ESPERANZA
ACTIVA: CONSTRUIR FUTURO CON FE Y COMPROMISO
Frase guía: No basta esperar el Reino, hay que trabajar por él.
La esperanza cristiana nunca ha sido un sillón cómodo donde uno se sienta a contemplar el horizonte. Es una fuerza que empuja, un fuego que moviliza, un ancla en el futuro que nos obliga a plantar los pies en el presente. La tradición de la Iglesia lo enseña con sencillez firme: quien espera verdaderamente en Dios no se cruza de brazos. La esperanza es paciencia, sí, pero también es construcción; es confianza, pero unida al compromiso. En la pastoral y en la misión diaria de una parroquia, esta esperanza activa se convierte en estilo de vida y en modo concreto de anunciar el Evangelio.
Cuando Jesús proclama el Reino, nunca lo presenta como un ideal abstracto. Lo compara con una semilla que crece, con un tesoro que transforma la vida, con un grano de mostaza que parece pequeño pero sostiene lo grande. Todo esto implica movimiento, cultivo, trabajo cotidiano. El Reino es don y tarea. Dios lo regala; nosotros lo hacemos visible. A partir de esa verdad nace el espíritu misionero: caminar, visitar, escuchar, acompañar, sembrar. Es la forma cristiana de decirle al mundo que la esperanza no es evasión, sino una forma de presencia.
En tiempos marcados por la incertidumbre, la Iglesia está llamada a ser un taller donde se construye el mañana desde la fe. Esa construcción no depende de fuerzas extraordinarias, sino de fidelidades diarias: la familia que reza; el joven que decide servir; el padre o la madre que mantiene la paz en su hogar; el anciano que sostiene con oración; la comunidad que organiza una misión; la parroquia que abre sus puertas al necesitado. La esperanza se hace real en gestos concretos, silenciosos, perseverantes. Es ahí donde lo pequeño se vuelve grande.
El compromiso pastoral nace de mirar el mundo con los ojos de Cristo. Su mirada nunca fue ingenua: reconoció el dolor, lloró ante las tumbas, cargó la cruz. Pero tampoco fue derrotista: levantó a los caídos, perdonó, enseñó, restituyó dignidad. Esa manera de mirar nos enseña que esperar en Dios no significa cerrar los ojos a la realidad, sino afrontarla con la certeza de que Él actúa incluso cuando no lo vemos. La esperanza activa es este equilibrio: conocer el peso del sufrimiento y, sin embargo, caminar hacia adelante convencidos de que el bien tiene la última palabra.
Desde una perspectiva misionera, esperar el Reino implica construirlo con nuestras manos. La misión no es una actividad secundaria, es un mandato que nace del bautismo. Cada vez que visitamos a los enfermos, cada vez que consolamos a alguien, cada vez que defendemos la vida, cada vez que instruimos en la fe, cada vez que celebramos la Eucaristía con alegría y reverencia, estamos edificando el Reino. No basta imaginar un mundo mejor; hay que comprometerse para que suceda. La esperanza se reconoce en los hijos de la Iglesia cuando su fe inspira decisiones responsables y valientes.
El Papa Benedicto XVI lo expresó con una lucidez que conserva toda su fuerza: “La esperanza no es individualista, siempre es esperanza también para los demás”. La misión cristiana tiene este espíritu: vivimos para que otros descubran la alegría de Dios. Cuando la parroquia se vuelve familia, cuando la comunidad sale, acompaña y sirve, entonces la esperanza deja de ser un concepto y se transforma en una experiencia compartida. Esto cambia la vida y cambia el entorno.
La esperanza activa también requiere discernimiento. Implica preguntarse qué debo hacer hoy para acercar a alguien a Cristo, qué situación necesita mi presencia, qué herida reclama mi palabra, qué injusticia demanda que levante la voz. Cada parroquiano, cada familia, cada apostolado tiene un lugar concreto en este esfuerzo común. La esperanza no crece desde la improvisación; crece desde la fidelidad. Crece allí donde la fe se vuelve obra.
Cada comunidad cristiana vive este desafío: no dejar que el desaliento gane terreno. El cansancio, la rutina, la falta de frutos visibles pueden hacernos dudar, pero el discípulo de Cristo camina con la certeza de que Dios no abandona su obra. El Reino ya está brotando. A veces despacio, casi en silencio. Pero crece. Y ese crecimiento requiere nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra entrega humilde y perseverante. La esperanza activa es la respuesta cristiana frente al mundo que cambia, frente a las crisis que surgen, frente a las sombras que amenazan.
Al final, la esperanza activa es una forma de amor. Quien ama no se resigna. Quien ama construye. Quien ama se queda, persevera, levanta, abraza, educa, consuela, defiende, evangeliza. Así se construye el futuro con fe y compromiso: con acciones pequeñas hechas con gran amor; con decisiones firmes tomadas frente a Dios; con la certeza de que cada gesto, por humilde que sea, tiene peso eterno. La espera del Reino se vuelve fecunda cuando elegimos trabajar por él.
De eso se trata la vida cristiana: caminar hacia un futuro prometido, mientras lo vamos edificando hoy con la fuerza de la fe. Es una tarea exigente, pero profundamente hermosa. Porque no trabajamos solos: Cristo camina con nosotros. Y donde Él está, la esperanza se vuelve activa, concreta, luminosa y capaz de transformar la historia.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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