Lunes
27 de octubre de 2025 – Semana XXX del Tiempo Ordinario
Lecturas: Romanos 8, 12-17; Salmo 67 (68); Lucas 13, 10-17
Memoria de San Frumencio, primer obispo misionero de Etiopía
Mes del Santo Rosario y de las Misiones
El Espíritu que nos hace libres e hijos de Dios
La liturgia de hoy nos invita a contemplar uno de los textos más luminosos de la carta de san Pablo a los Romanos: “Cuantos se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14). En pocas palabras, el Apóstol resume el corazón del Evangelio: hemos sido liberados del dominio del pecado y de la muerte para vivir como hijos en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. No somos esclavos, sino herederos; no vivimos bajo el temor, sino bajo la confianza filial que nos hace llamar a Dios “¡Abbá, Padre!”.
San Pablo contrapone la vida según la carne —es decir, una existencia encerrada en el egoísmo, en el miedo y en las pasiones desordenadas— con la vida en el Espíritu, que es fecunda, libre y llena de esperanza. Esta libertad cristiana no es una licencia para hacer lo que queremos, sino una fuerza interior que nos impulsa a hacer el bien, movidos por el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. El Espíritu Santo nos transforma por dentro, nos configura con Cristo, y nos hace partícipes de su misma filiación divina. Por eso, el cristiano auténtico no se reconoce tanto por lo que hace, sino por quién lo guía: el Espíritu Santo.
El Evangelio de san Lucas (13,10-17) nos presenta a Jesús en la sinagoga liberando a una mujer encorvada desde hacía dieciocho años. No podía enderezarse; su mirada estaba siempre dirigida hacia el suelo, símbolo del peso del pecado, de la opresión y del cansancio existencial. Jesús la llama, la toca y le dice: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Al instante, se enderezó y glorificó a Dios. Este milagro no sólo sana un cuerpo, sino que libera una vida. Cristo endereza lo que estaba doblado, restaura la dignidad perdida y devuelve la capacidad de mirar hacia el cielo.
La reacción de los jefes de la sinagoga revela, sin embargo, otra forma de esclavitud: la del corazón endurecido por la ley sin amor. Mientras Jesús da vida, ellos imponen cargas; mientras Él libera, ellos oprimen. Es la misma tensión que san Pablo denuncia entre el espíritu y la carne, entre la libertad del amor y el temor de la ley. Jesús responde con firmeza: “¿Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tenía atada dieciocho años, no se la debía liberar en sábado?”. El Señor nos enseña que la verdadera observancia religiosa consiste en hacer el bien, en devolver a los hijos de Dios su dignidad, en poner la compasión por encima del formalismo.
Hoy recordamos a San Frumencio, el primer obispo misionero de Etiopía, llamado también “Abba Salama”. Joven siervo cautivo, llevó el Evangelio a tierras africanas y encendió la fe entre los pueblos etíopes con su testimonio humilde, su sabiduría y su perseverancia. Su vida recuerda que el Espíritu Santo no conoce fronteras y que la misión nace siempre del amor filial: quien se sabe hijo de Dios, se convierte espontáneamente en misionero de su misericordia. San Frumencio es modelo de evangelizador que, sin imponer, propone la fe; sin dominar, sirve; sin miedo, confía en la acción del Espíritu.
En este Mes del Santo Rosario y de las Misiones, el ejemplo de María Santísima y de los misioneros nos inspira a vivir como verdaderos hijos de Dios. María, llena del Espíritu, fue la primera en acoger la Palabra, en ponerse en camino y en llevar a Jesús a los demás. Cada Avemaría que rezamos une nuestro corazón al suyo, y cada misterio contemplado fortalece nuestra comunión con Cristo. Rezar el Rosario es dejar que el Espíritu nos modele según el corazón del Hijo y nos impulse a anunciar el Evangelio con nuestras obras.
El Espíritu Santo nos libera del miedo y nos hace hijos amados de Dios, capaces de mirar al cielo con esperanza y de vivir con la frente en alto, como la mujer curada por Jesús. Dejemos que el amor de Cristo enderece nuestras cargas, sane nuestras heridas y nos devuelva la alegría de sabernos hijos del Padre. Vivamos guiados por el Espíritu, siendo instrumentos de liberación para los demás; practiquemos la misericordia, recemos el Santo Rosario por los misioneros y anunciemos con nuestra vida la libertad de los hijos de Dios.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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