16
NOV
2025

El deseo natural de Dios



El deseo natural de Dios

La huella del Creador en el corazón humano

Desde el principio de los tiempos, el hombre ha levantado los ojos al cielo buscando respuestas. Antes de la ciencia y de las religiones organizadas, ya existía en el corazón humano un deseo profundo de lo divino, un anhelo de trascendencia que ninguna cosa creada logra saciar. Ese impulso interior no nace del miedo ni de la ignorancia, sino de la huella del Creador impresa en nosotros. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios” (CIC 27).
Buscar a Dios no es, por tanto, una opción entre otras: es parte esencial de nuestra naturaleza.

1. El corazón humano, camino hacia Dios

En cada persona habita una sed que ninguna posesión, éxito o placer logra apagar. Es el eco de aquel que nos creó a su imagen.
San Agustín lo expresó con una frase inmortal:

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”
Esta inquietud es signo de grandeza: revela que fuimos hechos para algo más que la materia, que el alma humana tiene capacidad de infinito.
Quien busca el sentido de la vida, quien se pregunta por la verdad, quien ama y espera, está —aunque no lo sepa— buscando a Dios.

2. Dios se deja encontrar por quien lo busca

El deseo de Dios no es un camino unilateral: Dios mismo lo despierta y lo sostiene.
Él se deja encontrar por quien lo busca sinceramente.

“Busquen y encontrarán” (Mt 7,7).
Incluso quien duda o niega, sin saberlo, mantiene una relación con Dios, porque el solo hecho de preguntarse por Él indica que su voz resuena en lo profundo.
Dios no se oculta: se hace discreto para ser amado libremente.
La fe nace cuando el hombre responde a ese llamado interior con apertura y confianza.

3. El deseo de Dios en la historia y la cultura

Todas las civilizaciones han expresado de algún modo el anhelo de lo divino: en los mitos, las artes, la filosofía, la oración y el sacrificio.
Esa universalidad no es casualidad, sino reflejo de la semilla divina plantada en la humanidad.
Incluso en las sociedades más secularizadas, la búsqueda de sentido, la defensa de la dignidad humana o la sed de justicia son manifestaciones del deseo de lo absoluto.
El hombre puede distraerse o desviarse, pero no puede apagar del todo el hambre de eternidad que lleva dentro.

4. Cuando el deseo se transforma en encuentro

El deseo natural de Dios encuentra su plenitud cuando se convierte en encuentro con el Dios vivo.
Cristo no solo responde a la búsqueda humana: la lleva a su cumplimiento.
Él no anula el deseo, lo purifica y lo colma.
El corazón que se abre a Jesús descubre que la búsqueda termina, no en una idea, sino en una relación personal con el Amor.
La fe, entonces, no es un esfuerzo intelectual, sino una amistad que da sentido a todo.

5. El desafío contemporáneo: redescubrir el deseo de Dios

En nuestra época, muchos viven como si Dios no existiera. Pero incluso en ese silencio, el deseo de infinito sigue vivo.
La superficialidad, la prisa o el ruido pueden adormecerlo, pero no destruirlo.
La misión del creyente hoy es despertar en el mundo la nostalgia de Dios, mostrar que la felicidad no se compra ni se fabrica, sino que se recibe de Aquel que es la fuente de todo bien.
El anuncio cristiano comienza siempre con esta certeza: todo corazón humano está hecho para Dios, y solo en Él encuentra reposo.

Pensar

El deseo de Dios está grabado en el corazón de todo ser humano; incluso quien lo niega lleva en sí la huella del Creador que lo llama al encuentro.

Sentir

Escucha en tu interior esa voz que te invita a trascender. No temas buscar, dudar o preguntar: Dios habita en esa búsqueda y te espera con amor paciente.

Actuar

Haz silencio para reconocer la sed de Dios en tu vida. Alimenta ese deseo con la oración, la lectura de la Palabra y la contemplación del mundo como signo de su presencia.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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