El Dios vivo y verdadero
La comunión trinitaria como fuente de toda vida y amor
Creer en Dios no es aceptar una teoría sobre el universo, sino entrar en una relación viva con el Amor que existe desde siempre. El Dios cristiano no es un ser lejano ni abstracto, sino el Dios vivo y verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión eterna que da sentido a todo lo que existe. En Él la vida tiene origen, la historia encuentra rumbo y el corazón humano halla descanso. Este Dios no solo existe: ama, crea, salva y habita en nosotros. Quien lo conoce, descubre que toda la realidad —desde el cosmos hasta lo más íntimo del alma— late al ritmo de su amor.
1. El Dios vivo, fuente de la creación
Desde el primer instante del universo, Dios ha estado presente. No como un relojero que da cuerda y se aleja, sino como la fuente continua del ser y de la vida.
“En
Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
Toda la creación refleja su huella: la sabiduría de las leyes naturales, la
armonía de los cielos, la belleza del mar, la ternura de una mirada.
Creer en el Dios vivo es reconocer que nada existe fuera de su amor, y
que cada cosa, incluso la más pequeña, es sostenida por su providencia.
En un mundo que corre el riesgo de ver la vida como casualidad o producto de la
materia, la fe proclama que todo tiene sentido porque procede del Amor.
2. El Dios que se revela y se comunica
El
Dios vivo no permanece oculto: se da a conocer.
La historia de la salvación es el relato de su deseo de comunicarse con el
hombre.
Desde Abraham hasta los profetas, y de modo pleno en Cristo, Dios ha salido al
encuentro de su criatura.
En Jesús, el Dios invisible se hace visible; en el Espíritu, sigue hablando al
corazón humano.
Por eso, la fe no es una búsqueda a ciegas, sino respuesta al Dios que
primero nos ha hablado y amado.
La revelación no termina en un libro, sino en una Persona: Jesucristo, el Dios
vivo que permanece para siempre.
3. El Dios de la alianza y la fidelidad
El
Dios vivo es también el Dios fiel.
No se cansa de amar, aunque el hombre olvide o traicione.
Desde el Antiguo Testamento hasta hoy, su promesa se mantiene:
“Yo
seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jer 31,33).
Esa alianza no es un contrato, sino una historia de amor en la que Dios nunca
retira su palabra.
Su fidelidad es el ancla de nuestra esperanza: cuando todo cambia, Él
permanece.
Por eso, confiar en el Dios vivo es vivir en la certeza de que nada puede
separarnos de su amor (cf. Rm 8,39).
4. El Dios que habita en el corazón del hombre
5. La comunión trinitaria: modelo de toda vida
En
el misterio de la Trinidad comprendemos que la vida solo florece en la
comunión.
Dios no vive para sí mismo: vive en el don recíproco de amor eterno.
Por eso, el hombre —creado a su imagen— solo encuentra plenitud cuando ama y se
deja amar.
La comunión trinitaria es la fuente de toda fraternidad, de toda familia, de
toda comunidad.
Allí donde hay unidad, perdón y servicio, la vida divina se refleja.
El Dios vivo y verdadero no solo crea la vida: enseña a vivirla en plenitud.
Pensar
El Dios vivo y verdadero es comunión de amor que da sentido a todo. En Él todo existe, todo se sostiene y todo se renueva.
Sentir
Abre el corazón a la presencia del Dios que te habita. No es un ser lejano, sino un amor cercano que te llama por tu nombre y permanece contigo.
Actuar
Vive en comunión con Dios y con los demás. Ama con generosidad, comparte con alegría y haz de tu vida un reflejo del Dios vivo que obra en ti.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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