de Dios puede caminar sin miedo hacia el futuro, incluso en medio de dificultades, porque confía en Aquel que sostiene la historia.
El Evangelio según san Marcos nos presenta a Jesús enviando a los Doce de dos en dos. Los envía con pocas cosas, sin seguridades humanas, pero con una autoridad clara: anunciar la conversión, expulsar el mal y sanar a los enfermos. La misión nace de la confianza en Dios, no de la acumulación de medios. San Juan Crisóstomo afirmaba que esta pobreza evangélica no es miseria, sino libertad para que el Evangelio resplandezca sin obstáculos.
Este envío interpela hoy a toda la Iglesia. No solo a los ministros ordenados, sino a cada bautizado. Somos enviados a nuestras familias, trabajos y comunidades para ser signos vivos de esperanza. No llevamos soluciones mágicas, sino la cercanía de Cristo, su palabra y su misericordia.
En este contexto resplandece el testimonio de Santa Águeda. En medio de la persecución, eligió la fidelidad a Cristo antes que la comodidad o el miedo. Su martirio no es un relato de violencia, sino una proclamación de esperanza: nada puede separar al creyente del amor de Dios. La tradición de la Iglesia la ha presentado siempre como modelo de fortaleza serena, especialmente para las mujeres, recordando que la dignidad humana se funda en Dios y no en el poder de los hombres.
Hoy, la liturgia nos invita a unir estas voces: la sabiduría de David, la alabanza confiada del salmo, el envío misionero de los discípulos y la valentía de Santa Águeda. Todas convergen en un mismo mensaje: el futuro pertenece a quienes caminan con Dios, bendicen su nombre y se dejan enviar.
Que este día nos renueve en la esperanza. Que aprendamos a transmitir la fe con coherencia, a alabar a Dios con un corazón agradecido y a vivir nuestra misión cotidiana con sencillez y valentía. El Señor sigue contando con nosotros. Y, sostenidos por su gracia, el mañana puede ser verdaderamente nuevo.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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