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DIC
2025

El Verbo se hizo carne: la Luz que ha venido al mundo



Jueves 25 de diciembre de 2025

Solemnidad de la Natividad del Señor – Misa del Día
Toda la tierra ha visto al Salvador (Sal 97)

Feliz Navidad.

Hoy la Iglesia no celebra una idea piadosa ni un recuerdo entrañable del pasado. Celebra un acontecimiento real, definitivo y transformador: el Hijo eterno de Dios ha entrado en la historia. La Navidad es el día en que la fe cristiana se pronuncia sin ambigüedades: Dios se ha hecho carne, ha asumido nuestra condición y ha puesto su tienda entre nosotros. No venimos a mirar un pesebre como folklore, sino a adorar un Misterio que sigue actuando.

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero!” (Is 52,7-10)

El profeta Isaías proclama una noticia que corre, que no se queda quieta: Dios reina, Dios consuela, Dios libera. La Buena Noticia tiene pies, voz y rostro. En Navidad comprendemos que ese mensajero no es solo una palabra proclamada: es una Persona. El anuncio ya no es únicamente “la salvación viene”, sino “la salvación está aquí”.
Isaías habla a un pueblo cansado, marcado por el exilio y la herida. Dios no le promete evasión, sino presencia fiel. Hoy también, en medio de un mundo herido por la violencia, la incertidumbre y la fragilidad de la vida, la Navidad afirma con serenidad: Dios no se ha ido. Él vuelve a poner paz donde parecía imposible y abre futuro donde parecía cerrado.

“Toda la tierra ha visto al Salvador” (Sal 97)

El salmo no canta una esperanza privada ni intimista. Canta una salvación visible, concreta, destinada a todos. La Navidad no es un refugio espiritual para unos pocos, sino un don ofrecido a toda la humanidad.
La alegría cristiana no nace del optimismo ingenuo, sino de la certeza de que Dios actúa en la historia. Por eso la liturgia no nos invita a huir del mundo, sino a mirarlo con otros ojos: ojos iluminados por la fe, capaces de descubrir que incluso en la noche más oscura la luz no ha sido vencida.

“En estos últimos tiempos nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,1-6)

La carta a los Hebreos nos coloca en el corazón del misterio: Dios ya no habla solo por mediaciones fragmentadas, sino en su propio Hijo. Jesús no es un mensajero más; es la Palabra definitiva.
Aquí la Navidad alcanza su profundidad teológica: Dios no envía simplemente ayuda; se entrega a sí mismo. El Hijo es “resplandor de su gloria e impronta de su ser”. Mirar al Niño de Belén es contemplar el rostro mismo del Padre.
Esto tiene consecuencias pastorales decisivas: la fe cristiana no se sostiene en ideas abstractas, sino en una relación viva con Cristo. Todo auténtico futuro humano pasa por escucharlo, acogerlo y seguirlo.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1-18)

El prólogo del Evangelio de san Juan eleva nuestra mirada sin alejarnos de la tierra. El Verbo eterno entra en el tiempo. La Luz verdadera brilla en la oscuridad.
Aquí se desmontan dos tentaciones frecuentes: pensar a Dios como lejano o reducir a Jesús a un simple maestro moral. La Navidad proclama algo más exigente y más esperanzador: Dios se ha comprometido con nuestra historia, con nuestras heridas, con nuestra carne.
El drama está en la frase sobria del Evangelio: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Navidad también es decisión. Acoger o cerrar el corazón. Pero san Juan añade la promesa que abre el porvenir: “A los que lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”. La Navidad no solo nos consuela; nos transforma.

Navidad hoy: una fe que construye futuro

Celebrar la Navidad es permitir que Cristo nazca de nuevo en la vida concreta: en la familia, en la comunidad, en la sociedad. No es sentimentalismo; es conversión cotidiana.
El Niño de Belén nos enseña que la verdadera grandeza pasa por la humildad, que la paz no se impone sino que se ofrece, y que el amor fiel tiene más fuerza que cualquier violencia. Desde esta certeza, el cristiano mira el futuro sin ingenuidad, pero sin miedo.
La Navidad nos envía como mensajeros de paz, como testigos de una esperanza que no defrauda, como hombres y mujeres capaces de decir con la vida: la luz sigue brillando.

Feliz Navidad

Que Jesucristo, Palabra hecha carne, nazca en nuestros corazones.
Que su luz ilumine nuestras decisiones.
Que su paz sostenga a nuestras familias y comunidades.
Y que, desde hoy, toda la tierra pueda ver al Salvador.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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