El sufrimiento humano
Camino de búsqueda, pregunta y encuentro con Dios
El sufrimiento es una de las experiencias más universales y a la vez más desconcertantes de la vida. Golpea el cuerpo, atraviesa el alma, sacude la fe. Ante él, la pregunta aparece inevitable: ¿dónde está Dios cuando el dolor se hace presente? A primera vista, el sufrimiento podría parecer un argumento contra Dios. Sin embargo, cuando se mira con profundidad y verdad, se convierte en un camino que revela su presencia, su cercanía y su amor. El dolor no destruye la fe: la purifica. No aleja de Dios: puede conducir al encuentro más íntimo con Él.
1. El sufrimiento como pregunta que abre el corazón
El
dolor obliga a detenerse y a preguntarse por el sentido de la vida.
Cuando todo va bien, el hombre fácilmente se acostumbra a vivir sin Dios; pero
el sufrimiento rompe las seguridades y abre un espacio interior donde la
pregunta por Dios se vuelve urgente.
Muchos creyentes han descubierto, en medio de la fragilidad, la puerta hacia
una relación más profunda con el Señor.
El sufrimiento no es un castigo; es un terreno donde la fe madura y se vuelve
más auténtica.
2. Dios no es la causa del mal, sino su remedio
El
mal moral y el mal físico no provienen de Dios.
Dios no crea el dolor: lo permite, respetando la libertad humana y la
fragilidad del mundo creado, pero jamás lo quiere por sí mismo.
El Catecismo afirma que
“Dios
no es en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del mal” (CIC
311).
Lejos de ser autor del sufrimiento, Dios es el que acompaña, sostiene y
transforma el dolor en ocasión de crecimiento y salvación.
El mal no tiene la última palabra: la tiene el amor de Dios, que siempre
es más fuerte.
3. Cristo, el Dios que sufre con nosotros
La
respuesta de Dios al sufrimiento no es un discurso, sino una presencia: Jesucristo.
En Él, Dios tomó sobre sí la condición humana, abrazó la fragilidad y entró en
el dolor hasta lo más profundo.
La cruz demuestra que Dios no observa desde lejos: se acerca, llora, carga,
redime.
“Por
sus llagas hemos sido curados” (1 P 2,24).
El sufrimiento de Cristo ilumina el nuestro.
Ya no es absurdo ni inútil: puede unirse a su entrega y convertirse en puente
de amor, de intercesión, de esperanza para el mundo.
4. El sufrimiento que purifica y transforma
Dios
no quiere nuestro dolor, pero puede sacarle un bien mayor.
El sufrimiento purifica el corazón, desprende de lo que esclaviza, enseña a
valorar lo esencial.
Hace al hombre más humilde, más compasivo, más verdadero.
Los santos no fueron personas sin dolor; fueron personas que descubrieron que,
en medio de sus cruces, Cristo caminaba con ellos.
Cuando el dolor se ofrece con amor, se convierte en participación en la cruz de
Cristo y, por eso, en semilla de vida.
5. Esperanza: la última palabra
La
fe no promete una vida sin dolor, pero sí promete que ningún sufrimiento
será inútil ni eterno.
La cruz conduce a la resurrección.
La muerte no tiene dominio sobre Cristo ni sobre quienes están unidos a Él.
En medio del dolor, el cristiano puede decir con verdad:
“El
Señor está cerca de los que tienen el corazón desgarrado” (Sal 34,19).
El sufrimiento no apaga la esperanza: la purifica. Y cuando la cruz pesa, la
promesa de Cristo sostiene:
“Yo estaré con ustedes todos los días” (Mt 28,20).
Pensar
El sufrimiento no es un argumento contra Dios; es un misterio que, iluminado por Cristo, revela su cercanía y su amor que sana y acompaña.
Sentir
En tu dolor no estás solo. Cristo te comprende, te sostiene y te abraza desde la cruz. Su cercanía es más profunda cuando la vida duele.
Actuar
Ofrece a Dios tus sufrimientos con confianza. Acompaña a quien sufre, ora por los enfermos y deja que tu dolor se convierta en puente de esperanza para otros.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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