El sentido moral universal
La evidencia de un Bien objetivo
En todas las culturas, épocas y pueblos —desde los más antiguos hasta los más modernos— existe una percepción común: hay acciones buenas y acciones malas, independientemente de gustos personales o costumbres sociales. Este “sentido moral universal” no es una coincidencia histórica ni un acuerdo colectivo, sino la huella profunda del Dios creador inscrita en el corazón humano. La existencia de un Bien objetivo, válido para todos, revela que la moral no es invención del hombre, sino un reflejo del orden divino que sostiene la creación.
1. Una ley moral presente en toda la humanidad
A
lo largo de la historia, en civilizaciones que nunca se encontraron, aparecen
principios semejantes:
– respetar la vida,
– honrar la palabra dada,
– rechazar el robo y la injusticia,
– cuidar a los débiles,
– condenar la traición y la mentira.
Esta concordancia tan amplia no se explica por casualidad.
Es la manifestación de lo que la Iglesia llama ley natural, la
participación de la criatura racional en la ley eterna de Dios.
2. El bien no depende de la opinión
En
una cultura que a menudo afirma que “cada quien tiene su verdad”, sigue habiendo
realidades morales que nadie puede negar sin contradecir su propia humanidad.
Ante un acto de crueldad extrema, ante un abuso contra un inocente, ante un
acto de corrupción, el corazón humano reacciona: “Esto está mal.”
Si el bien dependiera de la opinión, nadie podría juzgar nada.
Pero el corazón sabe que existen acciones intrínsecamente malas porque violan
la dignidad que Dios ha puesto en cada persona.
3. La universalidad del deber moral
El
ser humano no solo reconoce que el bien existe: sabe que debe hacerlo.
Esta experiencia del deber —“debo actuar bien”— no nace de la presión social,
sino de la conciencia iluminada por Dios.
Es la voz interior que resuena con autoridad incluso cuando nadie mira.
El deber moral es una evidencia poderosa de que la vida no es indiferente: está
orientada hacia un Bien objetivo que no depende del individuo, sino de Aquel
que nos creó.
4. El Bien objetivo remite a un Legislador supremo
Si
existe un Bien universal que todos pueden reconocer, entonces existe también
una Fuente de ese Bien.
El bien moral no podría ser absoluto si su origen fuera humano.
Solo puede ser universal porque proviene de una Realidad absoluta.
La lógica es sencilla y profunda:
Si hay un Bien objetivo, debe haber un Bien supremo.
Ese Bien supremo es Dios.
Por eso, la existencia de un orden moral coherente apunta necesariamente hacia
un Legislador divino.
5. Cristo, plenitud del Bien
Aunque
el hombre reconoce la ley moral, no siempre logra cumplirla.
Cristo viene a revelar el Bien pleno, no como idea, sino como vida entregada.
Su amor a los pobres, su perdón a los pecadores, su obediencia al Padre, su
entrega en la cruz… todo en Él manifiesta la grandeza del Bien.
Al seguirlo, el hombre no solo conoce el bien: lo recibe como don,
porque la gracia sana lo que el pecado debilita.
La moral cristiana no es una imposición, sino un camino hacia la libertad
verdadera.
Pensar
El sentido moral universal demuestra que existe un Bien objetivo inscrito en el corazón humano. Ese Bien remite a Dios, fuente y plenitud de toda bondad.
Sentir
Agradece la capacidad de distinguir el bien del mal. En esa luz interior reconoces la presencia amorosa de Dios guiando tu conciencia.
Actuar
Vive según el Bien objetivo que Dios ha inscrito en tu corazón: actúa con justicia, verdad y caridad, y deja que Cristo ilumine cada decisión moral de tu vida.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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