Martes
16 de diciembre de 2025
Semana III de Adviento
El Señor escucha el clamor de los pobres
En este tramo decisivo del Adviento, cuando la espera ya se vuelve intensa y el corazón comienza a intuir la cercanía de la Navidad, la Palabra de Dios nos propone hoy una esperanza que no es ingenua ni superficial. Es una esperanza exigente, nacida de la conversión sincera y de la confianza en un Dios que no abandona a su pueblo, aun cuando este ha sido infiel. El Adviento verdadero no adormece; despierta. No maquilla la vida; la orienta hacia el futuro que Dios quiere regalar.
La primera lectura, tomada del profeta Sofonías, comienza con una denuncia fuerte: una ciudad rebelde, que no escucha, que no confía en el Señor. No se trata solo de una crítica histórica, sino de un espejo en el que también podemos mirarnos. Cuando la fe se vuelve costumbre vacía, cuando se pierde la escucha y la confianza, la vida se desordena. Sin embargo, Sofonías no termina en el juicio. El corazón de su mensaje es la promesa: Dios purificará a su pueblo y hará surgir un resto humilde y pobre que confiará en su nombre. La esperanza bíblica no nace del poder ni de la autosuficiencia, sino de la humildad que se deja corregir.
Este “resto pobre” no es una derrota, sino la semilla del futuro. Dios no necesita multitudes impresionantes, sino corazones verdaderos. En tiempos de confusión, de violencia y de conflicto —como los que hoy viven muchos cristianos en diversas partes del mundo— esta promesa resuena con especial fuerza. Según la intención de oración del Santo Padre para este mes, elevamos nuestra súplica por los cristianos que viven en contextos de persecución y guerra. A ellos se dirige de modo particular esta palabra de consuelo: Dios no los olvida, Dios los escucha, Dios camina con ellos.
El Salmo 33 lo proclama con claridad: “El Señor escucha el clamor de los pobres”. No se trata únicamente de una pobreza material, sino de la pobreza del corazón que reconoce su necesidad de Dios. El Señor está cerca de los atribulados, sostiene al justo y lo libera de todas sus angustias. Esta certeza no elimina el sufrimiento, pero lo transforma, porque le devuelve sentido y horizonte. Quien confía en el Señor nunca queda defraudado, aunque el camino sea difícil.
El Evangelio de san Mateo nos presenta una parábola breve y directa. Dos hijos reciben la misma orden del padre. Uno responde con palabras correctas, pero no actúa; el otro se resiste al inicio, pero luego se arrepiente y cumple. Jesús desmonta así toda religiosidad de apariencia. En el Reino de Dios no cuentan los discursos bien formulados, sino las decisiones reales. No basta decir “Señor, Señor”; lo que abre el futuro es la conversión concreta.
Este mensaje es central en la Semana III de Adviento. Prepararnos para la Navidad no consiste en multiplicar promesas, sino en enderezar caminos. Dios no busca perfección fingida, sino corazones que se dejen transformar. Jesús afirma con claridad que quienes parecían más lejos —los despreciados, los heridos, los que cargan una historia complicada— pueden entrar primero en el Reino si se dejan tocar por la gracia. El Adviento nos recuerda que el futuro de Dios siempre está abierto para quien se decide a cambiar.
En este contexto luminoso y exigente, la Iglesia nos presenta hoy el testimonio de Santa Adela, también conocida como Adelaida o Alicia, una mujer que encarnó con su vida la coherencia entre la fe y las obras. Santa Adela nació en Normandía, Francia, en el año 931, en una familia noble; era hija de Gilberto de Normandía. Todo parecía indicar que su destino sería una vida cómoda y protegida. Sin embargo, quedó viuda muy joven, con hijos pequeños, una experiencia dolorosa que marcó profundamente su camino espiritual.
Lejos de encerrarse en el lamento o en el aislamiento, Adela supo leer su historia a la luz de Dios. Acompañada espiritualmente por san Fulberto de Chartres, uno de los grandes obispos y pensadores de su tiempo, comprendió que su vocación pasaba por el servicio. En una época en la que la educación femenina era limitada, fundó un monasterio y una escuela dedicados a la formación cristiana de niñas, especialmente de las más pobres. Allí promovió no solo la instrucción, sino una vida enraizada en la fe, el trabajo y la caridad.
Santa Adela murió alrededor del año 1067, dejando una huella silenciosa pero fecunda. Su santidad no se expresó en gestos espectaculares, sino en la fidelidad cotidiana, en la conversión perseverante y en una fe que se hizo servicio. Su vida es una respuesta viva al Evangelio de hoy: no bastó decir “sí” a Dios con palabras; lo dijo con la entrega concreta de toda su vida.
Adviento es, entonces, una escuela de verdad. Nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿en qué áreas de nuestra vida hemos dicho “sí” solo con palabras? ¿Dónde nos pide el Señor un cambio real, humilde y valiente? La buena noticia es que Dios no se cansa de esperar. Como el padre de la parábola, sigue saliendo al encuentro y confiando en nuestra capacidad de conversión.
En este tiempo santo, miremos el futuro con esperanza. Dios está purificando a su pueblo no para humillarlo, sino para salvarlo. Escucha el clamor de los pobres, sostiene a quienes sufren por su fe y abre caminos nuevos incluso donde parecía no haber salida. Que el testimonio de Santa Adela nos anime a vivir un Adviento coherente y fecundo, con obras que acompañen nuestras palabras.
Porque cuando el corazón se convierte de verdad, el futuro deja de ser amenaza y se transforma en promesa.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared