03
DIC
2025

En el Monte del Señor: Banquete de Esperanza y Pan para el Camino



Miércoles 3 de diciembre de 2025 – I Semana de Adviento
San Francisco Javier – Intención del Papa León XIV: Por los cristianos en contextos de conflicto.

 

En el Monte del Señor: Banquete de Esperanza y Pan para el Camino

 

Adviento invita a respirar hondo, ordenar el corazón y caminar hacia adelante con esa esperanza firme que solo nace cuando uno sabe que Dios está preparando algo grande. La liturgia de hoy es un retrato de ese futuro prometido que se acerca silencioso, como la aurora que no grita, pero todo lo ilumina.

Isaías abre el día con una imagen que desarma cualquier pesimismo: un banquete preparado por Dios mismo para todos los pueblos. En aquel monte —símbolo del lugar del encuentro definitivo— el Señor promete quitar el velo que oscurece la vida, enjugar las lágrimas de todos los rostros y destruir para siempre la muerte. No es poesía ingenua; es la promesa antigua que sostiene a la Iglesia desde los primeros días. Los Padres decían que este banquete es figura de la Eucaristía y anticipo del Reino, donde Dios restaura lo que el pecado quebró. Quien se alimenta de Cristo aprende a vivir mirando hacia adelante, incluso cuando el presente pesa.

El salmo responde con esa confianza que ha acompañado a generaciones enteras: “Habitaré en la casa del Señor toda la vida”. Cuando uno se deja pastorear por Dios, descubre que la vida no es una carrera solitaria, sino un camino acompañado. La casa del Señor no es solo el templo; es la certeza de que Dios sostiene, guía y cobija. Adviento despierta esa certeza: Él viene, no para juzgar de lejos, sino para caminar a nuestro lado.

El Evangelio refuerza esta lógica del Dios que se acerca con misericordia concreta. Jesús sube al monte —eco del Isaías que escuchamos— y allí recibe a los cojos, a los ciegos, a los lisiados, a los mudos y a tantos que no podían más. Y Jesús sanó. No les pidió méritos, no les hizo exámenes previos; simplemente los miró, los tocó y los levantó. Después multiplica el pan para una multitud cansada, incapaz de seguir adelante sin alimento. Jesús no soporta ver a su gente con hambre. La compasión de Cristo no conoce límites; es creativa, concreta, cercana.

Esa compasión es un anticipo del mundo nuevo que Isaías profetizó. Y también es la hoja de ruta para la Iglesia: donde haya cansancio, sanar; donde haya hambre, compartir; donde haya abandono, levantar. Adviento no es un tiempo para discursos; es para comenzar a vivir el Reino desde ahora.

San Francisco Javier, cuya memoria celebramos hoy, entendió esta urgencia. Cruzó mares incómodos, aprendió lenguas desconocidas, soportó climas imposibles, todo para que otros encontraran en Cristo lo que él había descubierto: un amor que no se puede guardar. Su vida es una provocación, especialmente para una Iglesia que a veces se acostumbra a la comodidad. Francisco Javier recuerda que la misión no es para héroes, sino para corazones encendidos.

A la luz de la intención del Papa León XIV —“por los cristianos en contextos de conflicto”— este día toma un peso especial. Hay hermanos nuestros que viven su fe bajo amenaza, en medio de guerras, persecuciones, divisiones sociales y realidades donde pronunciar el nombre de Jesús es un riesgo. Estas lecturas son un mensaje directo para ellos: Dios no los olvida; Dios prepara para ellos un futuro donde las lágrimas serán sanadas y la violencia no tendrá la última palabra.

Pero también es un llamado para nosotros: no podemos vivir un Adviento distraído mientras otros sufren por su fe. La oración, la solidaridad, la voz profética y la comunión con ellos forman parte de la preparación para la venida del Señor.

Pensar, sentir y actuar en Adviento

Pensar en el banquete que Dios prepara nos impulsa a mirar la vida con amplitud y serenidad; sentir la compasión de Cristo nos mueve a reconocer las heridas del mundo sin miedo; actuar como discípulos misioneros nos invita a compartir lo que tenemos —tiempo, escucha, consuelo, alimento— para que otros descubran que Dios está cerca. Allí donde somos capaces de dar pan, atención o compañía, el Adviento florece y el Reino comienza a abrirse paso.

Que este día nos encuentre expectantes, con el corazón despierto y las manos disponibles. Dios viene. Y viene para sanar, reunir y multiplicar la vida.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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