Miércoles 19 de noviembre de 2025 – Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
Lecturas: 2 Macabeos 7, 1.20-31; Salmo 16; Lucas 19, 11-28
Memoria de San Abdías, profeta
Fidelidad que da vida: la esperanza que se multiplica en manos de Dios
La liturgia de este miércoles nos coloca ante una de las páginas más conmovedoras y valientes de toda la Biblia: la historia de la madre de los siete hermanos macabeos, narrada en el Segundo Libro de los Macabeos. Es un texto que sacude, pero que también eleva. Aquella mujer, sin nombre en la Escritura, se convierte en escuela de fe para todas las generaciones. En su corazón de madre, firme como un roble y tierno como una lámpara encendida en la noche, brilla una convicción que no se fabrica: Dios es fiel, Dios es vida, Dios resucita.
Esa mujer no se aferra a una teoría; abraza una esperanza que sabe de carne y hueso. San Juan Crisóstomo decía que los mártires “vencen no porque no tengan miedo, sino porque aman más allá del miedo”. Así vivió esta madre: entendió que sus hijos no le pertenecían solo a ella, sino al Dios que los llamó a la vida y los esperaba con amor. Su testimonio nos interpela hoy, cuando tantas veces se confunde la fidelidad con obstinación o el amor con permisividad. Ella muestra otro camino: la coherencia que nace de la fe, la firmeza que nace de la esperanza, la ternura que nace de Dios.
El Salmo 16 nos hace cantar desde el alma: “Escóndeme, Señor, bajo la sombra de tus alas”. Esa súplica ha acompañado a generaciones enteras. Es casi una respiración del pueblo creyente. Reconocemos que necesitamos cobijo, descanso, protección. Y, al mismo tiempo, el salmo nos recuerda que Dios no nos esconde para alejarnos del mundo, sino para fortalecernos y enviarnos de nuevo. El que se deja abrazar por Dios puede volver a caminar, incluso cuando la vida parezca estrecha o incierta.
El Evangelio (Lucas 19, 11-28) nos presenta la parábola de las minas. Jesús enseña que la fe verdadera nunca es pasiva. Dios no nos da dones para guardarlos “por si acaso”, ni para vivir en prudencia temerosa. Nos los entrega para que fructifiquen. Y aquí Jesús no suaviza el mensaje: el discípulo que se paraliza por miedo termina enterrando el tesoro que recibió. En cambio, quien se arriesga, quien confía, quien trabaja, quien se entrega, verá multiplicada su vida.
Es un Evangelio que dialoga con nuestra realidad. Hay épocas en las que la tentación es replegarse: “vivamos tranquilos”, “no nos metamos en problemas”, “cada uno a lo suyo”. Pero el Señor nos dice que la misión no se suspende. La fe es semilla en movimiento. Incluso en medio de crisis, dudas o cansancios, Jesús confía en nosotros más de lo que confiamos en Él. La Iglesia entera es convocada hoy a despertar creatividad pastoral, a salir de inercias y rutinas, a sembrar esperanza donde parece que ya no crece nada.
En este día también recordamos a San Abdías, el pequeño profeta que denunció la violencia y la traición, y llamó al pueblo a la fidelidad. Su voz, breve pero firme, recuerda que Dios no olvida la justicia y que la verdad siempre encuentra su camino. En tiempos de confusión moral, Abdías nos invita a mantener el corazón anclado en la Palabra.
¿Qué
nos dice todo esto hoy?
Que la fidelidad no es una carga, sino un rumbo. Que la esperanza no es
ingenuidad, sino fuerza. Que Dios no mira lo que no tenemos, sino lo que
ponemos en sus manos. Y que el futuro del que habla el Evangelio no nace del
miedo, sino del amor que arriesga, trabaja y confía.
El testimonio de la madre macabea, la súplica confiada del salmo y el envío vigilante del Evangelio nos llaman a pensar que la fe es un don que se multiplica cuando se vive con verdad; a sentirnos cobijados bajo las alas de Dios, capaces de levantarnos incluso cuando la vida nos pesa; y a actuar con valentía, haciendo fecundos los talentos recibidos, sin miedo al riesgo del amor ni a la responsabilidad de servir, seguros de que el Señor conduce nuestra historia hacia un futuro de resurrección.
Este día es una invitación a caminar con la frente serena y el corazón firme. Dios sigue confiando en nosotros. El Reino avanza, incluso cuando no lo vemos. Y lo hace con manos humanas, como las nuestras, que se atreven a multiplicar el bien.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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