Sábado
29 de noviembre de 2025
Memoria de San Saturnino de Cartago
Lecturas: Daniel 7, 15-27; Cántico de Daniel 3; Lucas 21, 34-36
El Reino que No Pasa y los Corazones que Velan
Hay días en los que la Palabra nos coloca frente al misterio de la historia como si abriera una ventana hacia el horizonte último. Hoy es uno de ellos. Y lejos de invitarnos al miedo, la Escritura nos llama a la serenidad, a la vigilancia amorosa, a esa esperanza que nace cuando recordamos que la historia tiene un Señor: Dios, que no abandona a su pueblo.
El profeta Daniel contempla visiones que estremecen. Aparecen reinos que pasan, poderes que se levantan y caen, como si la humanidad repitiera una y otra vez sus búsquedas incompletas. Daniel siente turbación, y no es extraño: cuando el mal parece avanzar, el corazón humano tiembla. Pero el mensaje final es claro y firme: «El reino, el dominio y la grandeza de los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo». No será la violencia la que escribirá la última palabra, sino Dios; no serán los imperios pasajeros, sino la santidad de quienes confían en Él.
Esa frase basta para sostener a un pueblo entero. Es como un faro encendido en medio de la noche. Dios no está ausente. Es paciente, sí; nunca indiferente.
El Evangelio recoge este mismo pulso. Jesús advierte: «Tengan cuidado, no se les embote la mente». Es una advertencia suave, como de un padre que no quiere que sus hijos se pierdan en distracciones que apagan el alma. Jesús no amenaza; Jesús despierta. Nos recuerda que la vida espiritual no puede vivirse en modo automático. Que el corazón —cuando deja de velar— se vuelve pesado, se acostumbra a lo pequeño, se adormece en lo secundario.
“Velar” en la Escritura no es vivir asustados, sino permanecer enamorados. Es poner a Dios en el centro de cada día. Es tener un corazón despierto, capaz de reconocer la visita del Señor en lo ordinario: en la persona que pide ayuda, en la familia que nos espera, en la oración que nos sostiene, en el servicio que nos humaniza.
Nuestra tradición es clara: san Agustín decía que «el Señor viene siempre, pero solo lo reconoce quien tiene el corazón vigilante». Y los Padres de la Iglesia insistían en que la vigilancia no se reduce a evitar el pecado, sino a cultivar el deseo de Dios. Lo peor no es caer: lo peor es dejar de esperar.
Este sábado, la Iglesia nos pone frente al testimonio de San Saturnino de Cartago, mártir del siglo III. Hombre sencillo, fiel a Cristo en tiempos de persecución, que prefirió perderlo todo antes que perder la fe. Su vida enseña que el Reino no es teoría: es una realidad que se construye con coherencia, con valentía y con amor humilde. Saturnino no esperó un “momento ideal” para ser santo; vivió cada día como si fuera decisivo. Y lo fue.
El cántico de Daniel nos da el tono espiritual de este día: «Bendito seas, Señor, para siempre». Es la oración de quienes, en medio de lo incierto, mantienen la alabanza. Porque alabar cuando todo es fácil es humano. Pero alabar cuando la historia inquieta es un acto de fe maduro, libre, fuerte. La alabanza purifica, despierta, ordena, fortalece.
Cuando un cristiano aprende a alabar, la noche pierde poder.
Hoy, al cerrar una semana marcada por signos intensos del Evangelio, la Palabra nos invita a mirar hacia adelante con una esperanza sólida. No ingenua. No frágil. Una esperanza que sabe que Dios dirige la historia, incluso cuando los vientos cambian de dirección.
Es tiempo de vigilar, pero sobre todo, de confiar. De construir futuro desde lo pequeño: desde una familia que ora unida, desde una comunidad que se sostiene mutuamente, desde una parroquia que trabaja con fe, desde cada cristiano que decide vivir despierto en un mundo que se adormece fácilmente.
Pensamos que la historia —con sus sombras y dolores— sigue en manos de Dios; sentimos la invitación a despertar el corazón para no vivir distraídos ni temerosos; y actuamos fortaleciendo nuestra vida espiritual, cuidando la oración diaria, renovando la caridad concreta y permaneciendo vigilantes con alegría confiada, sabiendo que el Señor viene y llega siempre para salvar.
Al avanzar hacia el final del año litúrgico, la Iglesia no nos pide mirar con temor, sino con esperanza. La vigilancia cristiana no es un espejo que refleja amenazas: es una ventana abierta hacia la certeza de que Dios está por venir, y su llegada siempre trae paz.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared