Miércoles
22 de octubre de 2025 – Semana XXIX del Tiempo Ordinario
Fiesta de San Juan Pablo II
El Señor es nuestra ayuda: vivamos en libertad para servir
Hoy la Iglesia celebra con gratitud y alegría la memoria litúrgica de San Juan Pablo II, el gran Papa del siglo XX y testigo luminoso de la esperanza. Su vida, marcada por el sufrimiento, la oración y una fe inquebrantable, sigue siendo una brújula espiritual para la humanidad. En este Mes del Santo Rosario y de las Misiones, su ejemplo resuena con fuerza, pues fue un hombre profundamente mariano y misionero, convencido de que el Evangelio debía llegar a todos los rincones del mundo.
La primera lectura (Romanos 6, 12-18) nos presenta el núcleo de la enseñanza paulina sobre la libertad cristiana: hemos sido liberados del pecado para servir a la justicia. San Pablo exhorta: “No reine, pues, el pecado en su cuerpo mortal”. No somos esclavos del egoísmo ni de las pasiones, sino siervos de Dios, instrumentos de su amor. Esta libertad no es una excusa para el desorden, sino una llamada a la santidad. Quien vive en Cristo ya no teme la esclavitud del mal, porque su corazón ha sido conquistado por la gracia. San Juan Pablo II enseñó en su encíclica Redemptor Hominis (1979) que “el hombre no puede comprenderse plenamente sin Cristo”; solo en Él descubrimos la dignidad y la libertad del ser humano redimido.
El Salmo 123 nos recuerda con gratitud: “El Señor es nuestra ayuda.” Estas palabras fueron experiencia viva en la vida de Karol Wojtyła. En medio de las guerras, de la ocupación nazi y del régimen comunista, aprendió a confiar radicalmente en la fuerza de Dios. Él mismo confesó que la Virgen María lo había sostenido desde su juventud, especialmente en los años de clandestinidad. Su fe no fue una teoría, sino una roca firme en medio de la tormenta. Por eso nos enseña hoy que, incluso en tiempos de oscuridad, el Señor sigue siendo nuestra ayuda, nuestra libertad y nuestra victoria.
En el Evangelio según san Lucas (12, 39-48), Jesús nos habla de la vigilancia y de la responsabilidad del discípulo: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá.” La vigilancia no es miedo, sino amor atento. Es vivir con el corazón despierto, sabiendo que la vida es un don que debe administrarse con fidelidad. San Juan Pablo II vivió esta vigilancia misionera cada día. Fue el Papa que no se cansó de salir: recorrió más de 120 países, llevó la Palabra de Dios a millones de personas, abrazó a los pobres, a los enfermos, a los jóvenes, a los perseguidos. Su vida fue una homilía viva del Evangelio, un testimonio de que la fe no se guarda, se comparte.
En su Encíclica Redemptoris Missio (1990), sobre la permanente validez del mandato misionero, enseñó que “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe e identidad cristiana y da nuevo entusiasmo y motivaciones.” Para él, la Iglesia no podía encerrarse en sí misma: debía abrir las puertas del corazón y del mundo al amor de Cristo. Y esa apertura tenía un rostro profundamente mariano. San Juan Pablo II fue el Papa del Totus Tuus, expresión tomada del tratado de San Luis María Grignion de Montfort: “Todo tuyo, María.” Bajo su guía materna comprendió que el camino más seguro hacia Cristo es la Virgen, misionera del amor que nos lleva al Corazón de su Hijo.
En su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002), San Juan Pablo II nos ofreció una joya espiritual: el redescubrimiento del Santo Rosario como “compendio del Evangelio”. Allí explicó que el Rosario no es una repetición mecánica, sino un camino contemplativo que nos introduce en el misterio de Cristo con los ojos de María. Decía: “El Rosario es, de hecho, un modo excelente de contemplar el rostro de Cristo junto con María.” Y añadía que, en una época marcada por la prisa y la dispersión, esta oración mariana ayuda a “colocar a Cristo en el centro de la vida” y a fortalecer la misión evangelizadora de la Iglesia.
Por eso, el Rosario y la misión no son caminos separados: son una misma escuela de amor. El misionero reza con el corazón de María, y quien reza con María se convierte en misionero del Evangelio. El Santo Rosario fue para San Juan Pablo II su arma espiritual y su consuelo, su método de contemplación y su fuente de esperanza. En sus innumerables viajes misioneros, siempre llevaba un rosario en la mano, y con él pedía por la paz del mundo, por las familias, por los jóvenes y por la conversión de los pueblos.
Su mensaje sigue resonando con fuerza hoy, especialmente en un mundo herido por la indiferencia y la desesperanza. San Juan Pablo II nos recuerda que la santidad no es un ideal lejano, sino una llamada cotidiana. Nos invita a abrir las puertas de la vida a Cristo, a confiar en su misericordia y a servir con alegría. La libertad cristiana no consiste en hacer lo que queremos, sino en amar como Cristo nos amó.
Pensar, Sentir y Actuar: Pensemos que la libertad cristiana no es ausencia de límites, sino presencia de amor. Sentirnos amados y perdonados por Dios nos impulsa a vivir en vigilancia, fidelidad y alegría. Actuemos hoy como discípulos misioneros, rezando el Rosario con fe, sirviendo con generosidad y llevando esperanza a quienes viven en la oscuridad, recordando las palabras de San Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo.”
Oración
final:
Señor Jesús, gracias por habernos dado en San Juan Pablo II un testigo de tu
amor y un apóstol incansable del Evangelio. Que, guiados por su ejemplo,
vivamos con libertad interior, vigilantes en la fe y comprometidos con la
misión. Por intercesión de María Santísima, Madre del Rosario, enséñanos a
contemplarte y a anunciarte con alegría. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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