DOMINGO
16 DE NOVIEMBRE DE 2025
Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
Jornada Mundial de los Pobres
En la esperanza perseverante se revela el rostro de Dios que sostiene a su pueblo
La liturgia de este domingo nos sitúa, casi sin darnos cuenta, frente a una enseñanza que atraviesa toda la Biblia: Dios no abandona a los suyos cuando los tiempos se vuelven difíciles. Las lecturas parecen hablar del final, pero en realidad hablan del principio de algo nuevo, de la manera en que Dios purifica, sostiene y renueva la historia para llevarla a una plenitud que solo Él puede dar.
La Iglesia, además, celebra hoy la Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el papa Francisco para recordarnos que la fe verdadera siempre se concreta en el amor al hermano: no un amor genérico, sino el amor hacia quien tiene menos, hacia quien vive al límite, hacia quien nos revela con su necesidad el rostro sufriente de Cristo.
La Palabra de Dios hoy ilumina esta verdad con una fuerza sorprendente.
1. El sol de justicia que lo cambia todo. Malaquías 3, 19-20a
El profeta describe un tiempo en el que Dios interviene con tal claridad que nadie queda indiferente. Habla de un “día ardiente como un horno”, expresión fuerte que en su lenguaje quiere mostrar la seriedad de la justicia divina, pero también la ternura con que Dios protege a quienes lo buscan: “para ustedes que honran mi nombre, brillará un sol de justicia, y en sus rayos traerá la salvación”.
Ese
“sol” no es un castigo, sino una promesa. Es Cristo mismo, que ilumina,
calienta, despierta la vida donde parecía no haber futuro.
En un mundo muchas veces marcado por la incertidumbre, el egoísmo y el
descarte, esta visión no aplasta: abre el horizonte. Recuerda que Dios
está construyendo una historia de salvación incluso cuando nosotros solo vemos
nubes oscuras.
2. Toda la tierra ha visto al Salvador. Salmo 97
El salmo estalla en alegría: la obra de Dios es visible, concreta, verificable en los hechos. No se trata de emociones religiosas vacías, sino de la acción real del Señor.
Donde
hay perdón, nace vida.
Donde se practica la justicia, brota paz.
Donde alguien comparte su pan, Dios se hace presente.
Los pobres lo intuyen mejor que nadie: Dios se acerca allí donde hay vulnerabilidad, porque la fragilidad humana es el espacio donde su misericordia encuentra terreno fértil.
3. Trabajar con dignidad, vivir con responsabilidad. 2 Tesalonicenses 3, 7-12
Pablo habla con claridad a la comunidad: la fe no es pasividad, la esperanza no es evasión, la caridad no es excusa para la pereza. Advierte sobre quienes viven “sin hacer nada, ocupándose de todo”, y recuerda que el Evangelio implica responsabilidad humana.
La
doctrina social de la Iglesia lo reafirma: la dignidad del trabajo es parte
esencial del plan de Dios.
Donde hay trabajo digno, hay familia firme. Donde hay esfuerzo honrado, hay
comunidad estable. Donde hay responsabilidad, hay posibilidad de servir mejor a
los más frágiles.
Por eso, en la Jornada Mundial de los Pobres, la Iglesia no solo invita a “dar cosas”, sino a generar condiciones de justicia, trabajo y participación. Amar al pobre implica promover su dignidad integral.
4. Con su perseverancia salvarán sus vidas. Lucas 21, 5-19
Jesús
mira el templo —hermoso, grandioso, lleno de mármol y brillo— y dice que no
quedará piedra sobre piedra. Sus palabras no buscan asustar, sino despertar
el corazón.
Dios no se identifica con lo que solo es apariencia o estructura; Él quiere un
pueblo que sepa confiar incluso cuando todo parece temblar.
El
Señor describe crisis, guerras, divisiones, conversaciones difíciles… nada
ajeno a nuestra realidad contemporánea. Pero en medio de eso viene una frase
que sostiene y levanta:
“No tengan miedo… Con su perseverancia salvarán sus vidas.”
La
fe madura no huye del conflicto: lo atraviesa confiando.
La perseverancia —esa virtud humilde, constante, que no hace ruido— es el
terreno donde Dios realiza sus mayores milagros.
5. Jornada Mundial de los Pobres: donde el Evangelio se vuelve carne
Hoy, la Iglesia nos pide mirar con sinceridad a quienes viven al margen. No basta sentir compasión; el Evangelio empuja a dar un paso más: compartir, acompañar, integrar, dignificar.
El
papa Francisco lo repite:
“Los pobres no son un problema, son un sacramento de Cristo.”
Son presencia, llamada, y camino de conversión.
La
comunidad cristiana está llamada a ser un signo de esperanza real:
el plato caliente que se comparte, la visita al enfermo, el trabajo por la
justicia, la mesa donde caben todos, la escucha que sana, la mano tendida que
saca del abismo.
Si
hoy cuidamos a los pobres, mañana tendremos una sociedad más humana.
Si hoy defendemos la dignidad de todos, mañana veremos más claro el sol de
justicia prometido por Dios.
La Palabra de hoy invita a pensar que el futuro está en manos de un Dios que no abandona a su pueblo; sentir la esperanza que nace de Cristo, que es nuestra roca en tiempos de prueba; actuar construyendo comunidad desde la responsabilidad, la solidaridad y la cercanía concreta con los pobres, para que nuestra fe brille como un faro que ilumina el mañana.
Este
domingo es una oportunidad providencial para recordar que la última palabra
nunca la tiene el mal ni la injusticia, sino la fidelidad de Dios, que
sigue levantando a los caídos y sosteniendo a quienes confían en Él.
Allí donde se vive la caridad, el mundo cambia, tal vez despacio, pero con
pasos firmes y luminosos.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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