El Padre, origen y providencia
El Dios que cuida de sus hijos
Creer en Dios Padre es reconocer que el origen de todo no es el azar ni la necesidad, sino un amor que engendra, sostiene y acompaña. Dios no es un principio impersonal ni una fuerza cósmica: es Padre, fuente de toda vida, creador del cielo y de la tierra, que guía la historia con sabiduría y ternura. En un mundo donde muchos se sienten huérfanos, la fe en Dios Padre es la certeza de que no estamos solos, porque la existencia entera está sostenida por sus manos.
1. El Padre: fuente de todo ser
El
Credo comienza afirmando: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo
y de la tierra.”
Estas palabras contienen la verdad más luminosa: todo lo que existe tiene su
origen en un Dios que ama creando.
Nada de lo que somos es fruto del destino; somos fruto de una voluntad amorosa
que nos quiso y nos llamó a la existencia.
San Pablo lo expresa con fuerza:
“De
Él, por Él y para Él son todas las cosas” (Rm 11,36).
Creer en el Padre Creador significa mirar el mundo con ojos de gratitud: cada
criatura, cada día y cada respiración son un don.
2. El Padre providente que guía la historia
Dios
no solo crea y se retira, como si abandonara su obra al azar. Él permanece
presente en todo lo que acontece, guiando los caminos humanos hacia el
bien.
Esa acción constante de amor se llama Providencia.
Jesús lo enseñó con ternura incomparable:
“Miren
las aves del cielo: no siembran ni cosechan, y sin embargo el Padre celestial
las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?” (Mt 6,26).
La fe en la Providencia no elimina el esfuerzo ni el dolor, pero da confianza
en medio de ellos: nada escapa al cuidado de Dios.
El creyente vive en la seguridad de que el Padre transforma incluso lo que no
entendemos en ocasión de bien.
3. El Padre que corrige y enseña
El
amor del Padre no es permisivo ni débil: es un amor que forma, corrige y
educa.
Así como un padre verdadero no consiente todo, sino que guía hacia el bien,
Dios permite las pruebas para purificar el corazón.
“El
Señor corrige a quien ama, como un padre al hijo querido” (Pr 3,12).
En las adversidades no hay abandono, sino pedagogía divina.
El dolor, vivido con fe, puede convertirse en escuela de sabiduría y madurez
espiritual, porque el Padre nunca castiga para destruir, sino para sanar.
4. El Padre de la misericordia
Jesús
nos reveló el rostro más profundo del Padre: su misericordia infinita.
En la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), el Padre corre hacia su hijo
perdido, lo abraza y lo restaura sin reproches.
Así es Dios: su alegría no está en juzgar, sino en perdonar y devolver la
dignidad a quien regresa.
No hay pecado que cierre su corazón, ni distancia que apague su amor.
El verdadero rostro de Dios Padre se reconoce en los brazos abiertos de Cristo
crucificado: allí, el amor paternal alcanza su expresión más alta.
5. La confianza filial: el alma de la fe
Creer
en el Padre significa vivir como hijos.
La fe no es miedo, sino confianza filial.
Jesús nos enseñó a decir “Padre nuestro” para que nadie se sienta huérfano.
Quien vive con esa conciencia filial afronta la vida con serenidad, incluso en
medio de las incertidumbres.
Santa Teresa del Niño Jesús lo resumió en una frase luminosa:
“No
me preocupo: el Padre sabe lo que hace.”
Esa es la fe madura: la que se apoya, no en el control, sino en el amor.
Pensar
Dios Padre es el origen de todo y guía nuestra vida con sabiduría. En su providencia descubrimos que todo lo que ocurre puede ser camino de bien.
Sentir
Siente la ternura del Padre que te creó, te conoce y te acompaña. No estás solo: su mirada amorosa te envuelve y sostiene cada instante de tu vida.
Actuar
Vive con confianza filial: abandona tus temores en las manos del Padre, agradece sus dones y confía en su cuidado, incluso cuando no comprendas sus caminos.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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