El Hijo rostro del amor encarnado
Jesucristo, revelación plena del Padre
En Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, se revela el rostro más humano y más divino del amor. Él es la Palabra del Padre hecha carne, el Dios invisible que se deja ver, tocar y amar. Todo lo que el corazón humano busca —la verdad, la bondad, la belleza, la salvación— se encuentra en Él, porque en Jesús, Dios mismo ha salido a nuestro encuentro. Su vida, muerte y resurrección no son solo un episodio de la historia, sino el centro de toda la historia humana: el punto en el que el amor de Dios se hace visible para siempre.
1. El Hijo eterno del Padre
Antes de los siglos, el Padre engendra al Hijo en un acto eterno de amor. No lo crea: lo engendra, comunicándole toda su divinidad.
“El
Padre ama al Hijo y le ha entregado todo” (Jn 3,35).
El Hijo es el Verbo, la Palabra que expresa perfectamente el ser del Padre. Por
Él “fueron hechas todas las cosas” (Jn 1,3).
Desde toda la eternidad, el Hijo vive vuelto hacia el Padre en comunión de
amor. Por eso, cuando Jesús se hace hombre, no deja de ser Dios: lleva al
mundo el amor que siempre ha existido entre el Padre y Él.
2. El Hijo encarnado: Dios con nosotros
El misterio de la Encarnación es el corazón del cristianismo.
“Y
el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
En Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios asume nuestra humanidad sin dejar de ser
divino.
No vino para dominar, sino para servir y salvar.
Al compartir nuestra condición, santificó todo lo humano: el trabajo, la
amistad, el dolor, la alegría, el amor.
Dios, en Jesús, se acercó tanto al hombre que nada de lo humano le es ajeno.
Cada gesto de Cristo —su compasión, su perdón, su entrega— es una palabra del
Padre pronunciada en lenguaje humano.
3. El rostro visible del Padre
Jesús es la revelación suprema del Padre.
“Quien
me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).
No vino a enseñar una doctrina nueva, sino a mostrarnos quién es Dios: un
Padre que ama hasta el extremo.
En Él, la misericordia y la verdad se abrazan.
Su vida entera fue un espejo del amor del Padre: acogió a los pobres, levantó a
los caídos, perdonó a los pecadores, sanó a los enfermos y entregó su vida por
todos.
Por eso, la fe cristiana no se basa en una idea sobre Dios, sino en la
persona viva de Jesús, el Hijo del Padre.
4. El Hijo que redime al mundo
La
cruz es el momento en que el amor del Hijo alcanza su plenitud.
Allí, Jesús carga con el pecado del mundo y lo destruye con el poder de su
amor.
Su obediencia filial —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)—
repara la desobediencia del primer Adán.
La redención no es un simple acto jurídico, sino un acto de amor total,
donde el Hijo devuelve al Padre la humanidad reconciliada.
En la cruz, el amor trinitario se manifiesta en su forma más pura: el Hijo
ofrece su vida al Padre por la salvación de los hombres.
5. El Hijo glorificado: camino hacia el Padre
Con
la resurrección, el Hijo vence la muerte y abre para todos el camino hacia la
vida eterna.
Jesús no solo vuelve a vivir: introduce nuestra humanidad en la gloria del
Padre.
Desde entonces, el Hijo resucitado está presente en su Iglesia, en los
sacramentos, en su Palabra y en el corazón de quienes creen.
Él es el mediador, el puente, el hermano mayor que nos lleva al Padre en el Espíritu.
Por eso, la fe cristiana puede resumirse en una confesión sencilla y profunda:
“Jesucristo
es el Señor” (Flp 2,11).
Y en esa proclamación, el universo entero encuentra su sentido.
Pensar
Jesucristo es el Hijo eterno del Padre hecho hombre; en Él, Dios se hace cercano, redime al mundo y revela su amor sin límites.
Sentir
Deja que el rostro de Cristo ilumine tu vida. En sus palabras, sus gestos y su cruz encontrarás el corazón del Padre que te ama infinitamente.
Actuar
Mira hoy a Jesús con fe viva. Habla con Él como con un amigo, sigue su ejemplo de amor y entrega, y deja que tu vida sea un reflejo del rostro del Hijo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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