El conocimiento del bien y del mal
La responsabilidad moral del hombre ante Dios
El ser humano no solo es libre: también es responsable. En su interior, la conciencia distingue el bien del mal y le revela que sus actos tienen consecuencias, no solo psicológicas o sociales, sino también espirituales y eternas. Esta capacidad moral no es fruto de una conveniencia cultural, sino un don que proviene de Dios y que lo vincula directamente con Él. Saber lo que está bien y lo que está mal es la expresión más alta de la dignidad humana, y al mismo tiempo el fundamento de la responsabilidad ante el Creador.
1. La ley moral inscrita en el corazón
Desde
el principio, Dios ha inscrito en el corazón del hombre una luz interior que le
permite reconocer el bien.
Esa luz es la ley natural, que no depende de costumbres ni épocas, sino
que brota de la verdad misma de la persona humana.
“El
precepto de la ley está escrito en sus corazones” (Rm 2,15).
Así, incluso antes de conocer la Revelación, el hombre posee la capacidad de
orientar su vida conforme al bien, porque ha sido creado a imagen del Dios que
es Bondad.
2. El conocimiento del bien: gracia y responsabilidad
El
conocimiento moral no es solo una intuición humana: es un don que Dios concede
para que el hombre camine hacia la plenitud.
Saber lo que es bueno y elegirlo implica reconocer que la vida no es un terreno
neutral, sino una vocación al bien.
La responsabilidad moral nace cuando el hombre reconoce que no es dueño
absoluto de su vida, sino administrador ante Dios de los dones
recibidos.
Por eso, cada acción moral tiene peso: construye el carácter, moldea el corazón
y orienta el destino.
3. La tentación de definir el bien a medida
La
libertad humana puede caer en la tentación de redefinir el bien según intereses
o gustos personales.
Es el drama que narra el Génesis:
“Serán
como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3,5).
El pecado entra cuando el hombre quiere decidir por sí mismo qué es bueno o
malo, prescindiendo de Dios.
Esa autonomía ilusoria conduce al relativismo, donde nada es verdadero ni
justo, y la conciencia queda desorientada.
Solo la verdad revelada por Dios puede salvar a la libertad de perderse
en sus propias sombras.
4. Cristo, plenitud de la ley moral
Jesús
no vino a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud (cf. Mt 5,17).
En Él, la moral deja de ser un conjunto de normas para convertirse en un
camino de amor.
Su vida es la guía más clara para discernir el bien: compasión, verdad,
servicio, misericordia, obediencia al Padre.
Cristo no solo enseña el bien: lo hace posible mediante la gracia.
Con su Espíritu, fortalece la conciencia, ilumina el discernimiento y da fuerza
para actuar con rectitud.
5. El juicio moral: encuentro con la verdad
La
responsabilidad moral alcanza su plenitud cuando el hombre reconoce que, un
día, se encontrará con Dios cara a cara.
El juicio no es un castigo arbitrario, sino la revelación de la verdad de
nuestra vida.
“Cada
uno dará cuenta a Dios de sí mismo” (Rm 14,12).
En ese encuentro, el amor se convertirá en medida de todo.
La esperanza cristiana no teme este juicio, porque sabe que el Juez es el mismo
que dio la vida por nosotros.
Vivir bien es, por tanto, prepararse para ese encuentro de amor que iluminará
cada acto, cada omisión y cada opción de nuestra existencia.
Pensar
El conocimiento del bien y del mal es un don de Dios que orienta la libertad hacia su plenitud. Toda decisión moral tiene un valor eterno ante Aquel que nos creó por amor.
Sentir
Siente la dignidad de tener un corazón capaz de discernir la verdad. En cada elección moral Dios te acompaña, te ilumina y te llama a la plenitud del bien.
Actuar
Vive con responsabilidad ante Dios: elige el bien, evita el mal y forma tu conciencia en la verdad de Cristo. Cada acto recto hace tu vida más libre y más luminosa.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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