Jueves 13 de noviembre de 2025
Semana XXXII del Tiempo Ordinario
El Reino que ya brilla: la sabiduría de Dios en lo oculto de la vida
La Palabra que escuchamos hoy nos lleva al corazón mismo del plan de Dios, ese plan que avanza silencioso, humilde, pero imparable. En medio de un mundo que corre, que exige pruebas inmediatas y resultados visibles, Dios se nos manifiesta con la suavidad de un amanecer: firme, constante, transformador. Las lecturas de este día nos invitan a abrir los ojos para descubrir un Reino que ya está en marcha y que, aunque muchas veces no lo percibamos, está más cerca que el aire que respiramos.
El Libro de la Sabiduría nos regala una de las descripciones más hermosas sobre la sabiduría divina. No habla de ella como un conocimiento frío o acumulado, sino como una fuerza viva que penetra todas las cosas. Dice el texto que la sabiduría es “un soplo del poder de Dios”, “un reflejo de la luz eterna”, “un espejo sin mancha de la actividad de Dios”. No es una idea abstracta: es la manera como Dios actúa, ordena y renueva su creación. Esta sabiduría no se aprende solamente leyendo, sino dejándose moldear por el Espíritu que habla en la conciencia, en la vida diaria, en los signos de los tiempos. Quien se abre a la sabiduría de lo alto aprende a ver con los ojos de Dios, y al ver así, comienza a vivir con una libertad nueva. San Ireneo decía que “la gloria de Dios es el hombre vivo”, y un hombre vivo es aquel que se deja guiar por esta sabiduría que transforma, sana, ilumina y abre caminos incluso donde parece que no los hay.
El Salmo 118 brota como una respuesta humilde: “Enséñanos, Señor, tus leyes”. No es la súplica de quien quiere cumplir por obligación, sino la petición confiada de quien sabe que la Ley de Dios es un camino hacia la paz interior y la plenitud. El salmista reconoce que sin Dios nos dispersamos, nos confunden las voces del mundo, y caemos en la tentación de vivir solo de emociones o impulsos. Pedir al Señor que nos enseñe sus leyes es pedir que nos forme el corazón. En un tiempo donde muchos quieren decidir según lo que “sienten”, la Iglesia nos recuerda que la verdad no cambia con las emociones: la verdad libera porque viene de Dios, y su Ley es una lámpara para nuestros pasos. Cuando un pueblo busca la sabiduría de Dios y desea obedecer sus caminos, nace una sociedad más justa, más serena y más humana.
El Evangelio de Lucas nos lleva al tema del Reino de Dios. Los fariseos preguntan a Jesús cuándo llegará, como quien quiere una señal que dé seguridad o poder. Jesús responde con una verdad decisiva: “El Reino de Dios ya está entre ustedes”. No viene con espectáculo, no depende de cálculos políticos ni de anuncios grandiosos. El Reino florece en lo escondido: en un perdón otorgado con sinceridad, en un enfermo acompañado con ternura, en una familia que reza unida, en un joven que elige hacer el bien aunque nadie lo vea, en una comunidad que mantiene la esperanza en medio de las pruebas. El Reino está aquí, avanzando como la levadura silenciosa que transforma la masa. A veces lo pequeño es lo que tiene más fuerza, porque Dios ama trabajar desde lo sencillo. San Agustín nos recordaba que “Dios es más íntimo a mí que yo mismo”, y si Él está tan dentro, su Reino también está ahí, creciendo incluso cuando no lo sentimos.
Jesús añade que el Hijo del Hombre debe padecer y ser rechazado. No lo dice para infundir miedo, sino para revelar el estilo de Dios: el amor que se entrega, la verdad que no se impone, la victoria que nace de la cruz. El futuro de la humanidad no está en manos del ruido ni de la violencia, sino en manos del Dios que salva desde lo humilde. Y eso nos da una esperanza enorme: lo que es de Dios nunca se detiene, aunque parezca escondido.
Hoy celebramos a San Diego, un hombre sencillo de vida franciscana, conocido por su humildad y por su amor a los pobres y enfermos. Sin grandes discursos, sin cargos importantes, fue un testigo vivo del Reino de Dios. Su vida silenciosa mostró que la caridad es el mejor camino para entrar en la sabiduría divina. Su ejemplo nos recuerda que la santidad no es para unos pocos: es el fruto cotidiano de un corazón disponible.
En un mundo cansado de falsas promesas, la Palabra de hoy nos devuelve la serenidad. Dios está actuando. Su Reino no se ha detenido. Su sabiduría sigue penetrándolo todo. Y nosotros no caminamos a ciegas: caminamos guiados por una luz que nadie puede apagar. Quien vive desde esta certeza puede enfrentar el futuro sin miedo, porque sabe que Dios ya está abriendo camino.
La jornada continúa, y con ella la invitación a mirar de nuevo la vida. Allí donde ames, perdones, construyas y esperes, allí el Reino estará naciendo. Y al final del día, cuando el silencio nos envuelva, podremos reconocer que no caminamos solos. El Dios de la sabiduría camina con nosotros, y su Reino ya está entre nosotros, creciendo hacia la plenitud que Él mismo prometió.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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